Relato Erótico de Incesto: Mi prima, la primera

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Fecha: 2022-06-08


Mi prima, la primera


Autor: AFORTUNADOENELAMOR

Categoría: Incesto

Sudamérica, 2004. Nicolás y Maribel, una pareja de primos de 12 y siete años de edad, hallan en el sexo no solo un refugio contra los problemas en sus respectivos hogares, sino también una fuente de infinito placer.. Con ánimo de estrenarme en el mundo del relato erótico, a la vez que respondo a una pregunta encontrada en uno de los foros enmarcados en la temática del incesto, he puesto por escrito, aunque de manera bastante resumida, la historia de la que llegó a ser a la vez mi primera experiencia sexual, incestuosa y con una menor. Del éxito que tenga este relato, dependerá una adaptación del mismo a una serie por partes y el desarrollo de otras series tanto o más excitantes. Pongamos a prueba el piloto. El recuerdo más hermoso que viví en el incesto fue a los doce años con mi prima de siete. Su madre casi nunca estaba en casa, y su padre se encontraba en otra ciudad; sumado a esto, debido a su trabajo, mi tía no podía recoger a su hija de la escuela, y no tuvo una mejor idea que pedirme a mí que me encargara de esa tarea. Todo ello hacía que pasara varias horas a la semana con mi prima, cosa que terminó acercándonos más y más. Algo que inició como simple curiosidad se fue convirtiendo para nosotros en una vía de escape a los problemas que había en nuestros respectivos hogares. Comenzamos con toques fugaces a nuestras partes íntimas. Luego inventamos y adaptamos juegos con tintes cada vez más sexuales. Poco a poco, dejamos de ver lo que hacíamos como un juego y tomamos conciencia de la verdadera naturaleza de nuestros actos y sus posibles consecuencias. Ello, sin embargo, nunca nos detuvo. Un lunes por la noche, posterior a un terrible fin de semana para ambos, nos encontrábamos en su habitación tratando de encontrar refugio en el placer que nos dábamos mutuamente. Tan solo tuve que poner mis manos sobre sus hombros para que se acostara en la cama con las piernas abiertas; apenas me puse encima de ella, me abrazó con las mismas con fuerza. A pesar de mi pantalón de uniforme y su short deportivo, el roce entre nuestros sexos era más que suficiente para apartarnos de la realidad y llevarnos a un mundo de puro placer. Como si ello no hubiese sido suficiente, nos fundimos además en un abrazo que me permitió sentir los acelerados latidos de su corazón con el mío. Estaba perdidamente enamorado. Sin dejar de satisfacerla, me aparté un poco de ella solo para ver el rostro de mi felicidad; sus ojos estaban en blanco y su boca, ligeramente abierta, emitía los jadeos más dulces que he escuchado jamás. Acercando mis labios a su oído izquierdo, me abrí por completo y le dije con un susurro que la amaba; un beso en su cuello siguió a mis palabras. Mi prima tomó mi cabeza con ambas manos, me miró a los ojos fijamente y, luego de una tierna caricia, me dijo que también me amaba; me besó después en los labios y me pidió seguir. Olvidando cualquier consideración, me puse de pie dispuesto a ir hasta el final. Asustada, y pensando que alguien había llegado a la casa, Maribel me preguntó qué pasaba. Le dije que no pasaba nada y le pedí que se quitara la ropa. Su inocencia, o quizá el poco pudor que le quedaba, la llevó a preguntarme para qué; le dije que quería tener sexo con ella. De pie, frente a frente, completamente desnudos, nos abrazamos y volvimos a acostarnos en la cama, regresando a la posición en la que estábamos. El contacto de piel a piel nos descontroló; el contacto de pene a vagina terminó por enloquecernos. Sus gemidos, semejantes a los de una fiera en celo, se mezclaban con mis jadeos, que pronto se convirtieron también en gemidos. Un grito fue la primera respuesta de Maribel a mi primer intento de penetrarla. Tomé su cabeza con