🔥Relato Erótico de Incesto: La vida en una Hacienda de las de antes ❌Sin Censura❌

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Fecha: 2024-02-20


La vida en una Hacienda de las de antes


Autor: VERONICCA

Categoría: Incesto

Imaginaros esas grandes casas, ranchos, cortijos, haciendas y mansiones de todo tipo de hace más de 100 años, en las que vivían una familia ya numerosa de por sí, más la servidumbre, sus hijos y empleados varios con sus respectivas familias, la multitud de situaciones morbosas, sexuales o excita. (Dedicado a un buen amigo, que ha sido el gran inspirador de muchos de mis relatos, pero también podría dedicárselo a todos vosotros que los leéis y comentáis desde hace tanto tiempo y me motiváis para que intente hacerlo mejor cada día, lo que hace que sea más exigente conmigo misma para ofreceros lo mejor de mí). Para hacer mis relatos, tengo una especial predilección por las historias que me cuentan señoras mayores que han vivido otras épocas con una forma de vida muy distinta a la actual, aunque mirándolo bien, en el fondo las cosas cambian poco, quizás el entorno o el decorado donde se desarrollan las mismas, pero en su esencia siguen basándose en ese deseo sexual atávico que ha perpetuado la raza humana durante tantos años, a pesar de las dificultades, necesidades, guerras, hambrunas y desastres de todo tipo. En este gusto particular mío por la Historia, he observado como ha habido épocas en las que se producían una gran cantidad de nacimientos, donde las mujeres estaban pariendo, prácticamente desde el inicio de su edad fértil hasta la menopausia, aunque también, muchos de esos nacidos no llegaban a sobrevivir mucho tiempo, pero eran comunes familias con hasta 12 hijos o más, como a principios del siglo XX, por ejemplo. Como os digo, siempre me han atraído esas conversaciones con personas que han vivido esas épocas pasadas en las que vida era muy distinta a la actual, así como las costumbres, la forma de relacionarse y de enfrentarse a las situaciones cotidianas, especialmente en lugares apartados en los que convivían grupos reducidos de personas, para las que su único mundo era el que llegaban a conocer por sus relaciones entre ellos, con sus propias normas, costumbres, tradiciones y leyes no escritas, que no tenían otro fin que la supervivencia, aunque en muchas ocasiones, sus vidas, contrariamente a lo que podríamos suponer, era más rica y variada, así como con un mayor número de experiencias, que las que nosotros podemos llegar a tener en un mundo tan interrelacionado como el actual. Imaginaros esas grandes casas, ranchos, cortijos, haciendas y mansiones de todo tipo de hace más de 100 años, en las que vivían una familia ya numerosa de por sí, más la servidumbre, sus hijos y empleados varios con sus respectivas familias, la multitud de situaciones morbosas, sexuales o excitantes que podían darse, teniendo en cuenta, además la relación de dominio tan fuerte entre unos y otros. Esta historia me la contó una de estas mujeres que nació y vivió en un lugar así: “Vivía con mis hermanos y mis padres en unas casas humildes, que eran una especie de barracones adosados, un poco apartados de la casa de los señores. Eran unos habitáculos pequeños en donde en cada estancia había una familia o dos, según las necesidades, compartiendo habitaciones con colchones y camas pegadas unas a otras en las que nos colocábamos como podíamos para dormir, porque afuera, en el patio, había un lugar común que hacía de cocina y estancia comunitaria, y luego, más apartados, unos precarios baños comunitarios. En mi familia llegamos a ser 10 hermanos (seguramente de distinto padre), aunque alguno murió a temprana edad, aparte de abortos espontáneos que había tenido mi madre, por lo que mi hermano mayor me decía que siempre recordaba a mi madre embarazada desde que tuvo uso de razón, aunque todos tuvimos que convivir con las situaciones más variadas, que