Celda de Castigo (I) Filomeno

2019-08-27


Cuento carcelario. Narrado en primera persona por una prisionera. Primera entrega. Celda de Castigo (I) Pitido ensordecedor, molesto… Suena el timbre… Es el despertador. Son las siete. No quiero despertar, no quiero levantarme… La cama es dura y estrecha pero al menos estoy caliente bajo las sábanas. Me retuerzo, posición fetal… el pitido sigue sonando. De mala gana, dormida y bostezando pero me levanto… Sé que si no vendrán a hacerlo a la fuerza y será peor. El resto de chicas del barracón van haciendo lo mismo. Se forman dos colas de chicas en bragas, algunas llevan camiseta otras con los pechos al aire. Eso lo podemos elegir, dormir con o sin una áspera camiseta blanca de asas. M0314159265, ése es mi número. Por si se me olvida lo llevo siempre encima. Una molesta gargantilla de cuero, con el número grabado. Está peor rematada que el collar de un perro. Te lo ponen al detenerte (te dicen que es el número de expediente) y lo remachan para que no puedas quitártelo. Si te condenan debes llevarlo siempre… bueno, hasta fin de sentencia. Es como un tatuaje, una letra escarlata… Y algo que borra tu nombre, yo aquí soy 265 (dos-seis-cinco), así me llaman las guardianas. Hoy toca ducha a la cola de las pares. Tienen suerte… recibirán durante un minuto un chorro de agua templada (dicen que caliente pero es mentira) y llegarán media hora más tarde al taller. Sí, mañana me tocará a mí, pero el día me cuesta más cuando no hay ducha. La cola avanza lentamente… La de las pares, mucho más lento. El olor a sudor es insoportable. También huele a vagina, muchas nos consolamos por las noches, no nos queda mucho más. Llega mi turno, tiro la puta braga en el cesto, la guardiana me da otra limpia. Talla “M” -dice la cabrona-. Yo la cojo y me la pongo rápidamente. Cuando llegaste usabas la talla grande te viene bien la dieta de la cárcel -sigue con sorna-. Con que ganas la golpeaba hasta que la sangre le tapara la cara. No contesto, pienso en la basura de comida que nos dan. Hoy dormiste con las tetas al aire -sigue-. Diosss!!! Hoy sí que está insoportable. Desde hace unos días no puedo evitar toquetearme los pezones en la oscuridad hasta que me duermo. En ese momento me siento un poco libre. Nunca duermo del tirón… un rato después me despierto y al verme encerrada en un barracón mal ventilado cierro los ojos y me toco hasta que me corro y duermo otra vez. Afortunadamente, la guardiana no sigue hablando. Me pongo la camiseta y el pantalón corto. Más bien es un bañador de hombre. Es verano y mi sensación es de calor horrible y humedad extrema durante 24 horas. En invierno, la sensación es de frío y también de humedad extrema, menos mal que en esos meses tenemos pantalón de chándal largo y sudadera. Todo amarillo… toda la ropa es amarilla, hasta las chanclas cutres que llevamos en los pies son de ese color. Bueno, las bragas y la camiseta de dormir son blancas. Pero todo lo demás, color canario… Será para vernos desde lejos si alguna logra escapar. Escapar… tendría que tener superpoderes. Al salir del vestidor, pasamos una a una al comedor, se sirve el desayuno, las pares vendrán después. Están pasando lentamente por las duchas. Puedo elegir: leche fría o caliente, cacao inmundo (negro, muy dulce) o un café que podría servir de matarratas. La leche fría es lo menos malo. Las galletas son la única opción sólida y parecen hechas para perros. Llegamos al taller. Son alrededor de las ocho. Toca lo de siempre, coser prendas y calzado. Pincharse mil veces. Bajar el ritmo cuando las guardianas no te ven. Verlas pasear por entre nosotras, con el pecho hinchado, la porra y las esposas en el cinturón, muchas veces jugando con ellas y mirándote con cara de desafío. La administración carcelaria hace grandes negocios, desde la gran guerra no existe automatización, hay poco comercio mundial, ya no se cose masivamente en Asia. Las cárceles son los nuevos centros de explotación. De ocho a tres todos los días. Después, nos dan una bazofia para comer y nos dejan toda la tarde tiradas en el patio. Hasta las ocho que hay bazofia para cenar. Tras la cena, caminito a los barracones para dormir. Cierran los barracones por la noche y dentro de cada uno queda una guardiana. A la nuestra le llaman “Amarga”... Se dice que se llama “Margarita” o “Marga”... Hoy le ha dado por los comentarios simpáticos… Siempre nos recuerda que cuatro horas de taller son pocas, que ahora hay pocos encargos… si aumentan pondrán horas por la tarde. Lo mejor es el papel que te pasan a fin de mes… dice que te han pagado una tremenda mierda por tu trabajo de todo el mes. Dinero que va a una cuenta controlada por el estado y que puedes retirar cuando salgas… Bueno, eso dicen yo aun no lo sé. Media mañana, el sudor es insoportable… Hay que pedir permiso para beber agua. Acabo la pieza con la que estoy. Levanto la mano y pido permiso. Amarga me deja de mala gana… Voy a la fuente que está en la esquina del taller. Aprieto el pedal, sale el chorro… bebo sin parar… mi cuerpo pide agua, agua y más agua… Deja ya de beber, sigue trabajando, puta -me grita Amarga-. Me doy la vuelta, quiero gritarle que puta lo será ella, también quiero aguantarme. No sé cómo, mi boca llena de agua comienza a escupir un chorro que le da de lleno en su cara de zapato viejo. Me quedo paralizada, sé que la he cagado… miro al suelo, levanto las manos delante de la cara como un boxeador en guardia. Veo como Amarga se seca la cara, después coge la porra y se dirige hacia mí. ¡¡¡Alto!!! - suena fuerte a mi izquierda, miro y veo venir a la jefa del taller. Es una mujer alta y fuerte, no sé su nombre. Para todas es “la Nazi”. Marga, guarda eso. 265, manos en la nuca, mirando a la pared -continúa la “Nazi”. Obedezco… Oigo sus pasos firmes, Amarga se echa atrás. Noto un golpe de algo metálico en mi muñeca derecha. Sí, son las esposas. Noto como aprieta el grillete de acero, para justo cuando empieza a molestar, si siguiera un poco (sólo un diente más) me cortaría la circulación. Noto una mano firme en mi muñeca izquierda. Me agarra con su mano izquierda… con la derecha sujeta las esposas. Con fuerza tira de mi mano esposada… la lleva a la espalda, justo sobre mis riñones. Ahora tira de la otra mano, la izquierda, la lleva también a la espalda. Noto como el segundo grillete se aprieta sobre mi muñeca izquierda. Me suelta un momento, yo intento no mover ni un músculo. Si me muevo puedo apretar las esposas todavía más y hacerme daño. Me ha sujetado las manos a la espalda con las palmas hacia afuera. No es una postura dolorosa pero sí incómoda. Con los grilletes apretados no puedo girar las muñecas. Son esposas de bisagra, apenas permiten movimiento. Las palmas hacia afuera es la postura que aconsejan a policías y guardias de prisiones para lograr que la víctima tenga su libertad restringida al máximo. Podrían ponerme las llaves en una mano y no podría soltarme. Realmente, con las esposas de bisagra, es muy difícil soltarse si el policía coloca los orificios de las llaves hacia arriba (lejos de las manos). Resultado de imagen de hinged handcuffs Esposas de bisagra Las palmas aquí no están del todo hacia afuera. El tiempo parece haberse detenido, al menos ralentizado. Los segundos pasan como los lentos pasos de un gigante. Oigo como la Nazi saca una llave y noto que hurga en las esposas. Sé lo que está haciendo, acaba de aplicar el doble cierre (como la doble vuelta de una cerradura), eso aparte de aumentar la seguridad, fija los grilletes en esa posición, ya no se pueden apretar más. Me siento un poco aliviada, aunque enseguida noto cómo la guardia me agarra firmemente el brazo derecho a la altura del codo. Me llevaba zarandeándome fuera del taller. Su mano la noto firme como una argolla metálica, no me sientoa capaz de resistirme en absoluto. Me saca una cabeza (no es difícil para las que vivimos midiendo metro cincuenta y cinco) y ahora mismo me parece dotada de la fuerza de un superhéroe (o supervillano, no sé muy bien, llevo casi dos años de condena y todavía no sé si debo considerarme malvada o excesivamente inocente). Para información general: el grillete es la pieza que aprisiona cada mano, las esposas el conjunto. Pueden ser de cadena (figura) o de bisagra (hay otros tipos, pero esos dos son los principales). Cada grillete tiene un arco dentado que funciona como una brida, se aprieta contra los dientes del cuerpo (trinquete) y se puede apretar más, no aflojar (sin la llave). Al bloquearla (o aplicar doble cierre) el trinquete se inmoviliza, no se puede apretar más. Es curioso el funcionamiento… Si no hay una muñeca en medio el arco da la vuelta completa, esto permite no tener que abrirlas y aplicarlas más fácilmente. Un oficial experimentado lo hace con apenas un toque sobre la muñeca del prisionero. Si se aprietan lo bastante, la muñeca no puede girar. Es curioso que con apenas dos dientes del trinquete, es muy difícil escurrir la mano, incluso para manos muy pequeñas. CONTINUARÁ...

Autor: Freijomil Categoría: Dominación

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Primera sesión BDSM con... ¿quieres ser tú?

2019-08-27


Tras chatear por la app decidimos quedar en un lugar cerca de la casa de John, tomar unas cañitas en una terracita para conocernos no está mal, hablar de lo cotidiano y común, de las vacaciones y del moreno recién cogido y que en el tiempo irá desapareciendo poco a poco. Una vez convencidos de que todo puede ir bien, que hay feeling y ganas de más, pago la cuenta y nos vamos a mi casa. María parece retraída, quizás nerviosa, quizás excitada, no dice nada en el breve trayecto entre la terracita y la casa. Ya le había dicho a María que viniera preparada con algunas cosas o ropa específica como el vestido que llevaba de color azul oscuro que le hacía ser la envidia de todo el barrio, era comida con la vista y eso en gran medida le hacía sentirse excitada a la par que orgullosa. En esos pensamientos discurría cuando llegaron a la casa de John. Nada más entrar éste le cogió el bolso y lo dejó en el salón a la vista de ella para tranquilizarla, acercó el oído a su boca y le preguntó la palabra de seguridad, a la que ella respondió bajito como si alguien que no fuera él estuviera escuchando. Después de esto, le pidió a María que se quitara el vestido y quedase en ropa interior delante de él, llevaba un conjunto negro, sensual. John ya tenía preparado todo el material, así que ella pudo ver como de un maletín posicionado contra ella, para que no viera lo que había en él, iba sacando cosas que harían de aquel rato un momento especial, divertido, sensual, perverso, húmedo. Antes de nada, John encendió una mini cadena con música para dar ambiente. Lo primero que de allí salió, fue un antifaz para cubrir la vista de la sumisa y que desde el primer momento no viera lo que a cada paso iría a suceder. Así, ella sólo sentiría e incrementaría sus sensaciones y orgasmos cuando los hubiera. Así, ella, de pie en el salón sintió a su alrededor como John la rodeaba y con su aliento acariciaba su cuello y con sus manos acariciaba su piel hasta que él se posicionó detrás suya y se acercó a ella para susúrrale al oído que si se sentía perra o no. Ella dijo que no y cometió el error de que ahora estaba ya en faena y debió decirle no, amo o no, mi señor. Esto lo aprovechó él, porque entonces le quitó el sujetador que llevaba para contemplar sus tetas a la par que le decía que no debe nunca olvidar que mientras estén juntos en la sesión, debería referirse a él como su señor o su amo, y si quería hablar debería pedir permiso, en caso contrario, en caso de contrariar a su señor, recibiría un castigo. Ella subió y bajó la cabeza para asentir y dar por comprendida la situación. Tras quitarle el sujetador, él apretó sus pezones para que ellos quedaran erectos, un poco por la presión y otro poco la excitación y el morbo que en ella provocaba esa situación. Lo que no se esperaba ella es que él no sólo pellizcara sus pezones, sino que los lamiera y los succionara, para que una vez humedecidos y comenzando a recorrer por todo su ser una sensación de gusto y placer, sobre ellos quedaran sujetos sendas pinzas. Tras ello, y al oído le dijo que cada vez que cometiera un error un castigo sobre ella se cerniría y bien podía ser una cosa aún por descubrir o hacer que la pinzas se apretaran un poco más para causar una sensación mayor de presión. No sé si es que le iba el mambo o qué, pero resultó ser un poco rebelde, le gustaba retar y eso daba juego. Así que tras recibir su primer castigo, recibió un segundo castigo por decirle que puede ser más respondona; lo que hizo que él le pusiera una mordaza en la boca para que callara mientras él se concentraba en hacerla sufrir a la par que le generaba placer, mira tu por donde, algo haría bien, que tras ponerle la mordaza, le quitó la parte de debajo de su bonito conjunto de ropa interior y allí se vio que ya empezaba a estar mojada. Ya veo lo zorra que eres, dije yo. Y ya nada podía decir porque amordazada se hallaba. Vamos a ver si puedes serlo más o no. Le separé las piernas un poco, y antes lubriqué mis dedos para acariciar su clítoris y hacer que ella se excitara un poco, con una mano agarraba su cuerpo, con la otra la masturbaba a ella, lo que hacía que por un lado se estremeciera pero cuando llegaba al climax decidí parar y de su boca salió un sonido ininteligible que sono como un hijoputa termina, pero no le dí mayor importancia que la que tenía y decidí acudir a mi maletín para coger el látigo sonoro e indoloro para fustigar su sexo, tetas, pezones y cuerpo con él. Un nuevo castigo por insultarme. Deja de ser mal hablada o no haremos nada, le solté. Así que esta vez le quité la mordaza y le pregunté que si sería buena, y dijo que sí, pero se le veía en los ojos que no. Volví a tocar su clítoris, muy húmedo, pero antes le dí mis dedos a ella, para que los probara y humedeciera con su lengua y su saliva, una vez hecho eso, volví a meterlos en su coño, para ver si llegaba al orgasmo pronto o tarde… y mira tu por donde, fue bastante rápido, esta vez dejé que se corriera y sintiera el primer orgasmo, lo que la hizo temblar y jadear un poco. Mientras se recuperaba, saqué unas cuerdas del maletín y la até las manos. Una vez que estaban bien atadas, la hice arrodillarse y saqué mi polla para que la comiera, chupara y lamiera. Pero no permití que lo hiciera mucho, porque la frecuencia y la fuerza la manipulaba yo con mis manos, haciendo más una participación suya meramente pasiva y yo guiándola en todo momento lo que quería. Hubo un bonito deepthroat. Cuando hube terminado acaricie su cara, la mire, me miró a través del antifaz y le dije que se quedara ahí quieta, sin levantarse. Yo fui al maletín y cogí un collar con correa que le puse haciendo de ella una auténtica perra. Así, la dirigí a la habitación, ella gateando desnuda por la casa y yo como su amo recorriendo el pasillo orgullo de semejante perra. Ella seguía sin ver nada, sólo sentía y a cada paso o gateo se sentía temerosa pero excitada para sentir el siguiente juego. Entramos en la habitación, ella no veía nada, sólo oía lo que su amo le decía: Vamos, ponte de pie, muy bien ahora te voy a ayudar a tumbarte en la cama. Bien, extiende un brazo, extiende el otro, abre las piernas… muy bien. Ahora te voy a atar los pies y manos a la cama. ¿Recuerdas tú palabra de seguridad? Sí mi señor. Muy bien. Una vez atada de pies y manos, ella empezó a escuchar un zumbido cerca de su oído, después lejos y finalmente lo sintió rozar sus pezones, que nada más al contacto se pusieron tiesos, como en formación de guardia, deseosos de volver a ser succionados. No tendrían esa suerte por el momento. Ese zumbido, esa vibración recorrió su cuerpo, bajando por el estómago, vientre, pubis sin contacto en el coño, muslos y finalmente, ahora sí, clítoris. Ella pensó por un momento que era otro control de orgasmos y en cambio fue todo lo contrario, una constante vibración en su coño húmedo y ardiente, cuya única variación era el movimiento del aparato por su amo y las diferentes velocidades que él imprimía. María sentía como el calor se aumentaba en el cuerpo, se mordía la lengua e imaginaba que se tocaba los pezones o que una gran polla la penetraba pero no, mientras la vibración continuaba, echa una fiera que le hizo temblar de placer una primera vez y al mismo instante un sufrimiento porque aquello no paraba y continuaba tras el orgasmo… podría decir la palabra y todo pararía, pero ella no quería parar, quería saber hasta donde podría llegar, que sentir más placer del nunca tuvo aunque eso supusiera un desgaste energético para ella… aguantó, sí que aguantó, le vinieron dos orgasmos más, se corrió, gimió y se extasió, pero aún así no dijo la maldita palabra y John decidió parar con el juego. Le quitó el vibrador, y la acarició para después darla un masaje relajante, un masaje que le permitiera salir de la situación de estrés orgásmico, de estrés extra sensorial. Le quité el antifaz y pudo volver a ver… aunque no por mucho tiempo. Le quité las cuerdas, y ella se masajeó muñecas y brazos para desentumecerlos… le dije que se levantara pero que se pusiera a cuatro patas. Puesta en esa posición el puse unos almohadones bajo su tripa y le pedi que se volviera a tumbar. Le volví a poner el antifaz. Empecé a masajearla la espalda, las piernas, las nalgas… el ano. Con lubricante masajeé su ano, e introduje un dedo, así poco a poco aquello iba dilatando, poco a poco, muy poco a poco… un dedo, dos dedos, hasta que pude introducir un pequeño plug anal para que allí quedara un rato, dilatándose el ano, como un pequeño entrenamiento… sin embargo no quería dejarla asi sin más; así que pedí que se reincorporara un poco y mojé mi mano con mi saliva para después mojar su coño y meter mi polla en su húmedo, caliente e irritado coño, la penetré y ella se revolvía inquieta, había estado muy caliente y tanto orgasmo empezaba a ser un horror soportarlo… pero aguantaría por terminar la sesión lo que pudiera y sino diría la temida palabra. Fue penetrada hasta que dejó de serlo porque John paró y le quitó el plug con cuidado, pero con más lubricante la folló por detrás, a cuatro patas hasta que él acabó, sacó su polla ardiendo y se la dio de comer a ella para que limpiara de semen su polla y la dejara reluciente. La dejó sola en la habitación para que se relajara, y tranquilamente recuperase el aliento.

