Relato Erótico de Incesto: Madre e hijito en el bus atestado (absolutamente real)

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Fecha: 2022-01-05


Madre e hijito en el bus atestado (absolutamente real)


Autor: Stregoika

Categoría: Incesto

Algo increíble que vi en el autobús | incesto | exhibicionismo | madre-niño | ©Stregoika 2022 Un día de diciembre del año pasado salí de casa para evadir una visita. Los transportes estaban atiborrados y el tráfico pesadísimo. Tomé un autobús hacia el centro y me esperaba un viaje del doble de duración de lo ordinario. Había tramos por los que el vehículo apenas rodaba unos metros y volvía y se detenía hasta por cinco minutos. Estaba colmado de gente, razón por la que yo no tenía donde acomodarme, ni siquiera de pie. Empezaba a arrepentirme de haber salido de casa. Como soy un consagrado pervertido y mani-largo, encendí mi radar de jovencitas y a ver qué llevaban puesto y qué tal culo tenían. Había viejas bonitas pero ninguna como para meterle mano. ¡No, qué fastidio! Iba aburrirme de muerte. Vi un espacio atrás, cerca a la puerta y decidí irme para allá, y una vez ahí supe porqué estaba vacío: no había de donde sujetarse. Tuve que usar mis manos para presionar el techo. Puto viaje de pesadilla. Delante mío había un mocoso de unos siete años de quien particularmente me llamó la atención su cara. Parecía un muñeco. Era un niño bonito, pero no de forma agradable, no como un muchachito con cara de hombre, sino de bebé. Yo no querría tener un hijo así. Estaba agarrado de las sillas y quien parecía ser su joven madre iba a su lado. El corte de cara era similar, solo que la mujer estaba bronceada y tenía el pelo azotado por los estilistas. «Yo le doy» me dije en mi pensamiento. La mujer usaba leggins negros brillantes y chaqueta de cuerina negra. No estaba nada mal. Pasados unos minutos y otros tres metros de avance, empezaron a sonar unos besos. Bien, yo soy una de esas personas a quienes determinados sonidos le resultan como si le escarbaran los tímpanos con ganchos de carnicero. El fastidio fue instantáneo y bajé la cabeza hacia de dónde provenía el molesto sonido. Era esa mujer besándole la cara al mocoso ese. Le sostenía la cara a dos manos y prácticamente le lamía el rostro. Estaba excitada, o eso me indicaba el excesivo sonido. Era como si una puta le chupara al fin la verga bañada en semen a un hombre que le gusta mucho. Se me revolvieron las tripas y me retiré. «Puta vieja ridícula, lo va a volver marica» me dije. Al sitio a donde fui a alejarme entraba un fuerte rayo de sol. «Definitivamente no debí haber salido» concluí. Pero algo me devolvió la motivación: Una chica de unos veinte años estaba delante mío. Tenía un culo espectacular ¡qué bien! Pero iba con su novio care-culo ¡qué mal! Otro que iba sentado en la escalera de bajarse, se desesperó por el trancón y se puso de pie para tocar el timbre. ¡Lotería! Yo iba a ocupar su sitio. Una vez lo hice, no solo descansé sino que quedé con aquél portentoso culo de ±veinte-añera a centímetros de mi cara. Qué rico. Llevaba un ceñido jean de delgada mezclilla azul muy clara, casi blanca. Pero qué formas, dios bendito. A veces duraba hasta un minuto casi oliéndole el ano e imaginándome toda clase de porquerías. Le mamaría ese ojete hasta recién levantada ¡mmm! Cuando ya se me había olvidado el estrés del saturado y lento viaje y del molesto sonido de besos pornogŕaficos madre-hijo; la chica del bello culo fue abrazada por su novio. La agarró fuerte contra sí y la quitó de mi vista, puede que intencionalmente, tras haberme descubierto deleitándome con ese culo que le pertenecía a él. El caso es, amigos lectores, que el panorama se abrió y volví a ver a aquella mujer y a su hijo, y mis ojos no daban crédito a lo que veían, y sé que ustedes tampoco cuando lo lean. El mocoso se había sentado en un gordo morral de viaje y “descansaba” la cara ¡contra el entrepierna de su madre! ¡Ella le acariciaba la cabeza con una mano y revisaba su celular con la otra! Más que caricias era presión que ella ejercía en la cabeza del pequeño para presionar su cara contra la panocha de ella. Solo le faltaba perrear un poco. Yo, miraba con ojos de huevo tibio y me calenté de una. Lo que no había hecho ese precioso culo a centímetros de mi cara segundos antes, sí lo hizo esa increíble escena exhibi-pedo-incestuosa: se me paró. Hasta tuve qué contener las ganas de abrir y cerrar la piernas para pajearme con disimulo, como hacen los niños de primaria. Pero ¡qué cachondez! Ese niño ¿estará respirando? ¿estará chupando a través del sensual leggins de su madre? ¿Han oído ustedes la expresión que usan las mujeres para declarar rechazo por alguien: Que “no se la dan ni a oler”? Pues esta madre si la daba a oler, jaja. No, ya en serio: ¿será el mocoso consciente de lo que pasa? Porque ella sí que era consciente, venía usando la cara de su hijo de ±siete años para restregársela en su caliente vagina y sentir algo de placer durante el viaje. Yo prácticamente le leía el pensamiento mientras ella le acariciaba la parte trasera de la cabeza a su hijo. Decía: “Disfrútala, para eso es tuya, mi amor”. Y conectándolo con lo de los besos… claro que ahí había algo. El mocoso no se movía. Podría estar apenado, disfrutando con disimulo o no saber qué pasaba. Opto por lo último, debido a la apariencia física del niño. Debía tener algo ‘especial’. Y si la mujer hacía eso en público ¿qué haría con él a solas? No me queda nada difícil imaginar, casi visualizar como un clari-vidente, que ella lo baña y sin disimulo lo masturba. O que, cuando está demasiado ansiosa, se lo lleva a un rinconcito, le baja el pantalón y los pantaloncillos, le agarra la pilita a dos dedos y se la mete a la boca, temblando de deseo. Que le echa su mamada diaria. Y que, ella se pone tangas de hilo y faldas muy cortas y holgadas, como de tenista, y se sienta a la mesa y sube los pies en ella, para provocar al pequeño. Él entiende el mensaje y corre hacia ella porque sabe que lo dejan hacer lo que quiera. El bus arrancó por fin otra vez y la caliente madre soltó la cabeza de su hijo para sostenerse de uno de los tubos. A continuación quitó la mirada de su teléfono y me sorprendió viendo la arrechadora escena. Se avergonzó y sobre-actuó de inmediato el quitarle la panocha a su hijo de la cara. Se paró de lado, guardó el teléfono y se agarró de las sillas. Tal cual como cuando sorprendes a un niño haciendo algo indebido. Brinca, se pone a salvo y “aquí no ha pasado nada”. Cuando la cara del pequeño se separó de ella, vi ese suculento pedazo de mango y me dije: «Yo también quiero chupar ¿puedo?» Ella llevaba ese sapo apretadísimo y obviamente caliente y húmedo. Yo, todavía incrédulo y caliente como brasa, vi a todos los demás, uno por uno dentro del bus. Todos iban en lo suyo, durmiendo o con la cara pegada a la pantalla de su dispositivo de control mental. Incluso yo: Venía oliéndole el culo a una muchacha muy bella. Y aquella mujer, venía masturbándose con la cara de su hijo. ¡Qué faena le esperaba a ese mocoso cuando volvieran casa! Cuéntame si te calentaste leyendo, porque yo lubriqué recordándolo y escribiéndolo. 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