podrían dar lugar a mil historias como esta. A las niñas nos colocaban juntas, las que cabíamos por nuestra edad en unas de las camas y a los niños en otras, aunque también era normal que los más pequeños compartieran cama, en la que dormían juntos niños y niñas, mientras la cama de nuestros padres estaba algo más separada y cuando no había más espacio también solían compartir su cama con alguno de nosotros. En esta situación, el sexo era algo normal y natural, bien porque podíamos ver a nuestros padres o a otras personas haciéndolo, siendo también común que entre los hermanos se tenían las primeras experiencias, pero quizás uno de mis primeros recuerdos que más se marcaron en mi, fue cuando el patrón al que llamaban “el Marqués” (no sé si porque tenía ese título o simplemente porque era el dueño de todas las tierras alrededor), vino un día y llamó a la puerta para decirle a mi padre que tenía que ir al establo a atender a una de las vacas que estaba pariendo y que le acompañara mi hermano mayor. Era ya tarde y estábamos acostados y mientras el patrón hablaba con mi padre, miraba a mi madre que estaba en la cama desnuda, un poco incorporada con la sábana tapándose y cuando mi padre y mi hermano se marcharon, él se quedó allí y le dijo a mi madre: —Siento haberte estropeado el polvo. ¿Estabas gozando con tu marido, te la había empezado a meter ya? Mi madre no contestó, pero cuando el patrón se acercó a su cama, ella nos dijo que nos durmiéramos, que no pasaba nada. Pero pude ver como el patrón apartaba la sábana con la que se tapaba mi madre y mientras la miraba, se bajaba los pantalones y se desnudaba para meterse en la cama con ella, escuchando poco después como mi madre gemía bajo las sábanas, igual que cuando la escuchábamos con nuestro padre, pero quizás esta vez más fuerte, sin importarle que estuviéramos sus hijos presentes. Cuando terminaron, el patrón le dijo: —Como te gusta la verga…. Seguro que tu marido no te hace disfrutar tanto, ni tus hijos te oyen gritar de esta forma. Mi madre calló, pero al ver como el Patrón se quedaba mirando a mi hermana mayor, le dijo: —No, a la niña no, por favor. Todavía es virgen, respétela, señor. Él le pasó una mano sobándola y poniéndola entre sus piernas, le contesto a mi madre: —Pues más te vale que lo siga siendo y vigila bien a tu marido para que no se la meta, porque se está poniendo muy rica. Cuando salió el patrón, nosotros seguíamos mirando a nuestra madre muy sorprendidos por lo que había pasado, que por nuestra edad no acabábamos de entender muy bien, pero ella enseguida quiso quitarle importancia: —Venga, a dormir todos y de esto ni una palabra a vuestro padre. Después de eso empecé a mostrar más atención a las conversaciones de nuestros padres y de los mayores cuando se ponían a hablar entre ellos en el patio y era habitual que escuchara cosas como estas entre las madres: —El patrón me dijo que quería llevarse a mi hija mayor a la casa, para servir y que tendría que quedarse a dormir allí y todo. —¿Pero cuantos años tiene ya? —Pues 14. —Bueno, ya es una mujer y pueden preñarla, ya sabes que empezarán a follársela en la casa. —Sí, ya noté que le había echado el ojo y tengo miedo que me la preñen, como a la de Julia, que mira que barriga le hicieron y la señora la echó porque andaba buscando a los hombres, como decía ella. Mira tú como va a buscar esa cría a los hombres, que cuando estaba con la madre, la tenía siempre con ella, apartada de sus hermanos y de su padre para que no se encamaran con ella, porque era la única hija que tenían. —Claro, como hacemos todas con las crías, y aun así mira las cosas que pasan. —Bueno, pero ninguna estamos para hablar, que en nuestra casa cada una tiene lo que tiene y lo que se calla. —Es que ya sabes como son los hombres, cuando las niñas van creciendo, ya se fijan en ellas, les ponen la mano y ellas se dejan hacer también. —Ellas hacen lo que ven en casa. Al final es