Autor: Bluetitadine29 Categoría: BDSM

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Las chicas rollizas del gym - 2° parte

2019-08-27


Las dos mujeres, frustradas y enardecidas, luchan con un instintivo y salvaje ardor. Y ambas, se empujaron, con las manos en la cintura y los pechos pegándose por el sudor de sus cuerpos. El combate era muy parejo y tanto una como la otra siseaban al sentir los espolones clavándose en sus areolas. Rocío pareció tomar la delantera, pero Marisa contraatacó y la hizo retroceder un paso. La mujer de cabellos enrulados tambaleó y se agarró de la cintura de su némesis para evitar la caída, pero no pudo evitar que su espalda diera contra uno de los casilleros y ambas gruñeran por el impacto. La dama de cabellos castaños la tomó de idéntica manera y ambas, como impulsadas por el instinto, comenzaron a mover los hombros para que sus grandes pechos se golpearan de lado a lado. De derecha a izquierda y viceversa. Tras casi cinco minutos de cruentos intercambios, las lágrimas no paraban de saltarse en ambas y, cansada y adolorida, Marisa abrazó a su contendiente en un intento por imponerse. El vaivén de sus cuerpos las hizo tambalear nuevamente y por un momento parecieron estar bailando en el medio del vestuario, hasta que ambas dieron con sus hombros contra uno de los casilleros, estrujándose mutuamente en un abrazo de oso, con las frentes pegadas y los ojos clavándose millones de lanzas invisibles. Los alientos se mezclaron y ambas sintieron una oleada de asco unida a un desconocido hormigueo que las recorría por dentro. Marisa sintió que el dolor la quemaba por dentro y sus pechos estallarían de un momento a otro y estrujó a su rival, así como le tironeó del cabello a la altura de la espalda, para hacerla arquear y tratar de empujarla. Rocío chilló de dolor al sentir el tirón, que le devolvió en el acto y, así como los gordos pechos de ambas se aplastaban juntos, sus barbillas se tocaron y les provocaron hondos escalofríos. _Soltame, hija de puta! O te dejo pelada! _protestó la mujer de cabellos castaños, con los pezones doblándose dolorosa y deliciosamente contra los de su enemiga. _Soltame vos, yegua. ¿Mis tetas son mucho para las tuyas? La provocación tuvo como respuesta un nuevo tirón de cabello y una escupida que dio de lleno en los carnosos labios de Rocío, quien se retorció con asco y la devolvió. Ambas gimieron y sus rostros se contrajeron en una mueca de desagrado para apretar las nalgas de la oponente con una mano y con la otra repetir el tirón de cabellos y la escupida. Se insultaron y se maldijeron sin dejar de tambalear y sin que su abrazo se debilitara. Finalmente, Marisa trastabilló y quedó aplastada contra uno de los casilleros, con Rocío empujándola y atacando sus pechos sin piedad. Una y otra gruñían con cada nuevo embate y la mujer de cabellos castaños era quien llevaba la peor parte, por lo que, desesperada, soltó la cabellera de su rival y apretó su entrepierna, sintiendo la humedad y calor del lycra en la palma de la mano. Rocío siseó y se estremeció, aflojando la presa levemente, lo cual le dio la oportunidad a Marisa para empujarla con los pechos y ganar terreno. La réplica no se hizo esperar y ambas rollizas guerreras se aferraron mutuamente del cabello con una mano, mientras con la mano libre masajeaban la entrepierna enemiga, buscando debilitarla. Sus rostros volvieron a encararse y cada una pudo respirar el aliento de la otra. Los escalofríos y el golpeteo de sus pechos sudorosos y adoloridos las estaba llevando a umbrales desconocidos. Rocío le clavó la mirada en los ojos, llenos de odio. Se sentía sucia y humillada al estar casi desnudas, en tan íntimo contacto, metiéndose mano y ahora, como movidas por un instinto morboso, cada una había logrado colar la mano entre el lycra y la mata de vello púbico de su némesis, temblorosas, para penetrarse con los dedos y buscar un desequilibrio en su empatado duelo. Marisa experimentaba sensaciones similares y sus ojos claros se clavaron en los oscuros de Rocío sin disminuir la velocidad en el movimiento de sus dedos, mientras se sentía taladrada por los ataques de su odiada enemiga. Ninguna de ellas había sentido atracción por otra mujer. Pero esto era diferente. Era una lucha y en la guerra cualquier recurso es válido. Aún si tenían que sufrir la humillación de sentir los pechos desnudos de su odiada némesis contra los propios, o el asqueroso toqueteo al que se estaban sometiendo. Rocío pareció atinar el delicado botoncillo de placer de Marisa, quien jadeó y se tambaleó al doblársele las rodillas. El vaivén entre sus cuerpos y la vacilación la colocaron nuevamente con la espalda contra el casillero. Rocío aprovechó para golpearla con sus pechos y aumentar la velocidad de sus dedos. Sus narices se tocaron y los insultos que se prodigaron casi pusieron sus labios en contacto. Cada una se estremeció y sintió asco, pero fue la morena de cabellos negros quien escupió primero en la boca abierta y jadeante de su oponente, quien se atragantó y la insultó al devolvérsela, acompañada de un tirón de cabellos. Marisa agregó un segundo dedo y fue la mujer de ojos oscuros quien sintió debilitarse sus piernas y retrocedió, intentando evitar la caída, para ser aplastada contra el casillero. La mujer de cabellos castaños sintió que la sangre le hervía y su cuerpo parecía comenzar a traicionarla. No paraba de temblar y había cruzado el punto sin retorno. Los dedos de su rival la estaban volviendo loca y tuvo miedo de ser derrotada y humillada. Pero, apretó los dientes e intentó aguantar al sentir la humedad y palpitaciones en el sexo rival. _¿Estás disfrutando esto, tortillera? _siseó la mujer de negros cabellos. _No tanto como vos... puta.... _Cuando te...mmm... derrote... me vas a...chupar la....argolla...._jadeó entrecortadamente, sintiendo que el final se aproximaba. _Ah....vos mmmmmee....la vas...mmm a chupar.... tor...tillera...calentona... _gimió en un susurro enronquecido por la excitación _¡TE ODIO, HIJA DE PUTA! _gritó Rocío y le dio un tirón de cabello para arquearla hacia atrás y morderle la barbilla. _¡YO TE ODIO MÁS, YEGUA! _chilló Marisa al sentir la mordida y los dedos que taladraban su entrepierna. Pero, los pezones clavándose en las areolas y el peso de sus grandes pechos aplastándose entre sí, más el sudor y el aroma a hembras, sumado a los indecentes ataques mutuos en las entrepiernas fueron mucho para la mujer de negros cabellos, quien comenzó a temblar y abrió la boca, dejándose caer contra el casillero mientras sentía que un poderoso orgasmo la recorría de pies a cabeza. _NOOOOOO HIJA DE PUTA!!!!!!!! _chilló mientras se desbordaba a mares contra la mano de su enemiga. _Siiii! ¿Quién es la mejor? _jadeó Marisa, eufórica por su victoria y le dio un tirón de cabellos para escupirle en la boca abierta y aullante. Rocío tosió con la escupida y negó con la cabeza sin detener su ataque y fue Marisa quien aulló de placer, temblorosa y ambas se fundieron en un torpe abrazo para caer y rodar juntas, fuertemente estrechadas mientras las lágrimas liberadoras regaban sus mejillas. Durante casi dos minutos se revolcaron hacia uno y otro lado mientras se unían en un llanto histérico para, una vez liberada la tensión, quedarse quietas y lamerse las lágrimas, para enredar las lenguas en un rápido y vicioso latigazo que antecedió a un beso francés que pareció prolongarse durante una eternidad. Cuando regresaron a la realidad, se separaron como si estuvieran agarradas a una brasa y cada una se puso de pie, lentamente. Marisa había vencido, pero fue la primera en cubrirse los desnudos pechos, con los brazos cruzados, cohibida. Rocío hizo lo propio y no pudieron evitar sentir que las mejillas ardían de rubor al advertir el lamparón que habían dejado en sus entrepiernas. _Dale, hija de puta. Apurate con la ducha, que me tengo que ir. _protestó Rocío. _¿Estás apurada? ¡Vení, yegua! _la invitó Marisa, quien había colgado la toalla y se metía bajo el chorro de agua caliente con el jabón en la mano y el shampoo sobre el borde de la pared más pequeña. Los ojos oscuros de la derrotada la miraron buscando cualquier atisbo de burla, pero la vencedora repitió la invitación y, tras un instante de duda, Rocío se acercó. Marisa levantó las manos en son de paz y ambas sonrieron para abrazarse bajo la ducha. Temblorosas, y algo cohibidas, descansaron la cabeza sobre el hombro de la otra, mientras las manos acariciaban las espaldas y sus pechos, otrora en combate, parecían saludarse. Ambas rivales parecieron estremecerse al sentirse nuevamente, con los pezones en contraste que se doblaban juntos y los turgentes orbes aplastándose juntas deliciosa y dolorosamente. Las manos de ambas acariciaron las espaldas con suavidad para posarse con firmeza en las nalgas de la enemiga y estrujarlas mientras no dejaban de restregarse como gatitas mimosas y enredaban las lenguas fuera de sus bocas, jadeantes y abiertas. Rocío tomó la nuca de Marisa y acercó su rostro aún más para morderle el labio inferior con suavidad haciéndola gemir quedamente y estremecerse. La mujer de cabello castaño atrapó el suyo superior y lo succionó, devolviéndole la gentileza y ambas se enredaron en un vicioso y lascivo intercambio de besos y caricias, en silencio, mirándose a los ojos con hambre y algo desconocido. Rocío sintió que las piernas le temblaban y le latía el coño, al igual que a su enemiga, por lo que, fuera de sí, apoyó la palma en la mata húmeda y comenzó una deliciosa y suave fricción que no tardó en tener su réplica y ambas se unieron en un concierto de suspiros, jadeos y gemidos, con los labios fundidos y los dedos acariciando sus delicados botoncillos de placer. _No pares, gorda hija de puta.... Cogeme.... _jadeó Marisa entre besos húmedos y suspiros. _MMM síiii, cerda...Dame más.... _replicó Rocío de igual manera, con mordiscos y jadeos. _MMmmm Sos una hija de putaaaaa!!! _Chilló la mujer de cabellos castaños al sentir que veía las estrellas y las piernas comenzaban a debilitarse. _Aahhhh..mmm Yegua mal parida.... Noooo! _Jadeó temblorosa la hermosa Rocío, corriéndose casi al mismo tiempo que su némesis, empujando el coño contra la mano lasciva que la había llevado al paroxismo del placer. Diez minutos había pasado enjabonándose en silencio, entre caricias, tiernos besos y mordiscos, mientras intercambiaban encendidas miradas con las pulsaciones aceleradas. _Chicas... Por favor, que tenemos que cerrar. _Se asomó la recepcionista, ajena a lo que estaba ocurriendo. Las rollizas mujeres del gym se separaron, como si regresaran a la realidad de una manera incómoda y se secaron separadas, para vestirse sin atrever a mirarse. Rocío se puso el jogging con el que había llegado y se dirigió hacia la puerta, casi al mismo tiempo que Marisa, quien sonrió torpemente cuando coincidieron. Antes de abrir, la mujer de negros cabellos extendió la mano, a modo de saludo y susurró. _Fue intenso... Por cierto... Me llamo Rocío. La hermosa y franca sonrisa que le dedicó pareció sorprender a su rival, quien le estrechó la mano y respondió, también con un susurro. _Encantada. Soy Marisa. Ambas se miraron a los ojos por un segundo y fundir sus labios en un beso de agradecimiento. Minutos más tarde, cuando la recepcionista regresó para reclamarles que debían retirarse, Marisa abrió su bolso y le dio su tarjeta, ante la sorprendida mirada de su acompañante. _Creo que podríamos ir de compras para reponer los lycra que nos rompimos. Rocío sonrió y la abrazó, para sentir nuevamente sus pechos y sus barrigas tocarse y susurró. _¿Te quedaste con ganas, mal cogida? _Le guiñó el ojo. _Me quedé con ganas, pero gracias a vos ya no estoy mal cogida. _Le devolvió el gesto y se mordió el labio, con gesto intencionado y tímido a la vez, mientras el rubor subía a sus mejillas. _Yo también... Te llamo y nos vemos mañana... Nos debemos una revancha. _Te voy a dejar seca, gorda... _Ni lo sueñes, ballena... Al llegar a la esquina, cada una había agendado el número de la otra y habían quedado para la tarde del sábado en la puerta del shopping. La luna llena parecía bendecirlas con una mirada cómplice, como la que intercambiaron cuando se saludaron con un beso en la mejilla, torciendo la boca para casi tocarse la comisura de los labios y partir en direcciones opuestas, con el corazón latiendo aceleradamente y un hormigueo interno que las recorría en lo que prometía ser el inicio de una gran amistad.

