Relato Erótico de Incesto: Náufragos (III)

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Fecha: 2019-09-22


Náufragos (III)


Autor: Zorro Blanco

Categoría: Incesto

22 de octubre de 1620 Al principio todo nos costó mucho, lo más engorroso fue, aunque pueda extrañar el ir al baño. La selva nos daba miedo y yo le pedía al pequeño Daniel siempre que me acompañase mientras hacía mis necesidades. El mayor también se ofrecía, pero a mí me daba menos pudor ir con mi Daniel, que era más joven. Carlos era ya un hombrecito y me daba mucha vergüenza que me pudiese ver semidesnuda. Para nuestra suerte, cuando conseguimos el valor para hacer una expedición por el interior de la isla, descubrimos un lago de agua dulce y esto, sin duda, fue lo mejor que podía pasarnos. Ya no tendríamos que preocuparnos por el agua. También pude tomar un baño después de meses en el barco sin poder hacerlo. Esto también fue algo engorroso, pues nos resistíamos a separarnos y mis hijos insistieron en bañarse conmigo. Aunque les dije que no, que primero me bañaría sola, su insistencia pudo conmigo. Así que yo con un camisón de algodón y ellos se con sus calzoncillos nos dimos los tres un buen chapuzón. Fue maravilloso, gracias al jabón que guardaba junto con mi ropa pude asearme decentemente, aunque procuré no usarlo mucho para que me durase, mis hijos también lo usaron. Para no enturbiar las aguas nos salimos a la orilla de guijarros y allí nos enjabonamos y aclaramos echándonos agua con las manos. Al salir descubrí que mi camisón empapado dejaba ver mi silueta y algo más de mis atributos, por ejemplo, se pegó a mis pechos, dibujándolos y mis pezones, duros por el agua, eran perfectamente apreciables con la tela mojada. Y para colmo descubrí que mis hijos no dejaban de mirarme, tal vez asombrados pues nunca habían visto una figura de mujer con tan poca ropa y aunque yo fuese su madre, no dejaba de ser lo uno y lo otro a la vez. Así que presa del pánico y la vergüenza les grité que se diesen la vuelta y como buenos hijos obedecieron. Cuando ellos repitieron la operación, yo ya estaba de nuevo en las aguas, que usaba para ocultar mi desnudez bajo ellas. Allí los vi jugar una vez más y aunque también tenían sus calzoncillos largos hasta los tobillos, al igual que a mí, el agua hacía que la tela se pegase a su piel y su figura se mostrara como esculturas de mármol. El señor me perdone, pues no pude evitar fijarme en sus atributos masculinos cubiertos por la blanca tela, que como mi camisón, terminó pegada a sus cuerpos, dibujando las formas que bajo ella había. Así descubrí que tanto Carlos, el mayor, como Daniel el pequeño, eran ya dos hombrecitos con abundante vello púbico. En cuanto a la comida mejoró también, pues descubrimos que en el interior de la isla vivían unas aves que no podían volar, eran confiadas y dejaban acercarse por lo que se las podía cazar sin mucha dificultad. Esto, unido a un chisquero que nos dejaron los marineros, nos permitió disfrutar de fantásticos festines con su carne casi todas las noches. ([email protected])


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