la educación que reciben. Este tipo de conversaciones también solían darse entre los hombres: —Felicidades, José, ya veo que tienes a la mujer embarazada otra vez. —Sí, hace poco que parió al último y ya está otra vez. — Eso es porque aprovecháis bien el tiempo, hombre —le decían, con sorna. —Bueno, ya sabes tú que ellas no siempre lo aprovechan con nosotros. Que cuando el patrón nos manda una semana al campo, a ver quien se ocupa de ellas. —Eso sí, que cuando nosotros no estamos, hay algunas que se las arreglan para buscarse compañía. —No siempre es la culpa de ellas, porque también hay alguno que se aprovecha de esas ausencias, aunque las más guapas con las que reciben las visitas del patrón. —El patrón, sus hijos o ”el viejo”, —así es como llamaban al padre de “el Marqués”, que tenía fama de pervertido vicioso, al que le gustaban las niñas preadolescentes, de las que le surtían de vez en cuando para su servicio—, al que le van más las niñitas. —Esto es lo que nos toca aguantar. A mi mujer vinieron a buscarla para que iniciara al hijo más pequeño de la familia, o sea, para que fuera su puta y le hiciera un hombre. —Claro, como a los demás hijos, que se sirven de nuestras mujeres y luego andan merodeando por aquí mirando a ver quien se les antoja. —¿Y qué vamos a hacer? Son los señores, trabajamos para ellos y dan de comer a nuestras familias. —No sé si tendrán derecho a tanto, pero lo que peor llevo es cuando vienen a buscar a alguna de las crías más jovencitas para llevárselas “al viejo”. —Sí, es un vicioso y le gusta convertirlas en viciosas a ellas. A mi me llevaron a los dos que tengo y luego, cuando volvieron a casa, no estaban pensando en otra cosa que meterse en la cama de los hermanos y hasta a mi se me insinuaban. —Lo que a ti te molesta es que se las lleven antes de que te las hubieras follado tú, jajaja. —Tú piensas que todos somos como tú. Ya sabemos que a la tuya no se la llevaron porque ya no era virgen. No sé como te lo consintió tu mujer, que te encamaras con tu hija. —A más de uno se lo consienten y no lo dicen. Date cuenta de que nuestras mujeres se pasan el tiempo entre indispuestas, enfermas, embarazadas o pariendo, a ver como piensas tú que se las arreglan los demás. —La verdad es que muchas crías caen embarazadas y no son todas las veces de los señores. Yo a las mías no las dejo ir solas de noche a los baños, por si acaso. Siempre hay alguno que aprovecha. —Eso las puede pasar en cualquier sitio. Los que solo tienen hijas, cuando suben al monte con ellas para cuidar el ganado, suelen bajar preñadas. —Es que las noches allí son largas y aburridas. ¿Qué van a hacer? —Pues echárselo fuera, hombre, que es tu hija. —Es que se ponen a beber para quitarse el frío y luego ni se dan cuenta. Se la meten y no se quitan de encima hasta que les sale todo. —Eso nos pasa a muchos. Es que tienen el coño muy rico, jaja. —Eso es verdad, yo lo pude comprobar muy bien cuando se llevaron a mi mujer a la casa como ama de cría para los hijos del Marqués, y ya podéis imaginar quien ocupó su lugar en mi cama. —Es que tu mujer tiene unas buenas tetas y tu hija las ha heredado. Ya te diría que todos le metían mano. —Como a todas, aunque ella llamaba más la atención a su edad con lo que tenía ya. Había pasado poco más de un mes y cuando ya había anochecido, el patrón volvió a llamar a nuestra puerta. Estábamos solas mi madre, mi hermana mayor y yo, junto a mi hermano pequeño, el último que había nacido y mi madre le dijo: —Hoy no puede ser, señor, estoy indispuesta —mientras le mostraba los paños manchados de sangre entre las piernas. —No me enseñes eso, mujer —mientras desviaba su mirada de nuevo hacia mi hermana mayor—. No me pienso marchar de aquí sin haber catado mujer. —No, la cría no, que va a venir mi marido enseguida. —No te preocupes por tu marido. Va a tardar un buen rato. Quítate tú de la cama y tráeme a tu hija. Mi madre tuvo que obedecer y le llevó