Autor: julieta76 Categoría: Sexo Lésbico

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Fantasía de un rapto - BDSM

2019-08-27


María, termina de trabajar tranquilamente, agotada mentalmente y lo único que quiere es llegar a casa para descansar, si eso, chatear un poco, ponerse cachonda, masturbarse e irse a la cama desfogada; y en esos pensamientos anda y va al parking a coger su coche, no es muy tarde pero sorpresivamente no hay un alma por la calle, lo que por un lado le sorprende por otro no le quita el sueño. Sólo quiere llegar a su coche e irse a su casa. Cuando está a punto de entrar al mismo, sin saber de dónde ni porqué aparece un chico enmascarado, alto con chaqueta de cuero que se abalanza sobre ella y le tapa la boca con un pañuelo para que no grite, le pone algo duro contra la espalda, y le dice al oído que como grita se va a enterar; pero no le da tiempo a responder porque el pañuelo estaba impregnado de cloroformo lo que hace poco a poco pierda fuerzas y se desvanezca y pierda la consciencia. Cuando vuelve en sí, está desnuda, encima de una mesa de madera, atada de pies y manos a merced de cualquier loco. Mira a su lado derecho y ve una cruz de san juan, y a su izquierda una jaula abierta y vacía. Al levantar la cabeza ve una cama con más ataduras y espejos varios alrededor y encima… detrás suya no puede ver nada pero presiente que el loco que busca está ahí, mirándola y esperando a que se recupere del desvanecimiento. Le gustaría gritar, pero no puede, no porque no quiera ni tenga fuerzas, no, es porque el chico le ha amordazado la boca con una bola maciza que con unas correas de cuero rodean su cara y le presionan la bola contra su boca, sólo puede generar ruidos pero leves por ese obstáculo que tiene. Nada puede hacer, sólo esperar y que nada malo le suceda, aunque intuye que algo va a pasarla… quien sabe si en esos muchos sueños sexuales que ha tenido y deseado alguno se va a cumplir, sólo espera eso, que sus fantasías se cumplan en la forma que ella quiera y no en la que otro desea. Finalmente, cuando más desconcertada está, el chico aparece y le habla, le dice que sí, está en una posición de desventaja, que va a sufrir un poco pero que también va a sentir placer y que probablemente ella sienta más placer que el que él va a obtener de todo ello… que se relaje porque nada puede hacer y que disfrute en la medida de lo posible. “Lo primero que voy a hacer es ponerte unas pinzas en los pezones y con las cadenas que cuelgan del techo sujetarte dichas pinzas, poco a poco iré tirando de las cadenas desde el otro lado de la habitación y así hacer que tus tetas y pezones se estiren un poco, para que sientas un poco de presión a la par que ardor en tus delicados y puntiagudos pezones”. De esta forma, el chico se acerca a ella, pero ella no puede reconocerle ni por voz, ni por cara; ésta última imposible ya que el chico está enmascarado y no es posible reconocerle. Lleva un chaleco y una camisa a cuadros. De pantalones lleva unos vaqueros y unas botas. Parece un secuestrador de película. Una vez frente a ella, el chico le masajea los senos y le pellizca los pezones, lo que hace que un escalofrío recorra toda su espalda, una mezcla de vergüenza, placer y miedo, una mezcla de necesidad y pavor, una mezcla de… dios mío no pares. Y eso pasó, que masajeó, pellizcó y unas pinzas metálicas aprisionaron su pezones erectos; y una vez atados a las cadenas empezó a subirlos, lo que hizo que un pizca de dolor surgiera e hizo que se le arqueara la espalda para evitar ese dolor… Él lo disfrutó y al final relazó la tensión de las cadenas, permitiendo a María reposar la espalda contra la mesa, él, no obstante, como contraposición le dijo que le permitiría descansar la espalda pero que le iba a castigar por ello. Así, dicho eso cogió más pinzas y se las puso en los labios vaginales. Ella creía que iba a ser horroroso y por el contrario, aun sin sentir placer, no sintió dolor, era una sensación extraña pero al menos no dolorosa. “Vaya, que raro, estás húmeda… parece que no está siendo tan malo esto de tenerte aquí atada”. ¿Cómo podía ser que estando en una situación así pudiera estar húmeda? ¿Este grado de indefensión y sumisión forzosa le estaba gustando a María? Ella, por un lado, se ruborizaba sólo de pensarlo, pues lo que en un principio fue miedo, al darse cuenta que él estaba siendo cuidadoso con ella, le generó cierto grado de confianza permitiéndola sentir la incesante necesidad de ver hasta donde ella podría llegar, incluso correrse de placer, algo que empezó a entender que sería posible porque su cuerpo había empezado a mojarse sin que ella le hubiera dado permiso ni deseo. “Voy a ser malo contigo”. Ella se temió lo peor, y así fue, el chico empezó a hacerla cosquillas por todo el cuerpo, lo que hizo que ella se convulsionara porque a cada movimiento los pezones se estiraban y le generaban un dolor agudo hasta el punto que ambas pinzas se desengacharon de aquellos y lo que fue dolor, en un segundo se convirtió en ardor y poco a poco fue desapareciendo para que ella sólo pudiera centrarse en el cosquilleo constante que el chico hacía sobre ella ya que no paraba y con sus dedos recorría todo su cuerpo en busca de eso, hacer sufrir a su inquietante mujer atada… axilas, senos, tripa, pubis, muslos y pies… ella estaba extasiada y jadeante por el esfuerzo y retorcimientos de cuerpo que había tenido, y él satisfecho por un lado, pero por otro desilusionado. “Me he reído contigo jeje, pero me ha desilusionado que te hayas quitado las pinzas de los pezones; eso se merece un castigo que luego te aplicaré, ya que ahora no puedo”. Un castigo! Pero si yo no he hecho nada, has sido tú, cerdo! Pensó ella pues no se atrevió a decirlo por si hubiera sido para ella. Por un minuto, el chico salió de la escena y volvió con un gran vibrador. Éste, sorpresivamente encajaba entre lados dos piernas de María, lo ajustó a la mesa por la parte de atrás, y el cabezal lo apoyo en la vagina de ella, tocando el clítoris de ésta. No lo puso en marcha aún y volvió a salir de la visión de ella. Al volver, trajo algo más raro, era una especie de mordaza pero distinto a lo que podría pensarse. Le quitó la mordaza que tenía y le puso esta nueva mordaza. Realmente no era una mordaza, su función no era otra que mantener la boca de la chica bien abierta si modo alguno de poder cerrarla, era… o dios mío, servía para poder follarla la boca sin que nada pudiera hacer ¡y ya la tenía puesta! El chico le levantó la cabeza y descorrió parte de la mesa, dejando su cabeza por fuera de la mesa… sin duda alguna, le iba a follar la boca… o al menos eso pensaba ella. ¿Se equivocaría? No tuvo mucho tiempo para pensar sobre ello, porque al segundo ese vibrador que tenía entre sus piernas comenzó a vibrar fuertemente, sacudiendo de su mente cualquier duda, miedo o temor, pues a cada segundo que pasaba un escalofrío placentero comenzaba a nacer y recorrer todo su cuerpo, todo su alma. El chico, por detrás, sin que la viera, tenía su polla fuera de los pantalones, dura, erecta, vibrante, preparada para penetrar su boca… y no esperó. Se acercó, le agarró de la cabeza, tiró hacia atrás y empezó a penetrar. Ella, centrada en esos temblores se sobresaltó por un segundo y después comprendió lo que sucedía. Se dejó hacer, sintió la polla del chico en su paladar, la lengua, su garganta. Notó como era follada, le costaba respirar pero aguantó con una cerda a la par que sentía como un orgasmo le llegaba y llenaba dentro de sí, un orgasmo que no tardó en aparecer y que a pesar de la extrema sensibilidad que le provocaba en sus partes sexuales tuvo que aguantar a otros más porque aquel vibrador infernal no dejaba de funcionar… y mientras, la polla de él seguía penetrándola… ella gemía de placer y gritaba en lo que podía con ese miembro viril dentro de su garganta. Tosía y él paraba para dejarla respirar pero una vez se recuperaba el continuaba hasta que finalmente se corrió en su garganta y que ella no pudo más que tragar. Un sufrimiento lleno de placer ya que tras el quinto orgasmo suplicó que parara y el chico le concedió tal deseo… dejándola tranquila por unos instantes para que saboreara el semen de su compañero y se recuperara de su quinto y dulce orgasmo. El chico le quitó la mordaza, lo que ella agradeció eternamente ya que sentía que su mandíbula empezaba a dormírsele. También le quitó las ataduras de los pies y le quitó las pinzas que tenía en los labios vaginales. Le quitó el vibrador y del techo, de donde colgaban las cadenas de las pinzas bajó una cuerda con ataduras perfectas para atar las manos de ella. Dicho y hecho, le quitó las ataduras que mantenían a María atada a la mesa y le obligó a subirlas por encima de la cabeza para atarlas a esa cuerda o soga del techo. Una vez atadas, le hizo levantarse de la mesa y quedar de pie, atada de manos al techo. El chico movió la mesa y dejó a María, desnuda y muy húmeda en medio de la habitación; como no, a merced de él. “¿Recuerdas que te dije que te castigaría? Pues vamos a ello ahora mismo”. El chico sacó de la nada un látigo y una vara, se puso detrás de ella y con la vara empezó a darle en las nalgas, primero a una y después a la otra. Fue intercalando vara y mano y le pidió a ella que según le diera le contara con que intensidad o dolor percibía ella que estaba dándola. Del 1 al 10 debía decir, el 1 para menos intensidad y el 10 para más intensidad y dolor. Así estuvieron un rato, las más suaves le producían una sensación interesante, no placer, pero tampoco dolor, en cambio cuanto mayor era la intensidad, mayor la picazón e incluso dolor, cuando llegó a un nivel de 8 el chico le dijo que como tuviera que castigarla en extremo acudiría a ese nivel para que rectificara sus humos y ahí comprendió lo cruel que él también podría ser con ella. Finalmente dejó la vara a un lado y se puso frente a ella y con el látigo se ensañó con su busto, unos pezones aún erectos y enrojecidos por la presión anterior. Ella temía lo peor con el látigo, pero para su sorpresa, los latigazos que recibió no eran dolorosos, a cada latigazo que recibía mayor era el sonido provocado pero ningún dolor aparecía, recibir aquellos latigazos le generaban un extraño placer dentro de su sexo, de su coño acalorado, dispuesto para más. Y así fue como el chico le dio latigazos en el busto, pezones, tripa y le hizo abrir las piernas para recibir latigazos en su coño chorreante… porque bien se notaba que le provocaba placer, ver como se mordía los labios con sus dientes era indicativo de ello; pero para confirmarlo, con sus propias manos tocó su coño y efectivamente estaba muy mojado. Le agarró del cuello con una mano, mientras que con la otra la masturbaba duramente; con esa mano masturbadora le dio a probar a ella su propios flujos que relamió y saboreó, saboreó y lubricó y una vez bien lubricados fueron para dentro de su coño, los introdujo, no uno ni dos, sino tres y cuantos pudo meter hasta que ella se estremeció y se corrió una vez más… estaba agotada, ya no quería más pero no podía hacer nada. Tenía los brazos entumecidos, necesitaba descansar. El chico lo vio y la desató… la obligó a sentarse mientras él traía un potro. Cuando lo puso a su lado la obligó a ponerse en él, a cuatro patas y nuevamente la ató. Su torso podía descansar en el potro, incluso la cabeza si quería. Ella estaba como en trance, había empezado a perder la noción del tiempo, de los orgasmos, del placer. No sabía si estaba más en sueño o en la realidad… en ello andaba metida cuando sobre sus nalgas empezaron a recorrer unos hilillos de lubricante; un lubricante que empezó a bajar entre sus nalgas y que finalmente tocaron su ano cerrado, un ano que el chico ya se encargó de lubricar muy bien y comenzar su dilatación con el dedo, fue metiendo uno y luego un segundo dedo con más lubricante hasta que finalmente introdujo una joya anal de aluminio, reluciente que previamente había dado a probar a María y que había relamido con gracia y morbosidad. Lo había probado pero no había querido mirar que era, ahora supo para qué era. Allí quedó la joya anal puesta, mientras el chico volvió a sacarse la polla y embistió a la chica por el coño, dilatado, húmedo e irritado…no tenía claro si habría un séptimo orgasmo, pero allí estaba él follándola a cuatro patas. Ella gemía en una mezcla de placer y dolor, y de su coño brotaban fluidos femeninos como nunca antes, mezcla de su propia corrida y fluidos naturales lubricantes de ella. A cada embestida ella soltaba un gritito y él, cuando quiso le quitó la joya anal para meter su polla hasta que llegó su extasis y se corrió. Ella había cumplido, así que la desató del potro, la llevó a una bañera que allí había y la metió. El baño era de agua caliente, sales de baño. La lavó cuidadosamente, la dejó relajarse un poco para después sacarla, secarla y meterla en la cama. La dio un masaje relajante y la dejó descansar. Había sido una zorra buena. Dormía plácidamente, con una sonrisa de oreja a oreja.

Autor: Bluetitadine29 Categoría: BDSM

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Las chicas rollizas del gym - 1° parte

2019-08-27


Una mujer solitaria deciden apuntarse a un gym para salir de la rutina. Lo que no sabía era que alguien con las mismas frustraciones estaría allí buscando una excusa para descargarse. Rocío era una rolliza mujer que rondaba los cuarenta. Tenía cabellos negros enrulados, ojos oscuros, nariz redonda y labios carnosos y sensuales. A pesar de un leve sobrepeso, sus facciones conservaban cierta belleza que le quitaban años. Hacía dos años que se había separado y desde ese entonces no había tenido sexo. Los hombres que conocía la tomaban como amiga, pero nunca se interesaban por ella. Por ello, decidió apuntarse a un gym y comenzar con clases de aerobic para ponerse en forma y ver si podía cambiar la situación. Marisa tenía casi la misma edad y también hacía dos años que no tenía relaciones. Llevaba el cabello castaño enmarañado, ojos claros y un par de labios carnosos que parecían estar sonriendo permanentemente. Frustrada, por ser la amiga de todos los hombres con los que se cruzaba, se anotó en el mismo gimnasio y comenzó a asistir semanalmente. Tanto Rocío como Marisa eran heterosexuales y nunca habían tenido fantasías con otra mujer. Tanto la instructora, como la mayoría de las alumnas, tenían figuras que ambas envidiaban y parecían no sufrir el castigo del arduo entrenamiento. Para peor, tanto una como la otra notaban las miradas socarronas, como burlándose de sus kilitos de más. Aunque la profesora las alentaba y había personalizado a cada una, ellas sentían que eran dejadas de lado cuando proponían hacer reunión de chicas. Y para peor, había una tensión tácita cuando sus miradas se cruzaban a través del espejo. Sus cuerpos eran parecidos, con anchas caderas, gruesos muslos y opulentos pechos que se mantenían erguidos gracias a la presión de los corpiños reforzados. Ambas llevaban zapatillas deportivas y medias blancas, calzas oscuras y leotardos. Azul para Rocío y verde para Marisa. Ninguna podía explicar el por qué de tanta aversión, pero cada vez que advertían la llegada de la otra, sus rostros adoptaban una expresión agria. Ese viernes de otoño Rocío había tenido un mal día en la oficina y necesitaba descargar tensiones. Por eso, se estaba esforzando más que nunca con los ejercicios de spinning cuando advirtió la llegada de Marisa, quien se disculpó por llegar tarde e hizo un saludo general para acomodarse en un rincón y unirse al resto de la clase. A ese ejercicio le siguieron algunos estiramientos, abdominales y rutinas de glúteos. Para cuando la clase terminó, las dos rollizas mujeres estaban empapadas en sudor y casi ahogadas. Rocío compró una bebida para hidratarse y se quedó haciendo tiempo para poder ducharse en soledad, sin que nadie la mirara cuando se desvistiera. Sentía pudor al mostrar su cuerpo desnudo. Poco a poco las chicas se fueron retirando y, cuando la profesora la saludó y le deseó buen fin de semana, comprobó que era la última y entró en el vestuario. Abrió su casillero y se sorprendió con la entrada de Marisa. Le lanzó una mirada llena de fastidio, que fue devuelta con la misma mala leche. _¿Qué mirás? ¿Te gusto? _la provocó Rocío, ya cansada de su presencia. _Vos sos la que me mira todo el tiempo, tarada. _respondió Marisa, de mala manera. _Calmate, estúpida. _advirtió con los dientes apretados. _Calmate vos, pelotuda. _replicó de igual manera. Rocío se adelantó con actitud desafiante y Marisa hizo lo propio. _Cerrá el orto, conchuda. _siseó. _Cerralo vos, hija de puta. Por toda respuesta, Rocío le dio una bofetada que le hizo girar el rostro y dejó los dedos marcados. Furiosa, Marisa se la devolvió con idéntico resultado y ambas se agarraron de los cabellos con ambas manos, tironeando con todas sus fuerzas, mientras se insultaban, completamente furiosas. La mujer de cabellos castaños soltó una de sus manos y revoleó una sonora bofetada, que no tardó en recibir su réplica y ambas se enzarzaron en un violento intercambio de cachetadas y tirones de cabello mientras tambaleaban de un lado a otro del vestuario, golpéandose con los fríos casilleros metálicos. Rocío perdió el equilibrio y se agarró del escote de su rival en un intento por evitar caer, pero no pudo evitarlo y el leotardo se desgarró dejando el corpiño negro a la vista, que apenas podía contener los inmensos pechos de Marisa. Al sentir el lycra desgarrándose, estalló de ira y comenzó a tironear de la prenda de su enemiga, mientras ambas se revolcaban en el suelo, con las piernas enredadas, mientras con una mano retomaron los tirones de cabello y con la otra desgarraron sus prendas. _¡Hija de puta! ¡Me vas a pagar la malla, yegua! _protestó la mujer de negros cabellos mientras tironeaba con todas sus fuerzas, acompañada por el siseo de la tela al desgarrarse. Marisa sintió un escalofrío cuando su espalda semidesnuda dio contra la puerta de uno de los fríos casilleros y, desesperada tras recibir algunas bofetadas, empujó con los pies a su rival, que golpeó en la otra fila de lockers. Como movidas por un resorte, ambas se levantaron echando chispas por los ojos, con los leotardos rasgados que caían a la altura de sus cinturas, dejando ver sus opulentos pechos cubiertos por minúsculos corpiños. Negro el de Marisa y azul el de Rocío. _¡Te voy a matar, hija de puta! _siseó la mujer de cabellos enrulados y colocó las uñas en posición de garras. _¡Vení, puta! ¡Te voy a dejar pelada, yegua! _espetó su rival, imitando su pose y, al igual que ella, lanzándose al ataque. El primer zarpazo de ambas dejó su huella en el rostro de cada contendiente mientras la otra mano buscaba el cabello rival para tironear con vehemencia. La violenta danza se reinició en el silencioso vestuario mientras ambas intercambiaron cruentas bofetadas y arñazos que cubrieron sus pechos y rostros. La mano derecha de Marisa se aferró al azul bra de su rival y tiró con todas sus fuerzas para caer sentada sobre un banco en cuanto se rompió y dejó libres los gordos encantos de su némesis, quien rugió de ira y se arrojó contra ella, cayendo las dos al suelo con un gran impacto, enmarañandas. Rocío logró imponerse y su vientre aplastaba al de su oponente, mientras sus manos revoleaban todo tipo de cachetadas y arañazos, al igual que su presa, que se debatía febrilmente, en un intento por liberarse y el contacto entre sus cuerpos semidesnudos comenzó a producirles escalofríos. Los pezones parecieron arañarse mutuamente y los pechos se aplastaron y golpearon con cada movimiento de una y otra. Marisa estrujó los pezones de la mujer de negros cabellos, que aulló de dolor y apretó los dientes para luego arrancarle el corpiño y equiparar la situación. Ambas, comenzaron un ardiente forcejeo donde sus vientres se unían al feudo y se empujaban, mientras rodaban de un lado a otro con las uñas clavándose en los grandes y enhiestos pezones. _¡Soltame, hija de puta! _chilló Marisa cuando su rival logró imponerse encima suya. _¡Pedí perdón, hija de puta! _aulló Rocío y ninguna dejó de retorcer los pezones enemigos. La mujer de castaños cabellos arqueó la espalda y se sacudió intentando liberarse. El roce entre sus vientres les produjo escalofríos y ambas entrecerraron los ojos. El forcejeo continuó y, finalmente, tras varios intentos, Marisa logró desmontar a su rival y retomaron el ruedo de un lado a otro, con una mano retorciendo un pezón y la otra repartiendo cruentas bofetadas que sacudían sus bellos y marcados rostros. La mujer de cabellos castaños logró la posición superior y le sacudió un par de bofetadas que la hicieron gruñir. Rocío arqueó la espalda en un desesperado intento por desmontarla y sus entrepiernas volvieron a sentirse bajo el húmedo lycra, provocándoles un gran escalofrío. El forcejeo prolongó la fricción entre sus entrepiernas, una luchando por liberarse y la otra por mantener su presa. Cada una experimentó desconocidos temblores y un hormigueo de electricidad que la recorrió por dentro. No obstante, la mujer de negros cabellos apoyó la planta de los pies y arqueó aún más la espalda para desmontar a su rival, quien cayó a su costado y ambas rodaron como buscando poner distancia. Cada una apoyó la espalda contra los fríos casilleros y se miraron, enfrentadas, con odio mientras cada una se masajeaba los pechos, adoloridos, y las lágrimas silenciosas caían por sus mejillas. _¡Te voy a matar, gorda hija de puta! _siseó Rocío con voz temblorosa mientras se ponía de pie. _¡Seguí soñando, hija de puta! _replicó Marisa, de igual manera y ambas se contemplaron, sudorosas, con las mallas rasgadas y colgando a la altura de la cintura. Los pechos al aire se balanceaban al compás de sus respiraciones agitadas y las rosadas marcas dejaban testimonio de los arañazos que se habían prodigado. Los pezones morenos de Rocío y los rosados de Marisa estaban firmes y se apuntaban mutuamente. Al advertirlo, las dos rivales se ruborizaron y tuvieron un escalofrío. _¡Estoy harta de vos y de tus tetas caídas, foca! _espetó la mujer de negros cabellos mientras le lanzaba una mirada cargada de odio. _¡Cerda envidiosa! ¡Las tuyas estarán caídas! _replicó y avanzó un paso. _¡No me hagas reír, conchuda! ¡No tenés con qué compararte! _¿Querés ver? _la mujer de cabellos castaños siseó entre dientes y tomó sus pechos, como si los estuviera pesando y preparando para enfrentarlos. Rocío la imitó y ambas se acercaron lentamente sin dejar de mirarse a los ojos con odio y en forma intimidante. Cuando sus enhiestos pezones se tocaron, ambas suspiraron y se estremecieron y fue la mujer de negros cabellos quien se llevó las manos a la cintura y espetó: _Sin manos, hija de puta. _Teta a teta, foca.

Autor: julieta76 Categoría: Sexo Lésbico

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El miercoels pasado....