mis manos, la besé en los labios y le pedí que resistiera un poco. Sus ojos reflejaban excitación y miedo a partes iguales, haciéndome dudar de si debía seguir o no. No me fue necesario elegir, sin embargo, ya que, con todas sus fuerzas, mi prima se aferró a mí con brazos y piernas. Nuevamente volví a intentarlo y, poco a poco, mi miembro empezó a perderse dentro de ella. Con cada centímetro que entraba, mientras yo me elevaba hacia una nube de placer, Maribel parecía hundirse en un abismo de dolor; pese a ello, nunca, ni siquiera cuando desgarré su himen, me soltó. Mi pene acabó finalmente de entrar por completo, y solo en ese momento mi prima me liberó de sus brazos. Mi primera reacción fue separarme un poco de ella para ver cómo estaba. Contrario a lo que esperaba, sus ojos estaban abiertos, fijamente mirándome. Sus brazos, agotados, yacían a los lados totalmente inmóviles. Su vientre captó toda mi atención, pues temblaba sin parar; apenas lo toqué con mis manos, mi prima soltó un fuerte gemido. Estaba entregada por completo. Acaricié el vientre de Maribel por unos minutos, disfrutando de cada una de sus reacciones. Poco a poco empezó a calmarse y a recuperar la conciencia. Sus manos sujetaron suavemente mis brazos, y una sonrisa gemebunda comenzó a dibujarse en su rostro. Deseosa de ver el resultado del arduo trabajo de los últimos minutos, dirigió su mirada hacia nuestros sexos, y yo hice lo propio; era una vista realmente maravillosa. Le pregunté cómo estaba y, como únicas respuestas, me atrajo nuevamente hacia ella con sus brazos y volvió a aprisionarme con sus piernas. El momento había llegado. Unidos en un solo cuerpo. Maribel y yo empezamos a movernos. Mi miembro se retiraba poco a poco de su interior, sin salir de ella del todo, solo para volver a entrar una y otra vez. Sus jadeos eran música para mis oídos; el ritmo, no obstante, empezó a parecerme un tanto lento. Listo para acabar de la mejor manera, le pedí que pusiera sus manos sobre mis hombros y, libre de su abrazo, sujeté sus caderas firmemente. Mirándola a los ojos, la embestí con fuerza, dando como resultado un grito de su parte; sus brazos, sin embargo, no se movieron de mis hombros. Cada vez más rápido, y con más fuerza, penetré a mi prima una y otra vez. Sus gemidos y gritos no se hicieron esperar; sus brazos me soltaron y dejaron su cuerpo a mi entera disposición. Un placer indescriptible me envolvió por completo, privándome de cualquier otro estímulo, haciéndome olvidar todo a mi alrededor. Todo terminó conmigo gritando victorioso y acabando en su interior; pude sentir cómo cada gota de semen salía de mi ser para introducirse en el de ella.Caí rendido sobre Maribel; me tomó unos segundos hacerme a un lado. Boca arriba, ambos permanecimos acostados, inmóviles, por un tiempo que resulta imposible calcular. Recuperado mucho antes que ella, me limpié lo mejor que pude, me vestí y esperé sentado en la cama a que ella hiciera lo propio. Cuando se levantó, pude notar su dificultoso andar, semejante al de un cervatillo recién nacido. Se quedó sentada en el suelo, recogiendo cada una de sus prendas. La ayudé a levantarse e hice que se sentara en la cama; acto seguido, la limpié y le ayudé a ponerse la ropa. Le dije que se acostara y que descansara un poco; ella solo asintió con la cabeza. Algo asustado, no quise irme de la casa hasta asegurarme de que mi prima estaría bien. Dejé pasar media hora antes de volver a la habitación de Maribel. Cuando entré, ella se encontraba sentada en silencio frente a su escritorio, dibujando en un cuaderno. Se veía hermosa. Lo único que se me ocurrió fue acercarme y decirle hola; ella me miró con una tierna sonrisa y me respondió de la misma manera. Acerqué mis labios a los suyos y nos fundimos en otro beso, uniéndonos en un lazo que resistiría el pasar del tiempo.


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