a mi hermana de la mano, a la que le dijo: —No te preocupes, cariño, no te va a pasar nada malo. Yo voy a estar aquí contigo. El patrón atrajo a mi hermana hasta la cama y quitándole la poca ropa que tenía, la dejó desnuda ante su lujuriosa mirada, que se recreaba con su cuerpo, en un ritual que habría repetido muchas más veces, pero que parecía que seguía excitándole de la misma forma que la primera vez, como el que desenvuelve un paquete buscando encontrar siempre algo nuevo en su interior. Quizás por respeto a mi madre o porque él lo deseara así, se comportó con mucha delicadeza con mi hermana, buscando su confianza y complicidad, como si supiera que de esa manera lo iba a disfrutar más, y así estuvo lamiendo todo su cuerpo, besándola saboreando su lengua, enseñándole su pene para que jugara con él, y se lo pasara por sus labios, hasta meterlo en su boca disfrutando de su humedad y “el Marqués, un poco sorprendido por la habilidad de su lengua: —¡Vaya! Sí que lo haces bien, putita, me parece a mi que no es la primera que te metes en tu boca, seguro que tu madre lo sabía ya. Y mi madre, intentó disculparse: —Ya sabe cómo son aquí las cosas. Cualquiera pudo estar con ella. —Sí, sí, claro, lo entiendo; mucho hombre alrededor y cuando tú no puedes atender a tu marido, él también se servirá de ella, jaja.. Luego se dirigió a mi hermana: —Bueno, nena, ahora vas a probarla entre las piernas, que te va a gustar mucho más. Tumbó a mi hermana en la cama y le abrió las piernas para verla bien. Metió su cabeza entre ellas y empezó a lamerla, pasando la lengua de arriba abajo hasta arrancar sus primeros gemidos de placer, lo que aprovecho el patrón para poner su pene a la entrada de su vagina y presionar hasta que se fue metiendo dentro entre algún quejido de mi hermana, que era calmada por mi madre cuando ella le decía: —Me duele, mamá. —Ya, ya, aguanta cariño, ya va a pasar, ahora te va a empezar a gustar más, ya verás. Y le decía al patrón: —Hágaselo despacio, señor, que no está acostumbrada. Pero él no le hacía mucho caso y cuando el patrón entró del todo dentro de ella y empezó a hacer el movimiento de sacar y meter, mi hermana ya se puso a gritar cada vez más fuerte de placer moviendo la cabeza a un lado y otro, gritando más que cuando se lo hacía a mi madre mientras nosotros mirábamos la escena con los ojos muy abiertos a la vez que yo empezaba a sentir las cosquillas y picores en mi vagina, que tenía cuando veía algo así. Vimos como empezó a salir líquido blanco entre las piernas de mi hermana, y eso era porque él se estaba corriendo dentro de ella y se la salía por afuera con los líquidos de ella, ya que estaba muy mojada; y cuando se la sacó el patrón, tenía la vagina muy roja, con algo de sangre, pero no mucha, por lo que preguntó a mi madre: —¿Seguro que a esta niña no se la ha metido nadie antes? —No, señor, la cuidamos bien. Ya ha visto su sangre. En ese momento, yo intervine quizás desde mi inconsciencia, diciendo: —El otro día vi a mi hermano mayor encima de ella, como estaban ahora. Por lo que mi madre me dijo, reprendiéndome: —Calla, chiquilla, que sabrás tú de estas cosas. —Jajaja, sí que sabe, sí, me parece que la próxima vas a ser tú —me dijo el patrón, mientras se reía. Pero para evitar que siguiera fijándose en mí, mi madre le dijo: —¿Le gusto estar con mi hija mayor, no? Puede venir cuando quiera, cuando no esté mi marido. —Claro, de tu marido ya me encargo yo. Al salir el patrón, mi hermana me dijo: —Esa vez que nos viste, mi hermano sólo me la metió un poco, no del todo, como el patrón. —¿Te gusto? —le pregunté con curiosidad. —Sí, mucho, ya lo verás cuando te lo haga a ti. Como mi madre nos estaba oyendo, le dijo: —No le digas esas cosas a la cría, que luego le entran las ganas y empieza a meterse con sus hermanos, y no tiene edad todavía. —Pues sí que ya tiene ganas, mamá; que ya le gusta tocar la verga de sus hermanos y se le moja el