2019-08-27


Buenas! Hace tiempo que no publico ninguna Historia, hace tanto tiempo, que incluso, en la anterior, aún tenía pareja y compartia con ella este perfil, ahora, estoy soltero y vuelve a ser mío... :-P Quería compartir con [email protected] [email protected] [email protected] de Xhamster lo que me sucedió el miercoles pasado. Aún sigo sin creermelo, fue de película... En estos momentos prometo que me acuerdo de aquello y me muero de risa, pero en aquel momento, símplemente, noté como mis testiculos hacian de pajarita en la garganta :-P Todo empezó el miercoles por la mañana durante la jornada laboral, me encontraba en la oficina realizando informes de vulnerabilidades y me acordé que por la tarde tenía que llevar a un amigo a rehabilitación, pues tiene la pierna rota y me ofrecí para ayudarle durante la semana pasada (pues sus padres se habian ido de vacaciones y como amigo de toda la vida, vecino, y casi hermano para mi; no me costaba nada acercarle al médico y reocgerle). Aproveché para coger el teléfono y escribir a una amiga, que casualmente, vivia muy cerca de donde tenía que llevar a mi amigo. La conté los planes que tenía por la tarde, y que tendría que recoger a mi colega 1h y media después de dejarle, a lo que la pregunté si la apetecía quedar; sin dudarlo un segundo respondió que sí. Ya me entraron todos los calores en la oficina a las 11h, mientras, quedaba todo el día por delante en la oficina, hasta vernos a las 18:30 como habíamos quedado. El miercoels pasado.... Al llegar las 18:30, la escribí que estaba aparcado, preguntando el piso por el cual debeía llamar en el telefonillo. Respondió rauda, tal y como me dirigí hacia el portal, y con la misma decisión y velocidad, pulsé el botón del telefonillo. Respondió una voz femeninda, con un toque sensual, ampliamente morboso y picantón; sin preguntar ni nada, me dió paso y pude abrir la puerta, sólo quedaba subir y llegar al piso. Se acercaba el momento de vernos, cada segundo que faltaba se hacia un mundo, tenía muchas ganas de lo que iba a pasar, sobre todo, después de estar todo el día caliente en la oficina... Subí las escaleras del portal lo más rápido posible andando (no queria que se notase que tenía muchas ganas de follar y pareciese ansioso); y al llegar al piso indicado, me dirige a la puerta, en disposición de llamar. Antes de llamar a la puerta indicada, ésta se abrió. Asomaban por el hueco entre el marco y la puerta la cabeza de 2 perros, ambas caras de intriga por quien llegaba. Sin perder un segundo, y sin abrir la puerta más de lo necesario, entré en la casa para que los perros no se escapasen, y, nada más cerrar la puerta, con mi mano derecha agarré su tremendo culazo y la traje hacia mí, para comerla la boca y saludar como era debido. Literalmente, cogi su nalga al desnudo, no llevaba puesto más que una camiseta de tirantes, sin nada debajo. No fui consciente de ello hasta que saqué mi lengua de su boca. De lo cachondo que iba, no me habia fijado en que prácticamente iba desnuda. Me cogió la mano y me llevó directo hacia su habitación. Al entrar en su cuarto, cerró la puerta para que los perros no pudiesen entrar y m*****ar. También, me advirtió que a las 19:30 llegaría su padre, por lo que debíamos darnos prisa para que no nos pillase. Al parecer, no tiene buena relacón con su padre, y yo tampoco quería causar m*****ias ni empeorar dicha relación, por lo que recibí el mensaje y me puse raudo a morderla el cuello y a tocar suavemente con mi mano izquierda su coño, el cual, rápidamente empezo a mojarse. Me separé lo justo para desnudarme e igualar las condiciones sobre el campo de batalla, una cama de 1,40m de ancho que ocupaba la mayor parte de la habitación; me tumbé junto a ella y seguí comiendola la boca mientras en este caso, con mi mano derecha, empezaba a introducir un par de dedos en su coño. Ella agarró mi pene bien erecto con su mano derecha, y dando sacudidad como podía, pues con mi mano izquierda la tenía agarrando sus 2 antebrazos, me intentaba masturbar. Empezó a ponerse babosia mi polla, indicando que era el momento de pasar a follarme su boca. Cogi su cabeza con mi mano detecha y la bajé hacia mi polla, sin parar hasta notar como más de media polla se le había introducido en la boca. Notaba la humedad de la saliva impregnar y mezclarse en su boca con mi liquido preseminal que expulsaba, humedeciendo y calentando más y más mi polla dentro de su boca. Agarrandola del pelo, empecé a mover su cabeza arriba y abajo para realizarme una felación manejada, pero de lo cachondo que estaba, y como me suele pasar, no se esperar y dejarme dar placer lentamente, me gusta ser rudo, y empecé a follarle la boca, quería y necesitaba sentir como esa boquita se tragaba la polla como lo haría su coño unos minutos más adelante.... Seguí follandola la boca durante un buen rato, sólo pare cuando la provoqué que se atragantase por 3ª vez, ese era el momento indicado para enfundarse un condon y pasar a follar el coño (que no se atraganta :-P). Se puso boca arriba, con las piernas bien abiertas, el coño super mojado y pidiendo a gritos que le metiese la polla entera sin miramientos, que fuese de primeras, sin ir despacio; dicho y hecho. Puse la cabeza del pene enfundada en el condon en la puerta del coño, e introduje violentamente todo el miembro hasta tocar con mis huevos en la puerta de su culo, traspasando piel con piel su humedad desde los labios vaginales hacia mi bolsa escrotal, cayendo por mis huevos y humedeciendolos. Seguimos un rato en esa misma postura, introduciendo y sacando todo el miembro en cada embestida que la daba, con mi mano izquierda rodeando su cuello y mi mano derecha agarrandola los 2 antebrazos, sólo pare cuando me pidió que la follase como una perra, a 4 patitas (MI POSICIÓN FAVORITA :-P). El miercoels pasado.... 2 La puse a 4 patas y le puse la cabeza de la polla en el agujero del culo, le azote un par de empujoncitos modo embestida, llamando a la puerta mientras con la mano derecha le azotaba esas pedazo de nalgas que tiene, dejando mi mano marcada en ambas de los azotes (justo como a ella le gusta). Apunté mi polla al coño, y sin que se lo esperase, la volví a ensartar toda la polla entera, hasta que notó como mis huevos la daban en su clitoris y rebotaban, la dejé la polla entera metida unos instantes mientras la agarraba por detrás de su espalda las 2 muñecas con mi mano izquierda, me posicionaba cómodo para poder embestirla duramente y poder azotarla el culo con mi mano derecha. La folle por detrás empezando a 4 patas, pero terminó caida hacia delante con un cogin debajo de su pelvis y medio cuerpo fuera de la cama, sujeta por las muñecas mientras la agarraba con mi mano izquierda; y agarrada del pelo con mi mano derecha, impidiendo que se fuese hacia delante, y teniendo todo el control sobre su voluntad en esa postura. Quiso ponerse encima y cabalgarme, no la iba a decir que no. Que me cabalguen como buenas Vaqueras me encanta! Es algo que no se puede rechazar! Sobre todo, porque a la vez que montan, me encanta meter un dedo en el culo, controlar el movimiento agarrando su culo y dandome embestidas clavando violentamente toda mi polla hasta el fono de su coño, o por poder ponerme a embestir desde abajo a la vez que cabalga; lo siento pero soy un potro rebelde, cuesta domarme :-P El miercoels pasado.... 3 La dejé cabalgarme un rato, hasta que la agarré de las nalgas y empecé a darme embestidas en cada bajada, la subida era suave, justo hasta notar como la punta de la polla era lo único que quedaba dentro del coño, y otra véz introducía la polla entera hasta lo más profundo de su coño. Así seguimos un buen rato hasta que ella empezo a realizar contracciones internas con su coño, apretando y soltando mi polla en cada cabalgada. Era un masaje tremendo de su coño a mi polla, como rozaba y apretaba el glande, haciendo que se pusiera más y más duro; calentandome como una moto, hasta que me puse a embestir yo también, con sus contrascciones internas y cabalgadas, hasta llegar al climax que sólo ella sabe conseguir apretando de semejante forma mi polla por dentro, ME ORDEÑO EN EL CONDON, CON TODA LA POLLA DENTRO; APRETANDOLA CON MÁS Y MÁS CONTRACCIONES INTERNAS. Estuve durante casi 2 minutos en la sensación del orgasmo, dandome espasmos por los músculos de todo el cuerpo del placer, y termiando con los dedos de los pies apretados como unas gárgolas (no se porqué pero cuando me corro de esta forma, tan heavy, con tanto placer, se me quedan los dedos de los apretados y contraidos; creo que de los espasmos y la liberación de tensión durante el orgasmo). Cuando empezó a perder sangre el pene, lo saqué de su coño antes de que se quedase el condón con la corrida dentro de ella, estaba todo el condon rebosante de semen debido al tremendo polvazo que habiamos tenido, me lo quité, y le hace un nudo, tirándolo a la basura. El miercoels pasado.... 4 Justo nada más quitarme el condon y tirarlo a la basura, se escuchó un ruido en la casa; eran las 19:20 y su padre estaba al caer, pero... ¿Sería su pare quien habia hecho el ruido en casa? Yo por si acaso, me dispuse raudo a vestirme, sin perder un segundo. Me puse los calzoncillos y los pantalones del trabajo, color crema, de tipo chinos, sin abrocharme el cinturón porque debia vestirme rápidamente por si debía salir corriendo de la casa. Me enfundé los zapatos rápidamente y cogí el teléfono móvi, guardándolo en el bolsillo. En esto que entró mi amiga en su cuarto y me avisó de que no había sido su padre, que habían sido los perros. Uff pensé... una falsa alarma, ya no tocaba salir corriendo y podría vestirme tranquilamente y despedirme en condiciones. Pero nada más lejos de la realidad y de mi deseo, ahora sí, se escuchó la puerta de la casa abrirse y una voz masculina de edad adulta saludando. El ruido de antes habían sido los perros avisando que se acercaba su padre, debían haberlo olido al entrar al portal, pues entre uno y otro ruido transcurrieron como mucho 90 segundos; con la diferencia, de que esta vez si era su padre. Yo seguía con el pantalon sin abrochar, los zapatos en las mismas condiciones, sin camiseta, y el movil en el bolsillo. Mi amiga me pidió que me escondiese y no hiciese ruido (como el tipico argumento circunstancial de una pelicula de tipo comedia-romantica de hoy en día las cuales odio), y me pregunté, ¿Dónde puedo esconderme en este cuarto que prácticamente es la cama? Me fijé en el color de las sabanas de la cama, en un pequeño hueco de unos 30 cm de ancho detrás entre ella y la pared, y decidí esconderme de forma camaleónica detrás de la cama, con las sabanas, aprovechando en que tenian el mismo color que mis pantalones y zapatos. Salte la camá y me tiré al pequeño hueco que había entre cama y pared, y me dispuse a ponerme la camiseta. Todo parecía ir bien, no tenía porque hacer ruido en ese escondite, y si el padre entraba en el cuarto, no me vería; parecia perfecto, pero como en toda pelicula de tipo comedia-romántica, suelen menter un giro a la trama como una llamada de teléfono inoportuna de alguien que nunca llama, y que casualmente, estando escondida la persona, tiene el teléfono con sonido y no consigue apagarlo o silenciarlo. Pues como si de una película se tratase, ahi me encontraba yo, tirado escondido como un camaleon detrás de la cama de mi amiga, a medio vestir, intentando ponerme la camiseta y que su padre no se enterase de que estaba en su casa, en silencio y sin hacer ruido; sonó mi teléfono movil, era mi tia llamando desde la playa. Pensaba que lo tenía en silencio, pero estaba equivocado. Intenté sacarlo del bolsillo y cancelar la llamada, pero tenia las manos sudando y no detectaba la pantalla tactil mi dedo. El teléfono seguía sonando y finalmente, conseguí desbloquearlo metiendo la contraseña y poder ponerlo en silencio mientras mi tia seguía llamando. En ese momento me di cuenta de que me había tocado el papel que siempre habia pensado era de pringado, por no haber apagado el telefono en ese caso para evitar el problema, siempre pensando que yo lo habría apagado en tal caso; pues la vida me demostró que no era el caso. Al final conseguí silenciar la llamada y el telefono por completo apagándolo. Me puse la camiseta como pude en ese miniespacio que ocupaba como escondite para salvar mi cabeza, y en cuanto entró mi amiga al cuarto, me dijo que saliese del escondite y me atase los zapatos, que su padre no se había enterado de nada. La hice caso y salí del escondite, me até los zapatos, me coloqué la camiseta que vestía de forma correcta, y cogí el resto de mis cosas. Ella salió del cuarto para ver donde estaba su padre en la casa, quedandome a la espera de recibir la señal por la cual podría huir de la casa sin que el padre me pillase. Silencioso y listo para la huida, tembloroso de la adrenalina del momento, miré la hora, no eran las 19:30 y su padre estaba en casa, yo debía salir de ahi antes de 30 minutos pues tenía que recoger a mi colega de la rehabilitación, pero 2 minutos después, entro mi amiga y me dió luz verde. Me abrió la puerta de su cuarto diciendole a su padre que estaba en medio de una videollamada, que la terminaba y se acercaba a hablar con él. Sali detrás de ella como un ninja, andando con las puntas de los pies para no hacer ruido, siguiendola hacia la puerta de la calle, la cual auguraba mi libertad. Sin para media milesima de segundo, abrió la puerta y salí de la casa sin poder despedirme, corriendo escaleras abajo por si el padre escuchaba cerrarse la puerta y salía de la casa. En cuanto alcancé el piso bajo y salí del portal, pude respirar tranquilo. Estaba en la calle, había conseguido escapar de la casa sin ser detectado. Como si de un espía se tratase, o del argumento una película de serie B de trama comedia-romántica de las que ponen los fines de semana en televisión a la hora de la siesta. Aún tenía 20 minutos hasta recoger a mi colega del médico, estaba con la adrenalina del momento, y no paraba de reirme por la situación vivida. No asimilaba que me acabase de pasar lo que siempre sale y se ve en las películas, la realidad superaba la ficción. Decidí dirigirme a una tienda a comprar una botella de agua bien fresquita para reponer líquidos e hidratarme con el calor que hacía. Me rule un cigarro, y me dirigí al coche que tenía aparcado en la puerta del médico una vez me hube fumado el cigarro de después ;-P. Me senté en el coche con música y el aire acondicionado esperando a que saliese mi colega de la sesión, bebiendo un poco del agua que acababa de comprar. No llegué a escuchar 2 canciones y ya asomaba mi colega saliendo con las muletas por la puerta, con una sonrisa en la cara, señal de que la sesión de rehabilitación había ido mejor de lo esperado. Arranqué el coche y pare justo a su lado, abriendole la puerta e invitandole a montar. En cuanto se abroochó el cinturón, apagué la música, y emprendimos el camino de vuelta a casa con una conversación que nunca olvidaremos ninguno de los dos. Y esto, fue lo que me sucedió el miércoles pasado! HISTORIA REAL!!!! Sergio.

Autor: womq Categoría: Fetichismo

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El perro de mi amiga

2019-08-27


Mi amiga me dejo a cargo de su perro y no pude resistir el deseo de ser cogida por el. ¡Hola! Una disculpa a quienes me siguen por tardar tanto en escribir pero el trabajo me tiene ocupada; bien esta vez les contare una de las que me tenía guardadas ya que en uno de mis relatos en un comentario se me sugirió hacer lo que ha sido mi relato anterior y ahora este sin saber que ya lo había hecho (Así que ojala y leas este, tal como el anterior) así pues vamos a empezar con lo que les interesa. En el diciembre anterior una amiga que vive a unos quince minutos de mi casa planeo unas vacaciones, fue a la playa con su novio que es con quien ella está en esa casa, pero, su perro un pitbull llamado Káiser no era bienvenido en el hotel en el que se hospedarían, ella fue consciente de eso desde un inicio y tenía planeado encargármelo ya que sabe que soy buena cuidando perros (Aunque no sabe qué tan buena) y el perro me conoce más sin embargo no me lo dijo hasta que prácticamente ya estaba a punto de vacacionar, supongo que para que no pudiera negarme…aunque siendo honesta ya me lo había imaginado montándome una o dos veces y esta era la oportunidad perfecta para intentarlo, no le habría dicho que no aunque me hubiese avisado con tiempo. Ese mismo día en el que me lo encargo empezó su viaje en el que estarían fuera por poco más de una semana, mientras yo tenía a mi cuidado a dos perros en dos diferentes casas y lo único que tenía que hacer con Káiser era alimentarlo, limpiar lo suyo, jugar con él y pasearlo si tenía tiempo, él se ocuparía de cuidar la casa de sus dueños. Como dije antes ya lo había imaginado haciéndome suya y es que es un perro que realmente me parece precioso es de un color muy oscuro, casi negro, con una mancha blanca en su pecho, de ojos grises, corpulento y un poco más grande y alto que la mayoría de pitbulls que he visto por lo cual es natural que a alguien de mis gustos le llamara la atención. A diferencia de Max que no tuvo hembras antes de mí, Káiser ya había estado con más de una perra por lo que no tendría que enseñarle a montar a una como lo soy yo ni tendría los mismos inconvenientes que tuve al inicio con Max (Más o menos). “¿Entonces?, ¿Me animo o no?...es el perro de tu amiga, una cosa es cogerte al tuyo y otra a uno ajeno” era uno de mis pensamientos más recurrentes mis primeros dos días a cargo del pitbull pues sabía que lo deseaba pero una especie de moralidad por llamarlo así me impidió hacer algo, hasta que al tercer día de camino a la casa de Káiser pensé “Bueno, mínimo con que le jale la verga para quitarme la tentación” así pues al llegar primero hice lo que debía para tras terminar y dejarlo comer acercármele mientras estaba recostado diciéndole “Voy a hacer algo que te va a gustar, tu quédate quieto y disfruta”. Entonces agarre su verga a lo que el extrañado acerco su hocico y comenzó a lamer mi mano la cual recorría de arriba abajo su pene que poco a poco se iba endureciendo y descubriéndose mostrando su hermoso color carmesí, después que quedo totalmente fuera le dije “Ahí está ahora hay que sacarle el jugo” por lo que no tarde en hacerle una chaqueta moviendo mi mano rápidamente mientras con la otra tocaba su nudo a la vez que Káiser se limitaba a gozar moviendo su pata hasta que por fin aventó la leche, un poco cayo en mi parpado izquierdo pero la mayoría en mi nariz y labios para mi deleite pues no dude en saborearla y mientras lo hacía le dije “Que rica y calientita leche a ver si luego me das más” después de eso en esa casa ya no tenía nada que hacer así que me limpie la cara para después irme. Mientras me dirigía a mi casa no paraba de pensar en lo ocurrido y lo mucho que me excito incluso mis pezones se endurecieron y me moje un poco las pantis a lo cual tan solo entre Max no tardo en oler a su perra en celo, se me acerco y bruscamente puso su hocico en mi entrepierna para olfatear su premio y yo le dije “Tu mami está caliente por andar de puta, ¡Métesela por perra! enseguida me puse en cuclillas a su costado jalándole el pito rápidamente mientras le decía “¡Vamos mi amor ponte duro! Te quiero adentro” supongo fueron mis feromonas y mi buen movimiento de muñeca lo que hizo que no tardara en pararse su pene para lo cual yo respondí bajándome el pantalón y rápidamente poniéndome en cuatro para mi macho. Max no se la pensó dos veces y monto lo que le pertenece, me sostuvo fuertemente de la cintura mientras me introducía su verga y comenzaba a castigarme por puta y yo no hacía más que gemir y decirle “¡¡¡¡Ahhhhh!!!! Eso dámela toda recuérdame que soy tuya” mientras con una mano agarraba su bola y hacia un movimiento similar al que hago al masturbarlo pues yo estaba bien caliente y lo que quería era que me diera ahora el su leche, “Ándale mi amor llena a tu mami de leche” le dije cuando sentí su verga palpitar y sus primeros chorros de semen para después resignarme a gemir y gritar excitada mientras se vaciaba en mí. Esa vez no quedamos pegados pues lo hice acabar rápido y sostuve su bola afuera ya que realmente solo quería que fuera un rápidin para bajarme lo cachonda que me había dejado Káiser…pobre Max esa vez solo lo utilice. El resto de la semana me debatía en si dejarme coger por Káiser o solo limitarme a jalar su hermoso miembro ya que continúe haciéndolo después de acabar con lo que se me encargo, tanto que incluso se acostumbró un poco llegando a recibirme con la punta del pene afuera y chillándome un poco lo cual me hizo recordar a mi querido Max; “Ok vamos a hacerte gozar pequeño” le dije antes de proceder con su chaqueta de aquel día. Por aquel entonces yo tenía dos días de descanso por semana (Sábado y Domingo) a diferencia de hoy día (Solo Domingo) y el sábado se lo dedique enteramente a Max pues tenía remordimiento por no haberla pasado con él, pero si había andado de zorra con su rival aunque solo fueran unas jaladitas de verga nada más. Aun así seguía indecisa sobre si dejarlo cogerme o no y ya sé que quizá este sonando repetitiva al respecto pero realmente no estaba segura de hacerlo por alguna razón, por eso solo lo masturbaba ni siquiera había querido chupársela porque sabía que al hacerlo eso probablemente iba a conducir a otra cosa. El domingo temprano me encontraba desayunando mientras Max estaba al lado mío y lo observe algo agotado como de costumbre tras un día de pasión, al terminar mi desayuno me acerque a él con planes ricos y obviamente no se negó a su mami por lo cual yo se la jale hasta sacarla de su funda para luego empezar a mamársela, mientras saboreaba su verga recorriéndola con mi lengua y haciéndola llegar hasta mi garganta pensé en Káiser, luego cerré los ojos e imagine que el afortunado era el pitbull “Que rica verga Káiser, quiero tomarme tus mecos, dámelos” pensaba mientras hacía que Max acabara en mi boca y yo me tragaba todo el delicioso premio. Entonces mientras aun saboreaba la leche de mi perro decidí que tenía que hacerlo, ¡Me tenía que dejar coger por el perro de mi amiga! Ya no podía negarme a mis impulsos de perrita, quería que ese perro me hiciera su hembra de una buena vez así pues aun con el sabor de la leche de Max en mis labios fui a casa de mi amiga a darle una buena perra ya bien aprobada a su perro. “¡Káiser ven! Hoy te toca” le dije poco después de entrar y enseguida el me recibió como ya se había hecho ligeramente costumbre, con la punta del pito afuera y le dije “Mmm que rico, bien que sabes quién te consiente” entonces lo lleve a la sala que es donde más espacio tiene esa casa y el quiso recostarse, alistándose para su chaqueta, pero no lo deje e hice que se mantuviera parado mientras se la sacaba toda y lo acariciaba del lomo hasta que en efecto, salió su rojo pene listo para ser mamado. Mi lengua recorrió mis labios en un gesto de lujuria y luego le dije “Vamos a ver qué tal sabe tu verga mi amor” así que empecé recorriendo su grumosa punta con mi lengua saboreando cada parte, mientras poco a poco rodeaba el tronco sintiendo palpitar su delicioso miembro para luego llevarlo hasta mi garganta forzándolo a entrar hasta escucharme atragantarme con su gran verga. No seguí mucho puesto que ya comenzaba a aventar su lechita y esta vez la quería dentro de mí. Cuando por fin me la saque de la boca note como el jadeaba con esa expresión de los perros que parece una sonrisa mientras su trozo tenia espasmos y aventaba lubricante a lo cual yo mencione “Ya estás listo verdad; ahora si vas a tener una hembra de verdad, no se la vas a querer ni sacar” y entones me levante para quitarme toda la ropa que tuviera quedando desnuda para él, lo cual no hizo ni que se inmutara. Estaba excitado claramente pero a diferencia de Max el no veía mi cuerpo desnudo y se activaba era obvio el porqué, aun así por un breve momento no supe que hacer y luego recordé que mi pastor alemán tampoco se mostraba interesado al verme desnuda cuando incursione en la zoofilia. Así que enseguida me puse a dedearme pasando mis dedos rápidamente por el clítoris y con la otra mano meterme un par de dedos para estimularme y que mis olores le hicieran verme como una perra dispuesta a aparearse. De esa manera Káiser se libró de toda duda, lo que tenía en frente era una potencial perra lista para ser montada así pues busco mi retaguardia y comenzó a brincotear en busca de mi puchita y ahí note la diferencia entre mi pastor primerizo y el pitbull ya calado mínimo con las de su especie. Hice que me diera un poco de espacio y me puse en cuatro abriéndome un poco más de piernas pues Káiser es algo más bajo que Max, encorvando mi espalda y preparándome para la ensartada; así fue el modo que el pitbull no titubeo al ver a esa perrita enfrente ya más que dispuesta a ser montada y paso a subirse para sin mucho rodeo comenzar con lo suyo. Él no se aferró a mi cintura solo puso sus patas al costado y suavemente empezó a empujar hasta que se aseguró que no iba a salir su verga en pleno apareamiento y entonces me demostró su fuerza “¡¡¡Ahhh así, así sigue!!!” le grite mientras me embestía con todo lo que tenía haciendo mi puchita tronar con cada empuje y después le dije “Que rico mmmm…me gusta así de fuerte” y es que no pienso negar que me dio más fuerte que Max aunque este último es más rudo. Siguió cuanto pudo manteniendo un ritmo rápido y con unos vergazos penetrantes los cuales los sentia llegar hasta el fondo luego su bola entro como si nada y después dio unos cuantos empujones aún más duros los cuales me hicieron quedar en el suelo, el me llenaba de su néctar mientras me rasguñaba con sus patas traseras y yo no tenía palabras solo gemía sintiendo sus chorros y luego se dio la vuelta e intento zafarse pero lo detuve para que no me lastimara y así quedamos pegados con la clásica imagen de dos perros pegados que ya todos conocerán. Después de despegarnos yo me limpie y vestí para hacer lo que debía y Káiser se fue a un rincón agotado y yo le dije “Ojala me la vuelvas a meter otro día” día que hasta ahora no ha llegado y quién sabe si lo haga. Sinceramente Káiser no está ni de cerca al nivel que esta Max pese a ser más fuerte al embestirme, aunque es algo que se arreglaría con practica (Así quizá se le acerque a Max) pero no podemos practicar por evidentes razones; pero bueno eso sería todo solo cabe mencionar que mi amiga volvió ese mismo día en la noche por lo cual decidí no dejarme agarrar más veces ya que no sabía a qué hora volvería y como curiosidad mis dos amantes se conocieron una vez y no se agradaron mucho que digamos…me pregunto porque. Esta vez me extendí un poco más de lo normal pero había mucho que relatar y explicar, espero les haya gustado y déjenme en los comentarios que les pareció y sus sugerencias ¡Bye!

Autor: Paty Categoría: Zoofilia

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El Fruto del Incesto: Malditas Uvas - parte 3