coñito. —Le gusta porque se la dan y por todo lo que ve aquí. Por eso querrán sus hermanos meterse en la cama con ella. Esa misma noche, cuando todos dormían, mi hermana le dijo a mi hermano mayor que se cambiara de cama y se metiera conmigo, porque yo estaba caliente. Mi hermano se rio y se vino conmigo para tocarme mientras me decía: —¿Te gustó tocarme la verga el otro día? Yo le dije que sí, que me gustaba mucho y después de un rato, él se puso encima de mí y empezó a frotar su pene con mi vagina, pero sin metérmela, lo que me dio mucho gusto haciendo que mi vagina se mojara, hasta que me echó encima el líquido blanco que sale a los hombres. Esto se volvió a repetir durante varias noches más, hasta que una vez, mi madre encontró a mi hermano dormido en mi cama: —¿Qué haces en la cama con la niña? —Es que me quedé dormido aquí, mamá. —¿Y por qué estabas ahí? Ya sabes que tu cama es esa, con tu hermano. Mira, tu hermana mayor tuvo que dormir con él. —Sí, perdona, mamá, pero no importa, él es pequeño todavía. —Y tú hermana también es pequeña. ¿No la habrás hecho nada, no? —No, mírale la rajita, la tiene cerrada todavía. —Está bien, aunque a partir de ahora ya no vas a dormir aquí. La señora me ha dicho que te necesitan en la casa para hacer unos arreglos en la habitación de su hermana. —¡Ah!, si, como la otra vez, que tuve que dormir con la vieja. —No la llames así, ella está soltera y aunque sea mayor, le gusta dormir acompañada. —La otra vez casi no me dejó dormir, estuvo pidiéndome toda la noche que la montara. —Jaja, eso es porque eres joven y pudiste aguantar bien, porque te pasas toda la noche con la polla dura, aunque ya supongo que las preferirás más jóvenes, pero si te volvió a llamar es porque le gustaste, así que aprovéchate, hijo, para pedirla si nos pueden cambiar a una de las habitaciones de la casa, que se está mucho mejor que aquí, y además, están tus hermanas más expuestas. —Tú lo que quieres es estar más cerca del patrón, que ya sé que suele venir por aquí. —Qué cosas dices, hijo, es sólo para que podamos mejorar toda la familia. Mira otras como lo consiguen, hasta ofreciéndole a sus hijas. En ese tiempo, las discusiones entre mis padres eran más habituales: —Ya me han dicho que “el Marqués” viene mucho por aquí últimamente. —Ese anda por todos lados, ya lo sabes. —Sí, pero tú eres de sus favoritas y ya me imagino que cuando me manda alguna tarea lejos, es para venir aquí. Y es que ya no se si nuestros hijos son míos o es él el que te preña. —Ya te dije que solo la pequeña es de él, que pasó aquella vez cuando te envió al monte con las ovejas. —Y ahora además, las niñas están creciditas y empezará a fijarse en ellas también. —Como en las demás, pero yo intento que se entretenga conmigo para que no las mire a ellas. —Que puta eres. Encima me vas a decir que te sacrificas por ellas. Sois todas iguales, mucho disculparse con los maridos pero estáis deseando que os folle el patrón. —¿Y qué vamos a hacer? Si nos lo pide, tenemos que abrirnos de piernas para él. —¿Tú sola? No me engañes, ¿Ya ha estado con la mayor también, no? —Sí. No pude evitarlo porque yo estaba indispuesta. —Pues ahora no protestes cuando yo me desahogue con ella también, los días que estés así. Mi madre bajó la mirada y calló, resignada ante algo que tampoco podría evitar, ya que era costumbre que cuando las mujeres no podían satisfacer a los maridos porque estuvieran enfermas, indispuestas o en los periodos de partos, se acostaban con las hijas mayores cuando tenían ganas de sexo, pero a pesar de todo, mi madre no pudo resistirse a decirle después de ese silencio: —Pero no se lo eches dentro, por favor, que no quiero tenerla ya preñada tan jovencita. —No, yo tampoco quiero tenerla así, para que no se la lleven “al viejo” y sea su juguete, que ya sabes que le vuelven loco las jovencitas embarazadas. Había pasado un tiempo y parecía que “el Marqués”, se había empezado ya a