2019-08-27


Capítulo 03. Afición Me encontraba desnuda, sentada al borde de la cama, frente a mi hijo, sosteniendo su gran pene entre mis manos. Esta situación podría malinterpretarse si alguien entrara en mi habitación en ese preciso momento; pero la verdad era que sólo nos estábamos ayudando mutuamente. Mi hijo se vio obligado a auxiliarme cuando yo, por idiota, metí uvas dentro de mi vagina; de las cuáles apenas habíamos conseguido sacar una. Él tenía dudas sobre la simetría de sus testículos, yo solamente intentaba ayudarlo con ese asunto. Levanté la vista y me encontré con los ojos de Fabián, en sus pupilas vi algo que no me agradó en absoluto, se trataba de ese extraño brillo que producían cuando algo no andaba bien... para ser más precisa, en estos casos sus ojos reflejaban cierto estado mental que se asociaba con la obsesión. Muchas pequeñas obsesiones habían invadido a mi hijo a lo largo de su vida; tal vez la mayoría escapaban de mi vista. No era un asunto grave, pero a veces me preocupaba. Solía ponerse nervioso cuando ciertos objetos de la casa eran cambiados de lugar; o cuando imperceptibles arrugas o manchas, que tan solo él era capaz de ver, aparecían por arte de magia en su ropa. Incluso notaba esa clase de obsesión cuando se encontraba fascinado por algún tema en particular. Por ejemplo aquella vez en la que se obsesionó bastante con un libro de problemas de ingenio y matemáticas. Quería resolverlo completo a toda costa, aunque algunos ejercicios eran verdaderamente difíciles. Estuvo m*****ándome a mí y a su hermana con ese asunto, hasta que un día tiré el libro a la basura; no aguantábamos más quedar como idiotas al no poder responder esos malditos problemas. Presioné un poco los testículos con mis manos, cerciorándome de que no había una diferencia perceptible de tamaño. —¿Viste? Son de tamaños diferentes —dijo, con una obsesiva convicción. —No vayamos por ese lado, Fabián —intenté persuadirlo. —Pero en serio, mamá... yo los noto diferentes... —Fabián, te digo que están bien... hasta las mujeres tenemos una teta más grande que la otra. A veces se nota más, otras veces menos; pero el cuerpo no tiene por qué ser simétrico. No tiene nada de malo. —Puede ser... pero... Enmudeció repentinamente. Mis masajes estaban haciendo efecto en su masculinidad. Me quedé idiotizada mirando como su miembro crecía y se elevaba. Mantuve el tenue movimiento de mis dedos. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que tuve un pene entre mis manos que me sentía como una primeriza en el mundo del sexo; el corazón me vibraba como si fuera la primera vez que tocaba uno. —Aparentemente te funciona todo bien —le dije, con una sonrisa. Debía esforzarme para alejar esas ideas absurdas que atacaban su cabeza. —Perdón, es que… no sé por qué se puso así. —Porque es normal que se te ponga dura si alguien te la toca... hasta con una revisión del doctor te puede pasar. Creeme, he ido al ginecólogo y se me ha humedecido la vagina en las revisiones. Pasé cada papelón… me mojo toda, apenas me tocan. Por eso me da tanta vergüenza ir al médico. Sin querer mis uñas rozaron la parte baja de sus testículos, esto debió producirle una espontánea ola de placer. Su verga se puso tiesa de golpe, dando un salto, como si fuera una criatura lista para atacar. Quedé boquiabierta, el pene, en toda su dimensión, era realmente imponente. Su hinchado glande quedó tan cerca de mi nariz que pude olfatear ese añorado perfume a hombre. Mi vagina, que aparentemente había olvidado a quién pertenecía ese miembro, se hizo agua al instante. Con mi mano libre le di una suave caricia al largo tronco. Me pregunté qué sentiría una mujer al ser penetrada por algo tan grande. ¿Alguna vez una mujer había probado el pene de mi hijo? De ser así, era posible que ella se hubiera sentido asustada, por el imponente tamaño. Pero yo, que en secreto disfrutaba de penetrarme con objetos de buen tamaño, sentí un repentino deseo de tener una verga como esa dentro la concha. Ahí fue cuando me arrepentí y lo solté. Me avergoncé de mí misma, no importaba cuánto tiempo hubiera pasado desde la última vez que toqué un pene, no era excusa para hacerlo con el de mi hijo. —Mejor sigamos con las uvas —le dije—. Quiero que terminemos con esto lo antes posible. —Está bien, pero probemos de otra forma. —¿Cuál? —Date la vuelta y ponete de rodillas. No podía creer que mi propio hijo me estuviera pidiendo eso, sin embargo debía ser consciente de que no lo hacía con mala intencion; era para ayudarme con un problema. Accedí y me puse en posición de perrito, en el centro de la cama. Me sentí incluso más vulnerable que antes. Más sabiendo que mi hijo estaba desnudo de la cintura para abajo, y tenía una potente erección. Fabián se puso de rodillas a mi lado y, sin darme tiempo a prepararme, hincó dos de sus dedos en mi mojada vagina. Gemí cuando entraron completos, pero creo que mi hijo no lo notó. Estiré un brazo, agarré una almohada, la puse frente a mí y apoyé mi cabeza en ella; luego separé un poco más mis piernas. Sabía muy bien que de esta forma quedaba grotescamente expuesta, pero también le permitiría a Fabián introducir los dedos con mayor comodidad. Me abrumaba el incesante movimiento los dedos dentro de mi intimidad femenina y me impresionaba la forma en la que esta se dilataba. Fabián retiró los dedos, pero repentinamente volvió a clavarlos completos, con fuerza. No pude contener un potente gemido ante la penetración. Una intensa oleada de placer me recorrió el cuerpo; pero también debía admitir que me había dolido. Eso me permitió disimular mi reacción. —¡Auch! ¡Cuidado Fabián! —Me quejé, sin parecer muy enojada. —¡Fue sin querer! —Está bien, agradezco mucho tu ayuda; pero tené un poquito más de cuidado, es una zona muy sensible —dije, intentando estabilizar mi respiración. En el interior de mi vagina aún quedaban leves reflejos de esa repentina penetración. Tuve que luchar contra la absurda tentación de acariciarme el clítoris. Por lo general, si me encontraba en esta posición ante un hombre, mi primer impulso era masturbarme; para estar bien lubricada y lista para la penetración. Pero era la primera vez en la que me encontraba en esta posición y no recibiría sexo a cambio. Fabián retiró sus dedos una vez más, pero no se apartó. Al contrario, lo sentí aún más cerca. Algo largo y rígido se apoyó contra una de mis nalgas, no me llevó mucho tiempo darme cuenta de que se trataba de la verga de mi hijo. Me puse muy nerviosa, pero no me moví de mi lugar. Mi traicionera imaginación me llevó a pensar cómo debería ser la perspectiva de Fabián. Quitando el hecho de que yo era su madre, él debía estar viendo a una mujer caderona, entrada en carnes, de gruesos muslos, con las nalgas bien abiertas, la concha completamente mojada y dilatada. No hay que olvidarse del culo. Temía que ese orificio también hubiera quedado dilatado luego de meter el desodorante; pero ya no podía hacer nada para cambiar eso, ya estábamos allí y suspender todo por culpa de mis preocupaciones, sería ridículo. Y sí, a quién quería engañar, mi culo debía estar bien abierto. Me había clavado el desodorante sin ningún tipo de piedad. Con lo detallista que era Fabián, ya debería haber notado que su madre estuvo metiéndose algo por el culo. No tenía sentido intentar disimular. Con mis manos separé mis nalgas, con esto la dilatación del agujero de mi culo se haría más evidente. Era como si le estuviera diciendo a mi hijo: “Sí, me metí el desodorante por el orto. Además de hacerme la paja, también me gusta meterme cosas por el culo”. Esperaba que esto me ahorrase tener que dar explicaciones al respecto. Él lo sabría, pero también podía ser discreto con el asunto. Estaba humillada y expuesta ante mi propio hijo, y por alguna razón había algo agradable, casi adictivo, en mostrarme de esa manera. Era como presentar mi cara oculta, esa puta amante del sexo anal que habita en mí. Casi podía decir que disfrutaba al estar en esa posición, mostrando a otra persona mis agujeros dilatados; como si los ofreciera, aguardando una penetración. —Dale, Fabián… meteme los dedos —dije, casi suplicando—. Sino no vamos a terminar más. Él me acarició la concha, como si quisiera desparramar mis juegos por todas partes, y luego metió dos dedos tan hondo como le fue posible. Volví a gemir. Podía sentir la presión de su pene erecto contra una de mis nalgas. Intenté no moverme, supuse que si apartaba Fabián podría ofenderse, al fin y al cabo no era su culpa tener una erección. ¿Qué importaba si se le paraba la verga? Al fin y al cabo era un chico sano, joven y que estaba atravesando por un momento muy particular. Me estaba ayudando con un problema en el cual nunca debí meterlo; la culpa era mía y no de él. Era mi responsabilidad hacerlo sentir cómodo. Separé un poco más las piernas, él estaba de rodillas entre ellas, bastante cerca de mí, con la verga cruzando en diagonal una de mis nalgas Mientras mi hijo me colaba los dedos, y mi calentura aumentaba, se me ocurrió pensar en cómo sería Fabián en la cama, con una mujer. Debería haber sorprendido a más de una, quizá una compañera de la facultad que quisiera pagarle algún favor al cerebrito de la clase, y se topara con semejante verga. No podía más con la curiosidad y tuve que preguntarlo. —Fabián ¿Vos tenés novia? —¿Eh? —La pregunta pareció tomarlo por sorpresa, ya que dejó los dedos quietos en el interior de mi concha. —Si tenés novia... o tuviste alguna; porque nunca me contaste... —Será porque nunca tuve. —¿Nunca? ¿Ni una sola? —Imaginaba esa respuesta. —No. —Eso quiere decir que... nunca estuviste con una mujer. —Así es. ¿Hay algo de malo en eso? —Noté cierta incomodidad en su voz. —No, para nada. No tiene nada de malo, hijo. Todavía sos un chico joven y seguramente ya llegará la indicada. La vas a hacer muy feliz, creeme. —Lamenté haber dicho eso, esperaba que él no se diera cuenta de que estaba haciendo referencia al tamaño de su verga. —Eso espero. Me ponen un poco nervioso las mujeres. —¿Y a quién no? Incluso a mí me ponen nerviosas. —¿En qué sentido? —Preguntó, mientras volvía al ritmo habitual del mete y saca; mi vagina volvió a gozar las constantes oleadas de placer. —Es que las mujeres solemos ser muy competitivas. Cuando yo tenía tu edad y me gustaba un chico, siempre tenía miedo de que alguna de mis amigas intentara acostarse con él. Nunca sabía qué intenciones tenían. —Eso me pasa a mí, nunca sé qué intenciones tienen las mujeres. A veces parecen demasiado amigables y otras veces intentan alejarte. —Si alguna chica intenta alejarte es porque todavía no te conoció bien. “No conoce el pedazo que tenés”, pensé. —Supongo —dijo, con resignación. Sentí un poco de pena por él, era un buen chico y no merecía sufrir; pero yo no podía salir a la calle a buscarle una novia. Intenté dejar el tema atrás y volver a preocuparme por esas malditas uvas. —Creo que vamos a tener que probar de otra forma —le dije, apartándome. —No se me ocurre nada. Me puse de rodillas en la cama y me quedé pensando. Mis ojos fueron atraídos por el erecto y venoso miembro de mi hijo. Curiosamente ya no me sentía tan avergonzada como al principio. Súbitamente llegué a la conclusión de que, al tener mi cuerpo en posición vertical, la gravedad podría ayudar a que las uvas bajaran. Separé una pierna y apoyé la planta del pie sobre la cama, manteniendo la otra rodilla hincada en el colchón. —A ver si esto ayuda un poco —dije. Fabián me miró intrigado durante unos segundos, pero luego se colocó justo frente a mí; quedamos cara a cara. Apenada bajé la cabeza, para no tener que mirarlo a los ojos. Él movió tímidamente los dedos por fuera de mi vagina, esto me produjo tanto placer que mi rostro se convirtió en la mueca sorda de un gemido. Introdujo una vez más sus dedos, él debía inclinarse un poco para hacer esto. La punta de su verga quedó contra mi muslo izquierdo. Sus dedos me ponían intranquila, se movían con demasiada ligereza dentro de mi vagina y su mano ocasionalmente me rozaba el clítoris. «Es lógico que te calientes, Carmen—me decía una y otra vez—. No importa quién te toque, no dejan de ser dedos dentro de tu vagina». Tenía la sensación de que sus dedos estaban yendo más profundo en mi interior. Se hincaban de a dos y se movían dentro, deleitándome con rítmico baile circular. El dorso de mi mano rozó el tibio y suave glande mi hijo, debería haberme apartado ante el más mínimo contacto; sin embargo no lo hice. La muñeca de Fabián comenzó a moverse, sus dedos entraron y salieron de mi vagina a mayor velocidad de la que hubiera preferido. Mi traviesa mano se movió por sí sola y cuando me di cuenta ya estaba pasando suavemente las uñas a lo largo de esa verga erecta. —No sé de dónde la sacaste tan grande. —Ni siquiera yo podía creer que esas palabras hubieran salido de mi propia boca—. Tu padre no la tenía así, para nada. —¿No? Siempre creí que sí. —Respondió Fabián con una sorprendente calma. —Para nada... la de él era tamaño medio, tirando a pequeña. Las yemas de mis dedos acariciaron la tersa piel que cubría ese duro falo, desde la base, donde terminaba el espeso vello púbico, hasta el glande. —Creo que hubiéramos sido más felices juntos si la hubiera tenido así... —me quedé muda durante un segundo—. Perdoname hijo, estoy muy nerviosa y no sé qué estoy diciendo. —Sí, lo noto. Creo que por eso las uvas no bajan. Al estar tan nerviosa se quedan apretadas dentro. —Creo que sí... ya lo había pensado, pero no sé qué hacer. —Me parece que estamos encarando mal la situación —«Como si quedaran dudas de eso», pensé—. Tal vez lo único que hay que hacer es relajarte. —¿Y cómo pensás hacer eso? Sabés que no tomo calmantes, no me gustan. —Podrías acostarte, cerrar los ojos un rato... ya sabés, relajarte. —No soy muy buena para esas cosas —admití. —Puedo intentar hacerte un masaje en la espalda ¿eso ayudaría? —Sí, me vendrían muy bien unos masajes —le sonreí maternalmente. Me gustó esa idea porque no implicaba ser penetrada por los gruesos dedos de mi hijo. Me acosté boca abajo en la cama, estirando todo mi cuerpo y apoyé la cabeza en una almohada. Fabián se colocó de rodillas a mi lado y me regaló unas cuantas caricias dulces, capaces de calmar una fiera. Luego comenzó a hincar sus dedos en los tensos músculos de mi espalda. —Uf, esto sí me gusta —aseguré. —No hables, vos hacé todo lo posible por relajarte. —Está bien... y gracias. Sus manos llegaron hasta mi cuello, donde no se detuvieron ni por un segundo. Podía notar como cada músculo se relajaba, dejando atrás esa horrible sensación de pesadez. Habían pasado años desde que alguien me hizo un masaje, mi cuerpo lo necesitaba. De pronto algo tibio se posó en mi cadera, me di cuenta de que Fabián se había acercado más, y su gruesa verga estaba rozándome. No podía decirle nada, al fin y al cabo no era su culpa tener una erección, yo se la había provocado. Como no quería avergonzarlo, me quedé callada. El masaje continuó, pero ya no me estaba relajando tanto al sentir su virilidad frotándose levemente contra mi cuerpo. No sé si él habrá notado esto o simplemente quiso cambiar de posición, pero se apartó de allí y se puso más atrás. Una de sus rodillas quedó hincada entre mis piernas, desde esa posición sus manos podían abarcar más de mi espalda, a lo largo. Sus duros dedos se hundieron en mi suave carne y suspiré por el inmenso alivio que esto me provocaba, tenía que admitir que mi hijo era bastante bueno haciendo masajes. Luego de varios segundos volvió a moverse, pero esta vez me obligó a separar más las piernas. Él se puso justo entre ellas. Sus pesadas manos cayeron sobre mi cintura y presionando con sus palmas, recorrió toda mi espalda desde abajo hasta los hombros. Después hizo el camino inverso, llegando al punto de partida. Repitió este proceso varias veces y me di cuenta de que sus manos, al bajar, avanzaban siempre un poco más hacia mi cola; hasta que en un momento se detuvieron allí, en el centro de mis nalgas. Sentí una leve presión de sus dedos y luego volvió a subir. Cuando regresó hasta mis nalgas me sorprendí al sentir los pulgares acariciando levemente mi ano; no se detuvieron allí, sino que siguieron bajando un poco más hasta que presionaron contra mis ya húmedos labios vaginales. Un quedo suspiro escapó de mi boca. Fabián repitió esto una vez más, fue desde allí hasta mis hombros y luego volvió, acariciando una vez más mi culo y luego mi vagina. Podría haberme quejado, pero esas sutiles caricias me ayudaban mucho a relajarme, aunque al mismo tiempo elevaran mi temperatura corporal... si es que eso aún era posible. Fabián sujetó mis piernas, elevándolas unos centímetros; entendí que su intención era separarlas un poco más, y yo, que estaba considerablemente más relajada, no hice nada para impedírselo. Se movió un poco sobre la cama, para acomodarse mejor, y volvió a masajearme; sólo que esta vez lo hizo comenzando directamente por mi cola. Abrió mis nalgas un poco y sin detenerse llegó hasta mi vulva, presionándola con la yema de sus pulgares. Me la abrió un poco y luego la soltó, sólo para acariciarme el clítoris desde abajo hacia arriba. Sus dedos se movieron rápidamente contra mi zona más erógena, como si me estuviera masturbando. El ritmo de mi respiración se aceleró; no tenía argumentos para quejarme, él ya me la había tocado toda, no podía impedirle que lo hiciera una vez más. Luego introdujo dos dedos, pero éstos no llegaron muy adentro. Los retiró. Me di cuenta de que la posición no favorecía mucho la búsqueda, por lo que se me ocurrió tomar una almohada y colocarla bajo mi vientre; de esta forma mi cola quedaba más arriba. Al acomodarme procuré mantener las piernas bien separadas. Fabián volvió a juguetear con mi clítoris y mis labios vaginales, después metió los dos dedos y esta vez noté cómo se introducían más adentro. A partir de ese momento mi hijo comenzó con una serie de movimientos consecutivos. Con la mano derecha acarició mi espalda y mi cola, al mismo tiempo que con la mano izquierda hurgaba dentro de mi concha; luego estos dedos salían, frotaban y presionaban mi clítoris durante unos segundos y se volvían a meter. Esto se repitió dos veces... tres... cuatro... y a mí cada vez me costaba más controlar mis gemidos que luchaban por manifestarse. Sus dedos se movían tan rápido que superaban por mucho el trabajo que yo misma podía hacer al masturbarme. ¡Me estaba haciendo una paja! ¡Mi hijo me estaba pajeando! Cuando sus dedos salieron una vez más de húmeda caverna lujuriosa, se centraron en mi clítoris, formando pequeños círculos hacia un lado y luego hacia el otro. Pasados unos pocos segundos me di cuenta de que se estaba tomando más tiempo para esto del que se había tomado antes; también noté que lo hacía con más energía y que con su otra mano me apretaba con fuerza una nalga. Mi concha se encargaba de lubricarle los dedos y éstos se movían con gran facilidad contra mi pequeño botoncito. Flexioné levemente una rodilla y creo que esto aumentó la apertura de mis piernas. Mi hijo no se detenía y yo me aferré con fuerza a las sábanas, estrujándolas. Esto no era parte del acuerdo. Estiré mi mano izquierda hacia atrás, con la intención de detenerlo, sin embargo cambié de opinión en cuanto llegué. Fue casi como si mi mano se moviera por voluntad propia. En lugar de apartar la de Fabián, me metí dos dedos en la concha y comencé a moverlos rápidamente de adentro hacia afuera. La sensación fue grandiosa, el placer formado en el epicentro de mi feminidad se esparcía hacia todo mi cuerpo. Tenía ganas de hacerme una paja, y mi calentura era tal que ya no me pude resistir, aunque mi hijo estuviera mirando. Lo único que se escuchaba en la habitación era mi agitada respiración y el húmedo chasquido de mis dedos, sumados a los de Fabián, moviéndose a gran velocidad contra mi húmeda concha. Comencé a menearme lentamente, subiendo y bajando mi pelvis, ya no podía contener los gemidos y éstos escapaban ocasionalmente de mi boca. Saqué los dedos del agujero y abrí mis labios vaginales, como si quisiera mostrarle todo mi sexo a mi hijo, luego deslicé los dedos hacia arriba y acaricié el agujero de mi culo; mojándolo con mis propios flujos vaginales. El cosquilleo fue tan agradable que me dieron ganas de penetrarlo, pero luché por contenerme. Aparté la mano de allí. Fabián también quitó su mano pero fue solo para reemplazarla por la otra. Acarició toda mi concha, desde abajo hacia arriba, luego hizo lo mismo con mi culo. Volvió al clítoris y siguió frotándolo. Llevé mi mano derecha hacia atrás, para volver a colarme los dedos, pero esta vez me llevé una gran sorpresa... tan grande como la verga de mi hijo. Casi automáticamente mis dedos se ciñeron a su pene, el cual estaba completamente rígido. Cuatro dedos frotaban de un lado a otro toda mi concha y yo, perdiendo la compostura, comencé a acariciar y a apretar esa dura verga. Al empujarla hacia abajo la punta de ésta quedó apoyada en ese espacio de separación que hay entre el culo y la vagina. Sin ser del todo consciente de mis actos, sujeté la verga con fuerza y la bajé un poco, provocando que el glande surcara entre mis carnosos labios vaginales y al mismo tiempo se humedeciera con mis jugos. ¡¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que un pene estuvo tan cerca de mi concha?! Sentí que mi vulva se hinchaba ante la presión del glande y los dedos de Fabián. Lentamente fui subiendo ese duro falo hasta que su punta quedó contra mi culo. Lo dejé ahí y lo acaricié en toda su extensión, centrándome durante unos segundos en el glande. Inconscientemente lo presioné un par de veces, casi como si quisiera que se hundiera en mi ano; esa leve presión me produjo una sensación muy placentera. Sin embargo recobré leves vestigios de cordura y dejé de tocar el pene. Mi hijo dejó de frotar mi clítoris al instante y, para mi alivio, volvió a posar sus grandes manos en la parte baja de mi cintura. Las podía sentir húmedas, pero no me importó, lo importante fue que él retomó los masajes; sin embargo su dura verga quedó cómodamente posada entre mis nalgas. Cuando las palmas de sus manos llegaron a mis omóplatos noté que su miembro se deslizaba un poco hacia arriba. Al hacer el camino inverso por mi espalda noté que esta vez su pene se deslizaba hacia atrás, quedando una vez más contra mi concha. Las manos de Fabián volvieron a subir y su verga hizo lo mismo, provocándome un agradable cosquilleo en el culo. Nunca un hombre me había tratado de esa manera, tan dulce y erótica; mi cerebro se confundía y mientras la acción se repetía, olvidaba que en realidad se trataba de mi propio hijo. Todo lo que él hacía, mi cuerpo lo interpretaba como “juego previo al sexo”, y yo nunca había disfrutado tanto tiempo de estos juegos; casi siempre me penetraban pocos segundos después de que me quitara la ropa. Una vez más sus manos recorrieron toda mi espalda, desde abajo hacia arriba y esa dura y gran verga se deslizó entre mis labios vaginales. Flexioné la otra pierna, separándola aún más, y me apoyé un poco sobre las rodillas elevando levemente mi cola. Estaba toda abierta y detrás de mí había una verga erecta frotándose contra mis partes íntimas. Abandonando una vez más mi sentido común, pasé una mano por debajo de mi propio cuerpo y comencé a masturbarme enérgicamente. Fabián agarró mis nalgas y comenzó a amasarlas, dejando su miembro reposar justo entre ellas, mientras se meneaba lentamente de atrás hacia adelante. Dejé de tocarme, para acariciar los velludos huevos de mi hijo, y luego volví a mi botoncito de placer. Fabián se acomodó, apartando su verga de mi cola, pero dejándola apuntando hacia abajo, con el tronco contra mis labios vaginales. Mientras me frotaba el clítoris podía acariciársela. Se inclinó hacia adelante y me regaló una sensual caricia que me hizo estremecer. Sus varoniles manos subieron por los lados de mi espalda, llegaron hasta mis hombros y antes de que me diera cuenta, bajaron hasta aferrarse a mis tetas. Sentí dos descargas eléctricas de placer en cuanto tocó mis rígidos pezones. Comenzó a sobarme los pechos al mismo tiempo que meneaba su cadera, haciendo que su verga se deslizara de arriba abajo contra mi concha. Noté que su estómago estaba apoyado contra mi cola y su pecho muy cerca de mi espalda. Empezó a moverse con cada vez más brío, yo estaba sumergida en un trance de pasión y lujuria, ajena a la realidad; cuando la punta de su verga amenazó con meterse dentro del agujero de mi concha. Allí recobré súbitamente la cordura y me di cuenta de que eso no podía estar pasando. Me moví rápidamente para alejarme, él me liberó de sus brazos y me dejó ir. —Esperá —le dije sentándome en la cama, miré atónita su larga verga con las venas bien marcadas, cubierta de mis propios flujos vaginales. —¿Pasa algo? —Preguntó él, confundido. —Mejor paremos un poco —le dije, luego tragué saliva. —¿Cómo? —Que paremos, porque... —No quería decirle que la verdadera razón era que me sentía muy incómoda con lo que había ocurrido—, porque tengo sed. Quiero tomar algo fresco. Después seguimos intentando. Me levanté de la cama y enfilé hacia la puerta. Estaba desorientada, como si me hubiera despertado de un sueño irreal. No podía creer que hubiera llegado tan lejos con mi propio hijo, pero al mismo tiempo todo mi cuerpo se estremecía por el placer que lo había inundado. —Está bien, tomemos algo... —Sí, estoy muerta de sed. ¿No sabés si quedó algún vino tinto? —Intenté apartar de mi mente todo lo ocurrido. —Creo que sí. Fuimos hasta la cocina comedor, que estaba ubicada en la parte posterior de la casa, luego de pasar por todos los dormitorios. Abrí la heladera y me encontré con una reluciente botella de vino tinto aguardando pacientemente por mí. La saqué y se la cedí a mi hijo, él se encargó de quitarle el corcho mientras a mí la cabeza me daba vueltas. Pensaba en todo lo que había ocurrido, había sido una situación sumamente excitante, pero sabía que nunca tendríamos que haber llegado tan lejos; sin embargo una parte en el fondo de mi ser agradecía el momento erótico y morboso. Esa parte de mí lo necesitaba, aunque me costara mucho admitirlo. —¿Te sirvo un vaso? —Me preguntó Fabián. Me di cuenta de que le estaba mirando fijamente la verga. —Sí, por favor, uno bastante cargado. Bebí de un sorbo la mitad del contenido del vaso, el dulce néctar vigorizó todo mi cuerpo, provocándome una agradable tibieza en la garganta. En ese momento comencé a reírme. —¿De qué te reís? —Por la ironía. Quiero sacar las uvas de mi cuerpo, pero al mismo tiempo tomo jugo de uvas. De todas formas lo necesitaba... y mucho. —¿El vino o el meterte las uvas? —Curiosamente su insolente pregunta no me m*****ó. —Las dos cosas —respondí, con picardía. Tomé de la copa con naturalidad, como si no me importara en lo más mínimo estar desnuda frente a mi hijo. —¿Y dónde aprendiste a hacer tan buenos masajes? —Le pregunté. —En ningún lado —respondió, encogiéndose de hombros—. Solamente hice lo que pensé que sería mejor. —Tenés talento para los masajes, me gustaron mucho. —¿Estás más tranquila? —Sí, un poco más tranquila. Todavía estoy algo asustada por lo de las uvas, pero ya salió una. Lo más probable es que podamos sacar las otras. Ahora ya no siento que la noche se haya arruinado por completo. Incluso estoy un poco más contenta. Necesitaba hacerme una buena paja y disfrutar un poco… ¡Ay, perdón! Me fui al carajo diciendo eso… —Está bien, mamá —me pareció notar que su verga daba un pequeño saltito, como si se hubiera puesto más dura—. Entiendo que hayas necesitado eso, hacía tiempo que venías de mal humor… —¿Vos también pensás eso? —Bueno, sí… un poco. Estaba algo preocupado, porque te veía mal. —Podés quedarte más tranquilo, lo de las uvas me preocupa un poquito; pero de verdad que estoy contenta. Hacía rato que no me toqueteaban la concha de esa manera. —Esas palabras salieron de mi boca sin que yo pudiera controlarlas. Di media vuelta, dándole la espalda a mi Fabián, y dije:—. Vení, colame los dedos un ratito. —Me incliné, separé mis piernas y le ofrecí mi sexo—. Aprovechá que tengo la concha bien abierta, y los dedos entran fácil. —Él no me hizo esperar, se acercó a mí y clavó dos dedos en mi orificio, mientras yo tomaba un buen sorbo de vino—. Movelos rápido, como si me estuvieras haciendo una paja. Tal vez eso ayuda a que bajen. —Él obedeció, los movimientos empezaron a ser cada vez más rápido, produciendo húmedos chasquidos—. Eso, así así —dije, con la respiración agitada. Realmente me estaba dejando pajear por mi propio hijo, aunque era por una buena causa—. Mirá que yo tengo lugar en la concha, ya me metí cosas bastante grandes. —Mi excitación me estaba llevando a confesar cosas que nunca le había contado a nadie—. Si querés podés meter otro dedo. —¿Segura? ¿No te va a hacer mal? —Segura, ya la tengo re abierta. Meteme otro dedo, dale. El tercer dedo estaba entrado, y yo bebía otro sorbo de vino, cuando escuché ruidos provenientes de la puerta de entrada de la casa. Tanto Fabián como yo nos pusimos en alerta, alguien estaba haciendo girar la llave. La puerta se abrió y pudimos escuchar una alegre risotada, esa voz era inconfundible, se trataba de Luisa... y no venía sola. Nokomi

Autor: AkuSokuZan Categoría: Tabú

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El Fruto del Incesto: Malditas Uvas - parte 2

2019-08-27


Capítulo 02 Desesperación Golpeé la puerta del dormitorio de mi hija Luisa. Ella no respondió. Estaba desesperada, no podía quitar las uvas que yo misma, como una estúpida e inmadura, había introducido en mi vagina. Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave; mi impaciencia se transformó en furia. —¡Luisa, abrí! —Volví a golpear. —¿Qué querés? —me respondió ella, empleando el mismo tono de voz que yo. —Te estoy diciendo que abras la puert... La puerta se abrió. Mi hija me miró con el ceño fruncido, estaba prolijamente maquillada, su cabello formaba perfectos bucles y llevaba puesto un corto vestido de noche, color vino tinto. —¿Qué hacés vestida así? —le pregunté. —Me tengo que ir. Tengo una fiesta. —No, pará... primero tenés que ayudarme con algo... —¡Ah no, mamá! Otra vez no me cagás la noche —la miré boquiabierta—. Siempre es lo mismo con vos, cada vez que yo quiero hacer algo divertido con mis amigas, vos empezás con que te duele algo... con que te sentís sola... con que nadie te quiere. Lo único que lográs es amargarme tanto que me quitás las ganas de salir. Lo único que querés es que yo me quede dando pena con vos. ¡Ya me tenés harta! Si estás deprimida... ¡entonces bus**te un macho que te atienda! A mí no me jodas. ¡Me voy! Diciendo esto me dio un leve empujón y pasó a mi lado hecha una furia. Luisa siempre había tenido carácter fuerte, pero no acostumbraba a ser tan directa conmigo; sólo decía esas cosas cuando estaba realmente enojada. Me avergoncé de mí misma mientras la miraba marcharse. ¿Esa era la imagen que tenía mi hija de mí? ¿Me creía una vieja depresiva y aguafiestas? De pronto invadió mi mente una seguidilla de recuerdos. Sus acusaciones no eran muy disparatadas, más de una vez me había sentido mal, recurrí a Luisa. Por eso ella canceló su salida en más de una ocasión. Siempre creí que lo hacía por amor a mí; pero no se me ocurrió pensar que tal vez yo la estuviera manipulando para que no saliera. Yo no tenía con quién salir. ¿Un macho que me atienda? Esas palabras dolían mucho... si yo tuviera un macho que me atienda seguramente no sería la vieja depresiva en la que me convertí. Volví abatida a mi dormitorio, me sentía muy triste. Luisa tenía razón en todo lo que dijo... dolía mucho admitirlo, pero tenía razón. No quería ser una mala madre, solo... solo necesitaba a alguien que me hiciera compañía. Una lágrima se desprendió de mi ojo, pero la sequé inmediatamente con mi mano, si lloraba sólo empeoraría las cosas. Ahora no tenía quién me ayudara a quitar las uvas, sentí un horrible escalofrío de sólo imaginarme la cara que pondría el ginecólogo de turno cuando le contara lo que había hecho. ¿Y si esto quedaba dentro de mi historial médico y luego distintos doctores lo leían? También podría ocurrir que el ginecólogo tuviera alguna asistente y que luego de mi partida se pusieran a comentar lo ocurrido. Se reirían de mí diciendo cosas como: “Esa vieja es más pajera que una pendeja”, “¿Cómo puede ser que a su edad siga haciéndose la paja y que se meta cosas por la vagina?”. Lo que más me aterraba era que dijeran algo como: “Lo peor de todo era el culo... ¿vio lo abierto que lo tenía?. Esta vieja puta seguro se mete muchas cosas por el culo”. No podía tolerar semejante vergüenza. —¿Qué pasó mamá? —Giré la cabeza y vi que mi hijo Fabián estaba parado en la puerta de mi cuarto, mirándome con preocupación—. Escuché que discutías con Luisa. —No pasa nada, Fabián. No te preocupes. —Algo pasa, te veo muy mal. ¿Se pelearon porque vos no querías que ella salga a bailar? —No, para nada... sólo le pedí que me ayudara con algo... ella malinterpretó las cosas. Se enojó, me gritó de todo y se fue. —¿Te gritó sólo por eso? ¡Qué pendeja de mierda! La voy a llamar y le voy a decir de todo. Fabián era algunos años mayor que Luisa y siempre obraba como tal, su personalidad se diferenciaba mucho a la de ella. Él era muy práctico, muy maduro, sumamente centrado y tranquilo. No acostumbraba a salir mucho de la casa y por lo general nunca se metía en problemas. —No, Fabián. No quiero que se peleen... además, ella tiene razón. Siempre le arruino las salidas. —No es cierto, ella sale mucho a bailar, tiene dieciocho años, no puede pretender salir todos los fines de semana. —De todas formas eso no viene al caso... esta vez sí necesitaba que me ayudara con algo... creo que me pasó como al pastorcito mentiroso; tanto gritar que venía el lobo... y cuando el lobo vino de verdad, nadie acudió a ayudarlo. —¿Y qué lobo vino a amenazarte? —No puedo contarte —bajé la cabeza, avergonzada. Pasados unos segundos lo miré a los ojos, él parecía un hombre adulto, hasta su complexión física le aportaba años que no tenía. Su mentón cuadrado, su piel morena y su ceño serio hacían que pareciera de treinta años, o más. —¿Asunto de mujeres? —Preguntó. —Sí, exactamente eso... es un asunto muy femenino. Tu hermana era la única que podía ayudarme y ahora no sé qué hacer, no quiero ir al... —me quedé callada porque me di cuenta de que estaba hablando más de la cuenta. —¿Ir a dónde? —A ninguna parte —respondí. —Mamá, no soy un nene idiota. Podés contarme lo que pasa. Miré a Fabián fijamente. ¿Podría él ayudarme con mi problema? Era sumamente vergonzoso confesarle lo que había hecho y contarle cuál era el problema; sin embargo él sería reservado y nunca le contaría a nadie. Mi secreto moriría con él... y tal vez yo me moriría de la vergüenza. Intenté relajarme, respiré suavemente, mirando mis manos, las cuales reposaban sobre mis rodillas. Sería cuestión de un minuto, sólo necesitaba que alguien introdujera sus dedos y retirase las uvas; problema resuelto. Es decir, el problema físico quedaría resuelto, el psicológico comenzaría a partir de ese momento. Tendría que cargar con la imagen de mi hijo introduciendo los dedos en mi vagina y él tendría que cargar con la noción de que su madre se masturbaba... bueno, tal vez eso ya lo suponía y ni siquiera pensaba en el asunto. Pero sabría que además de hacerme la paja, lo hacía de forma poco convencional. Definitivamente no quería ir al ginecólogo y debía considerar que si lo hacía, tendría que pedirle a Fabián que me llevara. Yo no sé manejar y él es quien se encarga del el auto. Podría pedirme un taxi; pero Fabián insistiría, me quitaría la información de una u otra forma. No podía hacer otra cosa que contarle lo ocurrido y dejar que me ayude. —Te voy a contar, pero tal vez no te agrade lo que vas a escuchar —le advertí—. ¿Estás preparado? Después no quiero quejas. —Sí, mamá. Contame lo que pasa, quiero ayudarte. Intenté hablar lo más rápido posible, para soltar toda la información de una sola vez. —Hace un rato estaba... —Mordí mi labio inferior; me sentí extraña al pensar en esa palabra; pero quería ser lo más clara posible—, me estaba masturbando... y usé algunas de esas uvas. —Señalé con un gesto de la cabeza el plato de uvas que estaba sobre mi mesa de luz—. El problema es que se me quedaron adentro y no puedo sacarlas. Quería que tu hermana me ayudara, pero se fue... por eso te quiero pedir a vos que me ayudes —lo miré fijamente, él tenía los ojos muy abiertos. —Perdón mamá, pero no puedo ayudarte con eso. —Se había puesto incómodo, podía notarlo. Esto era extraño en él porque solía ser un chico capaz de controlar sus emociones—. ¿Por qué mejor no vas a un médico? —¿A esta hora... un sábado... por unas uvas de mierda? Me van a tener toda la puta noche esperando en la guardia, atendiendo a los que realmente necesitan ayuda. ¿No me vas a ayudar? —No... perdón... pero no puedo. —No podés o no querés? —Volví a enfadarme— ¿Para qué carajo una tiene hijos si cuando necesita ayuda la ignoran? Te imaginaba más maduro, Fabián. Al fin y al cabo te estás comportando como un chiquillo. Está bien, no te preocupes, ya voy a encontrar algo con qué sacarlas. —Te podés lastimar si usás cualquier cosa. La vagina es una zona sensible, si te cortás con algo por dentro podrías tener un gran problema. —¿Si sos tan experto en conchas, por qué no me ayudás? —Lo que más me m*****aba de Fabián era su inoportuna forma de hablar, como si fuera una enciclopedia con todas las respuestas. —Porque sos mi mamá... —¿Y eso qué tiene? Te estoy pidiendo ayuda con un problema... nada más. Yo te vi las bolas durante muchos años... inclusive cuando ya tenías edad para que no te las vea... Sabía que eso era un golpe bajo para él, indirectamente le recordé un suceso que había ocurrido hacía apenas un año y medio. Lo sorprendí en el baño, sentado en el inodoro, con la mano derecha en su verga, sacudiéndosela con la intención de masturbarse. Fue una situación incómoda para ambos, pero hicimos como si nada hubiera ocurrido. —Está bien... está bien. Te voy a ayudar —dijo, con poca convicción. —No, Fabián. Si no querés hacerlo, no te puedo obligar. —¿Otra vez con lo mismo, mamá? —¿A qué te referís? —Es que siempre hacés lo mismo... exigís que haga algo y cuando accedo, empezás a decir que ya no tengo que hacerlo. No entiendo por qué. —¿Pero qué le pasa hoy a mis hijos? —Me pregunté en voz alta—. ¿Hoy todos me van a psicoanalizar? Si querés ayudarme... bien... sino, también. —Te voy a ayudar porque no quiero que te pase nada malo. Si no podés sacar las uvas se te puede infectar. —Sí, lo sé. Ya pensé en eso. Gracias por recordármelo, me deja muy tranquila —Fabián se acercó a mí, lo noté decidido—. Quiero que sepas que esto es muy vergonzoso para mí y esta situación me incomoda tanto como a vos. —Está bien mamá, no te preocupes. Son cosas que pasan... —¿Cosas que pasan? ¿A quién le pasan estas cosas? —Por la mueca que hizo con su boca supe que no quería responderme a esa pregunta—. No pienses eso de mí, Fabián. Por favor te lo pido. —No pensé nada malo. —Sí que lo pensaste... esto le pasa a las pajeras ¿cierto? —No pensé eso. —¿Entonces en qué? —Hace mucho tiempo que no estás con un hombre, al menos eso imagino. Nos contás casi todo a Luisa y a mí... si hubieras salido con alguien, nos hubiéramos enterado. —Así es. —Y bueno... el cuerpo tiene necesidades que necesitan ser aplacadas, de lo contrario la tensión emocional podría crecer mucho. —Otra vez con ese tonito de “Wikipedia parlante”. —No me vengas con sermones, Fabián. Me quiero morir. —No es tan grave, mamá. Tiene solución. Mientras antes empecemos, antes vamos a terminar. —Cortala con ese tonito de “Señor maduro”, que me desespera. —¿Qué tonito? —¡ESE tonito! ¡La puta madre! ¿No entendés que esto es muy difícil para mí? —Estrujé la tela de mi bata con los dedos. —Lo entiendo perfectamente, mamá. Por eso dije que estaba dispuesto a ayudarte. Perdón por haberme negado al principio, es que me puse un poco nervioso y no pensé con claridad. —Otra vez ese puto tonito; pero esta vez no se lo recriminé. Quería terminar con todo lo antes posible e irme a dormir... si es que podía hacerlo. —¡Bueno, basta! —Exclamé—. Ayudame y terminemos con esto. Si le contás algo a alguien lo que pasó hoy... te mato. —Entiendo... —No, no entendés. Te mato en serio. —Lo amenacé con mi dedo índice; pero él solamente sonrió—. Y te entierro en el patio. —Mamá, vos no agarraste nunca una pala en toda tu vida. —Tampoco nunca me había metido uvas... ¡y ya ves! —Bien, bien... bien. Capté el mensaje. ¿Cómo las sacamos? —Preguntó acercándose. —Yo ya probé todo lo que se me ocurrió. Pedirte ayuda es mi último recurso... ya te imaginarás qué tenés que hacer para sacarlas. —Comprendo. —¿Por qué mierda estaba tan tranquilo? Me exasperaba; pero necesitaba su ayuda y no quería hacerlo enojar—. ¿Te vas a acostar? —Supongo... creo que sería la forma más fácil —le dije, intranquila. Miré la cama, no quería hacerlo. Dios sabe que no quería que mi hijo me viera desnuda; pero era eso o ir al hospital, lo cual me avergonzaba aún más. Además ya le había contado, esa vergüenza no podría sacármela nunca más en la vida... ya estaba hecho. Me tendí en la cama y me acomodé en el centro de la misma, apoyé la cabeza en la almohada y una vez más los nervios se apoderaron de mí. —No sé... no sé... —comencé a decir incoherentemente. —Tranquila mamá. Lo vamos a poder solucionar rápido —me dijo Fabián, sentándose a mi lado. Agarró firmemente una de mis manos, eso me tranquilizó un poco. Mordí mis labios hasta que me dolieron y junté todo el coraje que tenía. Abrí la bata de una sola vez, sentí que todo mi cuerpo se calentaba, por pura vergüenza; debía tener las mejillas rojas. Mi hijo podía ver mis pechos caídos, mi vientre con ondas, el cual ya no era ni remotamente parecido al de mi juventud, y mi pubis cubierto de enmarañados pelitos negros. —Está bien, ahora tenés que separar las piernas. —El muy desgraciado me hablaba como si fuera un médico experimentado, me daban ganas de matarlo. Abrí lentamente las piernas y flexioné las rodillas, como si estuviera a punto de parir... “Parir un viñedo”, pensé. Intenté abstraer mi mente, pensar en otra cosa; pero no lo conseguí. Me sobresalté cuando sentí una de las cálidas y pesadas manos de Fabián contra mi muslo derecho. —Tranquila —repetía incesablemente—, voy a intentar sacarlas. ¿Te acordás de cuántas eran? —No sé... cuatro o cinco... o... diez ¡no sé! —Estaba bloqueada. Me avergonzaba de mí misma por haber puesto a mi hijo en semejante situación. Para él no debía ser nada agradable verme toda la concha en un detallado primer plano. Para colmo tendría que usar sus dedos para res**tar esas malditas uvas, y todo por culpa de que su madre era una cuarentona depresiva y pajera. —Bueno, voy por la primera. —Un leve cosquilleo me invadió en los labios de mi vagina. —¡Ay no! —Grité, apartando rápidamente su mano. —Mamá, si no te calmás un poco no voy a poder ayudarte. —Es que... —“Es que”, nada. Seguramente salen enseguida. —Una leve sonrisa apareció en sus labios. —¿Y si no salen? —Tenía la sensación de que todo mi cuerpo se entumecería, debido a lo tensionados que tenía los músculos. —Vos no te preocupes por eso ahora, yo me encargo. —Está bien... y Fabián... —¿Qué? —Cortala con el puto tonito —dije, con los dientes apretados; clavé mis uñas en su muñeca, poniéndole esa parte de la piel blanca y luego ésta tomó color otra vez, cuando lo solté. Me recosté, tragué saliva y aguardé. Mi corazón latía rápidamente y el sudor cubría mi frente, como si tuviera fiebre. Uno de los dedos de Fabián acarició suavemente mis labios vaginales. Estrujé la sábana con mis manos para evitar apartarlo otra vez. Las caricias continuaron, podía sentir la yema de su dedo moviéndose lentamente de arriba abajo, provocándome un incómodo cosquilleo. Era muy incómodo, viniendo de mi propio hijo; casi parecía que fuera un amante intentando calentarme. Estuve a punto pedirle que se detuviera, cuando me di cuenta por qué hacía eso. Mi vagina comenzó a humedecerse, él recolectó esos jugos con la punta del dedo y lo fue esparciendo por el exterior de mi vagina. Si bien estaba estimulando sexualmente mi concha, lo hacía para lubricarme; tenía sentido... era vergonzoso, pero tenía sentido. Tenía la esperanza de que eso sirviera para res**tar las uvas. Llegó el momento de la verdad: su dedo índice comenzó a entrar lentamente. —Despacito —le dije. —Sí, vos quedate tranquila —dijo, con ese puto tonito. Noté que él estaba muy concentrado mirando mi entrepierna, como si fuera un doctor. Tal vez debería estar estudiado algo relacionado a la medicina, sin embargo prefirió iniciar la carrera de economía, vaya uno a saber por qué. Su dedo avanzó lentamente, al ritmo que mi incomodidad crecía; hacía mucho tiempo que una mano ajena no me tocaba esa zona. Unos minutos atrás estuve fantaseando con la idea de que un hombre se entretuviera con mi concha, y por las vueltas de la vida, ese deseo se volvió en mi contra. Ahora tenía el dedo de mi propio hijo dentro que de una de las zonas más íntimas de mi anatomía. Él utilizó el dedo como un gancho dentro de mi cavidad, pero no logró capturar nada. Pude darme cuenta que apenas estaba hurgando en la entrada de mi vagina. —Fabián, si realmente queremos sacar las uvas… vas a tener que meter el dedo más adentro. Ahí, en la entradita, no vas a encontrar nada. Sé que te incomoda tener que hurgarme así… pero yo sola no puedo. —Está bien, lo voya intentar. —Ahora él también sonaba nervioso, estuve tentada a decirle: “¿Viste que no era tan fácil?”, pero guardé silencio. Mis nervios no ayudaban en mucho, hacían que mi sexo se contrajera; sin embargo él insistió y entró un poco más. Me moví incómoda, podía sentir cómo se me dilataba la vagina con su invasión. Me dolía un poco pero sabía que si me quejaba por eso, sólo preocuparía más a Fabián... y a mí también. Estaba a punto de decirle que se detuviera, pero él mismo retrocedió, aliviándome por unos instantes. Luego volvió a introducir su dedo, siempre lenta y cuidadosamente; como si realmente supiera lo que hacía. —Mamá, respirá más lento; si estás tan alterada es peor. —¿Y cómo querés que esté? —No me había dado cuenta de lo agitada que era mi respiración. —Pasaste por dos partos, no creo que esto sea peor. —Sí, pero el médico no era ningún hijo mío. —Y tampoco estaba sacando uvas, lo cual creo que es más fácil. Intentá respirar con más tranquilidad. —Lo miré a los ojos e intenté hacer lo que él me pedía—. Eso mismo, así. Me voy a ayudar con otro dedo. —Asentí, mientras intentaba controlar mi ritmo cardíaco. El segundo dedo dilató aún más mi vagina y también me produjo un poco de dolor. Fabián era muy cuidadoso y eso me ayudaba a tranquilizarme, aunque sea un poco. —Creo que tengo algo, —me dijo por fin. —Con cuidado... Podía sentir el movimiento de sus dedos dentro de mí, me entusiasmé cuando sentí algo más moviéndose lentamente hacia afuera. Un poco más... ¡y salió! —Tengo la primera —me dijo, mostrándome una uva llena de flujos vaginales. A pesar de lo incómodo de la situación, sonreí aliviada. —¡Ay, gracias a Dios están saliendo! —¿Gracias a Dios? ¡Gracias a mí! —Callate... —Sabía que él no opinaba igual que yo en cuanto a creencias religiosas. No era el momento de discutir por eso. —Al menos te veo más tranquila, hasta estás sonriendo. ¿Dónde dejo tu bebé uvita? —¡La puta que te parió! —Me hizo reír, muy en contra de mi voluntad. Cubrí mi cara con ambas manos, sonrojándome aún más por la