cansar de mi hermana, lo que preocupaba a mi madre, porque sabía que enseguida le pediría a mí y la daba pena entregarme tan pronto, pero yo tampoco había perdido el tiempo, porque cada vez me gustaba más que mi hermano se me pusiera encima, y se frotara conmigo y en una de esas veces me la había metido toda y me había desvirgado, sin que estuviera mi madre enterada de ello, claro, así que el día que el patrón quiso estar conmigo, lo notó y se enfadó bastante con mi madre: —¿Pero cómo puede ser? Si no eres virgen ya. ¿Cómo sois tan putas en esta casa? Mi mare me miró sorprendida, y me preguntó quién había sido, pero ante mi silencio, ella lo supuso: —No me digas que fue tu hermano. Es que no puedo con vosotros. Lo siento, señor, yo no sabía nada —le dijo al patrón, apesadumbrada. —Es igual, es normal viendo lo que ven todos los días aquí. A ver chiquilla, como has aprendido a mover el culito. Ya me había fijado en lo espabilada que eras. El patrón me puso encima de él y me folló como había hecho con mi hermana, pero creo que le gustó bastante más: —¡Uuufff!, que estrechito lo tienes. Se nota que todavía no te lo han usado mucho. Que vea tu madre lo bien que follas. No puedo aguantarme más contigo, te lo voy a echar todo. Mi madre, viendo la escena, musitó en voz baja: —Menos mal que no tiene la menstruación todavía. El patrón se había corrido dos veces conmigo y no me quería dejar: —Preciosa, yo te quiero tener cerca de mí. Te voy a llevar a la casa, para que ayudes en la cocina, así que os venís tú y tu hermano conmigo, como habíamos hablado. Así dejamos sitio libre para que tu padre le haga más hijos a tu madre, jaja. Mi madre no quiso decirle nada sobre que yo podría ser su hija, por miedo a que me rechazara, así que de esta forma fue como mi vida cambió. Pasé a vivir en la casa con los señores, donde había más comodidades y aunque compartía habitación con las demás sirvientas, era todo más bonito y confortable, aunque echaba de menos a mi madre y mis hermanos. El que se puso contento de verme allí fue “el viejo”, que alguna noche me llevaba a su habitación para que durmiera con él, otras noches me buscaba el patrón o alguno de sus hijos, de forma que me repartía entre ellos, pero cuando empecé a tener la menstruación, enseguida me quedé embarazada de mi primera hija, sin que en realidad yo supiera quien había sido el padre, pero hasta el último mes del parto, siguieron llevándome a sus habitaciones, sobre todo “el viejo”, para el que me había convertido en su debilidad. Enseguida tuve a mi segunda hija en parecidas circunstancias y a los 20 años, ya había parido tres hijos, aunque el último se murió al poco de nacer, lo que era normal en aquellos tiempos. Mi madre se sentía muy orgullosa de mí, porque me había convertido en “una de la casa”, como llamaban ellos a los que conseguían que los llevaran allí, que era como de un status superior a los que vivían en el poblado. Mi hermano, una vez que dejó de ser el capricho de la Señora, quizás también por su edad, que ya no la apetecía tanto, le enviaron a los establos, a cuidar del ganado. Cuando tuve 23 años pude casarme con otro empleado de la casa, al que no le importó que yo tuviera ya hijos, ya que con él tuve otros 4 más y mi vida siguió transcurriendo como la de las otras mujeres “de la casa.” Mis hijas siguieron llevando el mismo proceso que yo había vivido, ahora con los hijos de “el Marqués”, pero de forma más sutil, ya que ahora no se atrevían a pedirme a la niñas directamente, como hacían con mi madre, si no que aprovechaban cuando las nenas estaban solas para meterlas mano y si veían que alguna se dejaba más y abría las piernas, la metían en la habitación con ellos un rato, pero no las tenían en la cama toda la noche, como hacían antes, supongo que porque sus esposas ya no consentían tanto esas cosas ni se hacían las tontas aunque lo supieran. Mi marido tampoco lo aceptaba como se hacía antes, como había hecho mi padre y se llenaba de rabia cuando se enteraba de que algunos de los señores habían estado con alguna de nuestras hijas, pero tampoco se atrevía a decirles nada, y lo que hacía era enfadarse conmigo, como si yo pudiera hacer algo para evitarlo, y hasta me echaba en cara mi pasado, pero luego se arrepentía y me pedía perdón. La verdad era que él tampoco estaba en condiciones de reprocharme nada, porque él también había tenido sexo, con mi consentimiento, con mis dos hijas, de las que él no era el padre, pero en cambio, con las que eran hijas suyas, aunque jugaba con ellas y las tocaba, no las penetraba. En esas conversaciones que teníamos entre nosotros solíamos hablar del tema: —Esto lleva pasando toda la vida, tendrías que estar ya acostumbrado y no tomártelo de esa manera. Tú también creciste en el poblado y en tu familia, cuando tu padre pasaba las noches fuera, me dijiste que tu madre te metía en su cama para que la calentaras —le decía yo. —Sí, porque yo era el mayor de los hijos y ella tenía miedo de que algún hombre entrara y se le metiera en la cama y al tenerme con ella, ya no se atrevían. —Pero bien que aprovechaste esas noches para follártela. No me digas que no te gustaba. —Sí, claro, yo era un crío y para mí estar con mi madre era lo mejor del mundo, mejor que estar con mis hermanas. Además a ella le encantaba también. —Normal, a todas nos gusta eso cuando estamos mayores ya. En cambio tu padre prefería a tus hermanas, como te pasa a ti ahora con nuestras hijas. —Debe ser cuestión de la edad, porque es verdad que a todos les pasa lo mismo. —Entonces tendrías que entenderlo. Tú mismo lo dices. Y no eches la culpa a las niñas de que abran las piernas cuando les meten la mano, porque tú las acostumbraste a eso. Es normal que se pongan calientes y les guste. —Tienes razón, no sé porque me pongo así, pero me da rabia que los patrones hagan lo que quieran con nosotros, sin respetar nuestra intimidad ni a nuestras familias —Pues antes era mucho peor, acuérdate de las cosas que pasaban, como cuando estábamos en el río lavando la ropa o bañándonos solas, y a veces nos agarraban entre 4 o 5 y nos la iban metiendo todos hasta que se corrían con nosotras. A tú hermana le pasó también y a muchas otras. —Esas cosas siguen pasando, pero menos. Se notaba quizás, que algo iba cambiando, pero sólo en la casa, porque cuando hablaba con mis hermanas, que vivían en el poblado, me decían que todo seguía igual por allí, ya que incluso algunas de sus hijas adolescentes seguían quedándose embarazadas, sin que supieran de quien.” Y ahora que esta mujer que me ha contado esto, con tantos años y habiendo vivido tantas cosas, con sus nietas y bisnietas sigue viendo que pasa lo mismo, los hombres siguen buscándolas, los padres siguen metiéndolas en la cama y aunque ahora esas camas sean más confortables en bonitas habitaciones, la gente sea más educada y formada, el sexo sigue siendo lo mismo que cuando ella era pequeña, el hombre sigue buscando un coño, un chocho, panocha, cuca, una vagina…. donde meterla, sin importar de quien ni cuando, simplemente de que tenga oportunidad de hacerlo y las mujeres siguen disfrutándolo siendo conscientes de lo que tienen entre las piernas, del poder que pueden ejercer sobre los hombres cuyo mayor anhelo será poseerlas como principio y fin de sus vidas. Esta es una historia real que sucedió en un lugar concreto entre finales del siglo XIX y principios del XX, pero bien podría haber sucedido en muchos otros lugares, donde la vida en estos grandes ranchos o haciendas era parecida y se veía con la normalidad que se ve algo cuando no se han visto otras cosas viviendo desde que naces hasta que mueres en esos micromundos, sin mucho contacto exterior, donde la única ley es la del patrón que es el dueño y señor de las tierras, el ganado y de todas las personas que las ocupan.


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