vergüenza—. Tirala al tacho de basura. —Señalé la papelera que tenía dentro de mi cuarto—. No la quiero ver nunca más. —Pobrecita, ni siquiera la bautizaste. —Te voy a bautizar por segunda vez si seguís haciendo esos chistes. —No gracias, me bastó con la primera. Tenía que admitir que mi estado de ánimo había mejorado considerablemente, el ver que las uvas saldrían me trajo una enorme satisfacción. Ahora era sólo cuestión de buscar las otras. —Voy por la segunda —dijo él. —Está bien, pero tené cuidado. —No era necesario advertirle, pero no sabía qué otra cosa decirle. Al hundir sus dedos fue tan cuidadoso como antes, la dilatación de mi vagina era un poco mejor, lo cual le permitía maniobrar con mayor facilidad; yo intentaba relajarme lo máximo posible. Tal vez esto ayudaría a que mi vagina no estuviera tan tensa y las uvas se aflojaran solas. Giró los dedos dentro de mí, poniendo las yemas hacia arriba, y los dobló dentro, tocando las paredes superiores de mi cavidad vaginal. —¡Ay! —exclamé aferrándome a las sábanas. —¿Qué pasó, te hice mal? —No, sólo me... sorprendiste. No iba a decirle que una extraña puntada de placer me invadió. Había tocado una fibra sensible en mi sexo. Entiendo que esos dedos pertenecen a mi hijo, pero pasé tanto tiempo sin recibir esa clase de “afecto”, que cualquier roce en la vagina me producía placer. Además sus dedos se movían muy bien dentro de mí. Lo veía concentrado, mirando fijamente mi agujero vaginal. Hasta el detalle más íntimo de mi anatomía ya había quedado expuesto a los ojos de Fabián, y ambos tendríamos que aprender a vivir con eso. Él ya sabía cómo era cada pliegue de mi concha y cómo mi clítoris se asomaba fuera de su capullo, como pidiendo un poco de atención. Además no podía negar que estaba verdaderamente excitada, no habían pasado ni quince minutos desde que estuve masturbándome. Mi cuerpo aún conservaba secuelas de ese acto. Mi concha lubricaba como si los dedos que la penetraban fueran los de un gran amante. Yo intentaba pensar en otra cosa, pero mi vagina me decía que esa sensación era agradable. Inspiré y exhalé una gran cantidad de aire, luego separé un poco más las piernas, con la esperanza de que esto facilitara la extracción de las uvas. Esto también me expuso aún más como mujer. Fabián estaba con el ceño fruncido y continuaba hurgando en mí, con aparente preocupación. A veces recibía otra puntada, de dolor o de placer; aunque no quisiera admitirlo. Él notaba mis sobresaltos, sin embargo no decía nada al respecto. —No las encuentro —me anunció. —Tienen que estar ahí, en algún lado. —Sacó sus dedos y vi que estaban empapados con mis flujos. Se habían formado delgados hilos que colgaban entre un dedo y otro—. Tenés que sacarlas, Fabián. No quiero ir al médico. Debía hacer algo que ya había pensado, pero quería evitarlo, a no ser que no tuviera más alternativa. Levanté mis piernas y flexioné más las rodillas, dejando mis pies en el aire. Luego crucé mis brazos por la parte posterior de las rodillas y con ellos sostuve mis piernas. Utilicé la punta de mis dedos para abrirme la concha tanto como pude. Ésta era la pose que adoptaba cuando quería que un hombre me metiera su verga. Así dejaba mi concha absolutamente expuesta y abierta, para que me metieran todo lo que tuvieran que meter. Jamás me imaginé que pudiera adoptar esta pose tan sexual frente a mi propio hijo. Pero ya no me quedaban más alternativas. Él necesitaba tanto acceso a mi concha como yo pudiera brindarle. Estaba totalmente expuesta ante mi hijo pero también estaba decidida a sacar esas malditas uvas de mi interior. Por más que odiara admitirlo, el calor en el interior de mi cuerpo había aumentado considerablemente. Estaba en una posición sumamente vergonzosa y que ésta sería una imagen que mi hijo recordaría durante toda su vida; sin embargo sentía un inquietante morbo, que intentaba alejar de mi cabeza de la forma que sea. Creo que esto se debía a que había pasado mucho tiempo desde la última vez que me abrí la concha de esa manera frente a un hombre. Él se acomodó en la cama, acercándose más a mí, me miraba confundido; como si no pudiera creer que fuera su madre la mujer que aguardaba completamente abierta, a que él metiera los dedos. —Fabián, por favor. Apurate, quiero terminar con todo esto de una vez. Sé que es difícil para vos… pero también lo es para mí. —Él asintió con la cabeza. Me penetró una vez más, con dos de sus dedos; fue sumamente cuidadoso. Esta vez sus dedos buscaron los laterales de mi orificio, palpando las paredes internas de mi vagina. Nunca un hombre me había tocado de esa manera. Si no estuviera buscando las uvas, hubiera pensado que su intención era calentarme; y lo estaba consiguiendo. Intenté apartar mi vista del rostro de mi hijo, miré puntos aleatorios en el techo; otra vez me llenó esa calidez que produce el morbo. En ese momento supe que había sido un gran error pedirle ayuda a mi hijo con un tema tan delicado. ¿Qué estaría pensando él? Seguramente me veía como una desviada sexual por haber hecho semejante cosa. —Fabián... —¿Si? —Preguntó, sin quitar su atención de la labor que estaba realizando. —Espero que no pienses mal de mí. —¿Por qué lo decís? —Seguía sonando despreocupado. —Por haber hecho esto... con las uvas. —No pienso mal de vos, mamá. —Está bien, pero igual te lo quería aclarar... es que... llevo mucho tiempo sin estar con un hombre, en eso tenías toda la razón... me siento muy insatisfecha con la vida. Antes no era así, era más alegre, más activa... sexualmente hablando; pero lo que pasó con tu padre me dejó muy dolida. —Aja, estuviste muchos años sin sexo, lo entiendo. —Sé que este tema debe ser incómodo para vos, te pido perdón por eso. —No me incomoda, es parte de la naturaleza humana, mamá. Digamos, no pensaba que te masturbabas, esas son cosas que no se piensan; pero no quiere decir que sea una sorpresa para mí descubrirlo. Es algo que, inconscientemente, se sabe. —Está bien —le dije sin mucha convicción. Él comenzó a mover sus dedos formando amplios círculos en la entrada de mi vagina. Los labios interiores se estiraban cada vez que él empujaba hacia algún lado, esto me provocó aún más placer; pero al mismo tiempo aumento mi incomodidad. ¿Estaba mal sentir placer al ser tocada de esa forma por mi hijo? La respuesta era obvia: Sí. En mi defensa debo decir que mi cuerpo estaba reaccionando de forma instintiva. Para mi vagina no había mucha diferencia entre los dedos de mi hijo, de un doctor o de algún amante. Es parte de la naturaleza humana, como había dicho Fabián. Sus movimientos se fueron acelerando gradualmente, siempre formando círculos dentro de mi cavidad. —¿Qué hacés, Fabián? —Le pregunté sin moverme. —Estoy intentando dilatarte, así las uvas salen más fácil. —La respuesta tenía mucho sentido, no me agradaba el método; pero él tenía razón, podría ayudar. —Bueno, está bien... Apoyé la cabeza en la cama, no tenía más alternativa que aguantar las intensas sensaciones que me producía el toqueteo de mi hijo. Podía notar la humedad de mi sexo chorreando fuera y cayendo por mi cola. Esto me producía un m*****o cosquilleo, estuve a punto de decirle a Fabián que me secara con algo, pero no me atreví. Los movimientos circulares se mantuvieron, me resultaba cada vez más difícil mantener un ritmo de respiración normal y mis piernas se estaban entumeciendo. —¡Ay! —Exclamé, cuando repentinamente sentí cosquillas en mi cola; mi hijo había pasado sus dedos por allí. —Perdón, es que estaba cayendo una gotita, pensé que te m*****aba. —Sí, está bien... sí me m*****aba. Te iba a pedir que la quitaras, es sólo que estaba distraída y me sorprendí. Tenía las nalgas completamente abiertas y el ano tan expuesto como la vagina, era inevitable para mí sentir un poco de morbo por esto; especialmente con mi secreta afición al sexo anal. Para colmo mi hijo volvió con sus dedos a ese agujerito y lo masajeó con movimientos circulares, como si quisiera quitar de allí todo rastro de flujo vaginal. Ese suave toqueteo me produjo un cosquilleo muy placentero. Fabián me sorprendió con su cambio de postura, dejó los dedos de su mano derecha suavemente apoyados en el agujero de mi culo e introdujo dos dedos de su mano izquierda en mi vagina. Intenté buscar algún argumento lógico que explicara esto y sólo se me ocurrió que los jugos vaginales seguían cayendo en mi ano y él continuaría quitándolos. Mi concha podía lubricar mucho en momentos de extrema excitación, pero al parecer esto no facilitaba la extracción de las uvas. Supuse que eso podía deberse a que seguía estando muy nerviosa y por ello se estaban contrayendo los músculos internos de mi vagina; apretando los pequeños frutos e impidiéndoles salir. Otro de mis temores era que estas pequeñas bolitas estuvieran en un rincón muy profundo, del cual no se las podría extraer con los dedos. No quería pensar de qué forma las sacaría si esto no funcionaba, aparté esa idea de mi cabeza; ya tenía suficientes preocupaciones con el constante cosquilleo que me producían los dedos que masajeaban el culo y los otros, que penetraban mi vagina moviéndose en todas direcciones. —Mamá... —¿Qué? —Nunca te dije esto pero... dada la situación, creo que puedo preguntártelo. Me puse aún más tensa. Los músculos de mi vagina se contrajeron, esta vez fue evidente. Hasta pude sentir cómo presionaban los dedos de mi hijo. ¿Acaso había notado que mi ano estaba dilatado? —¿Qué querés preguntarme? Quitó sus manos de mi intimidad y me miró a los ojos. —¿Pensás que es normal tener un testículo más grande que el otro? —Noté cierta angustia en su tono de voz. —¿Q...? ¿Qué decís? —Solté mis piernas y me senté en la cama para mirarlo. —Eso que escuchaste, no estoy seguro, pero creo que yo tengo ese problema... y nunca me animé a preguntárselo a nadie. —¿De qué hablas, Fabián? Nunca te vi nada raro ahí abajo. —Es que no se nota a simple vista, es decir, por fuera parecen iguales... pero por dentro, no. Creo que el testículo izquierdo es más grande que el derecho. Dejá, no importa... sólo te preguntaba porque creí que... por el momento... es decir... —Está bien, te entiendo. Estábamos hablando de genitales y quisiste preguntar por los tuyos. —De pronto me escuché a mí misma diciendo una frase como si Fabián lo hubiera hecho. Debía admitir que a veces resultaba una forma sencilla de decir algo de forma impersonal. —Así es. —¿Querés que me fije? —No sabía qué otra cosa decirle. —No mamá, no hace falta... —Es que ahora no sé si te pasa algo. Es cuestión de un segundo. Dejame ver. —No quería parecer preocupada, pero me daba un poco de temor que él estuviera en lo cierto. Aunque en realidad no supiera si podía causar problemas tener un testículo más grande que el otro. —No hace falta, de verdad. —Fabián, ¿me viste todo y te avergüenza mostrar los huevos durante un segundo? —Le reproché. —Es que... —Es que nada. Mostrame y si es cierto lo que decís, bueno, lo hablaremos con un especialista. —Ok. —Parate ahí y bajate el pantalón —le pedí. Se puso de pie al lado de la cama y yo quedé sentada en el borde, frente a él. Dudó un instante pero luego se quitó el pantalón junto con la ropa interior. Por primera vez en mucho tiempo, tenía frente a mis ojos un miembro masculino, oscuro y peludo, de gran tamaño, colgando como la trompa de un elefante. Me quedé un tanto sorprendida, no recordaba que mi hijo la tuviera tan grande. La última vez que se la había visto la sujetaba con su mano, esto la cubría en parte; además no la vi erecta y fue sólo un instante. Esta vez también estaba en estado de reposo, pero nada la tapaba. Estaba tan cerca de mí que me causaba cierta impresión. Me invadió un extraño revoltijo en el interior de mi pecho. Sus testículos colgaban como dos pesadas bolsas. A simple vista no noté nada extraño, sólo me llamaba la atención el glande asomando por el arrugado prepucio. Acerqué mis manos, pero no sabía dónde ponerlas, no me atrevía a tocar el pene de mi hijo, sin embargo tuve que hacerlo. Con la punta de mis dedos agarré esa salchicha que colgaba y la moví hacia un lado. —No veo nada raro —le dije por fin-, pero tal vez no se note. Coloqué mis manos como si fueran pequeños cuencos y las junté para luego depositar en ella los testículos de Fabián. Estaban muy suaves y tibios, casi había olvidado lo bien que se sentía acariciar un par de huevos masculinos; sin embargo no podía dejar de lado un pequeño detalle... éstos eran los huevos de mi hijo. Esto trajo a mi memoria la primera vez que toqué los huevos de un hombre. Fue con un amigo de mi papá, treinta años mayor que yo. En esa época yo tenía apenas diecinueve años, y era virgen. Él era un tipo en el que mis padres confiaban mucho, incluso lo invitaban a cenar con cierta regularidad. Una vez se quedó a dormir en el sofá. Como me olvidé que estaba, me crucé con él a mitad de la noche. Yo iba a buscar agua para tomar, y estaba en ropa interior. Él me miró, sentado en el sofá. Pude notar un brillo de deseo en sus ojos. Me avergoncé e intenté cubrir mi casi total desnudez; pero él me tranquilizó, acercándose a mí. Mientras me acariciaba el pelo y me sonreía, empezó a decirme cosas agradables como: “Qué linda estás”; “Con toda la ropa que usás, no me imaginé que me encontraría con un cuerpo de mujer tan bien formado”. Yo era una boluda, y me dejé seducir por sus encantos de hombre maduro. Recuerdo perfectamente que, sin pedirme permiso, se bajó el pantalón. Me preguntó: “¿Alguna vez tocaste una verga?”. Casi me derrito de la vergüenza. Quedé hipnotizada por estar viendo eso en vivo, por primera vez en mi vida. Mi mano curiosa tanteó sus velludos testículos. Tocarlos me causó cierta gracia, y a la vez mucho morbo. En mi defensa debo decir que yo, a esa edad, me moría de ganas de estar con un hombre. Fantaseaba con eso todas las noches. Sin embargo, ese gran momento aún no había llegado. No sé por qué me arrodillé frente a él y le agarré la verga con una mano. Tal vez mi primera intención fue solamente analizarlo de cerca. Quitarme la curiosidad. Me quedé contemplando su largo miembro durante unos segundos. Sin que él me lo pidiera, me metí la verga en la boca, y empecé a chupar. No sé qué fue lo que me llevó a hacer esto, si yo apenas había escuchado algunas anécdotas sobre sexo oral; no sabía nada del tema. Sin embargo en cuanto empecé a chupársela, lo sentí todo muy natural. Lo hice con muchas ganas, sonriéndole como una niña inocente que cayó en la perversión. Él quería una pendeja de diecinueve para que le chupara la pija, y yo le di el gusto. Esa fue la primera vez, pero no la última. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que le chupé la verga a ese tipo. Lo hice cada vez que tuve la oportunidad. Cuando nos quedábamos solos en mi casa, por cualquier motivo, yo me ponía como loca. Desesperada, buscaba su verga como si fuera el mejor regalo de cumpleaños. Me podía pasar largos minutos chupándola sin parar. Allí descubrí los inmensos placeres que me producía tener un miembro erecto dentro la boca, poder recorrerlo todo con mi lengua. Por lo general soy tímida y temerosa con los hombres; pero con él ya había quedado todo más que claro. Yo no necesitaba poner excusas ni pedir permiso. Si tenía la oportunidad para comerme su verga, lo hacía. Además él sí que sabía cómo calentarme, con sus toqueteos. No me penetraba, pero sí me manoseaba toda. Le encantaba meterme mano cada vez que mis padres miraban para otro lado. Cuando cenábamos con mi familia, yo siempre me sentaba a su lado, y él, con mucha maestría y disimulo, me tocaba la concha tanto como le era posible. Me volvía loca que me agarrara de los pelos y me obligara a tragarme su pija. Con él perdí el miedo a las vergas, aunque no a los hombres. Aprendí a disfrutar de una, cuando tenía la oportunidad. Con mi marido no me atreví nunca a soltarme de esa manera; pero con ese tipo sí. Incluso llegué a recibir muchas descargas de semen en toda la cara, o dentro de la boca. Algo que, en secreto, me fascina. Yo adquirí la costumbre de masturbarme frente al espejo, admirando el semen que él había dejado en mi cara, o sobre mis tetas. Ésto me hacía delirar. Me sumergía en fantasías en las que yo era una verdadera puta. Una mujer libre, que no le importaba el “Qué Dirán”. La mujer que nunca me atreví a ser. Mis padres nunca se enteraron de ésto, yo le seguí chupando la verga durante dos años completos; él se limitaba a manosearme. Tenía miedo de dejarme embarazada. Pero hubo una noche en la que no aguantó más. Se quedó a dormir en mi casa y yo le confesé, mientras le comía la verga, que ya no era virgen. Eso lo puso como loco. No quedé embarazada de pura casualidad… porque esa noche me cogió tanto que al otro día me ardía la concha. Fue maravilloso. —¿Estás segura mamá? Porque yo los noto diferentes. —La voz de mi hijo me arrancó de mis ensoñaciones y me hizo volver a la realidad. Por alguna razón yo tenía la boca abierta. Casi como si estuviera a punto de engullir esa gran verga. La distancia que separaba mis labios de esa larga trompa era mínima, un leve movimiento hacia adelante y se hubieran rozado. “¿Pero qué te está pasando, Carmen?”, Me pregunté a mí misma. Una cosa era estar caliente y desear la compañía sexual de un hombre; pero esto era muy distinto. Tenía que convencer a mi cerebro de que ese pene no podía ser, ni remotamente, un objeto de deseo. Y para colmo, aún le debía una respuesta a mi hijo. Nokomi

Autor: AkuSokuZan Categoría: Tabú

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El Fruto del Incesto: Malditas Uvas - parte 1

2019-08-27


Capítulo 01. Introducción. Me desperté de una tardía siesta. Miré el reloj digital en mi mesita de luz y me indicó que eran las nueve y media de la noche, del sábado. Me enojé conmigo misma, ya que en lugar de disfrutar del día de descanso, me la pasé vagando por la casa como un alma en pena, y durmiendo. Me dolía la cabeza, por haber dormido tanto, y mi humor era pésimo. Hubo una época en la que fui una mujer activa, ya que mis hijos dependían totalmente de mí, yo tenía que cumplir el rol de madre divorciada, ama de casa y sustento familiar. Pero los años pasaron, mis hijos ya tienen más de veinte años, y cada vez necesitan menos de mis atenciones. Ésto debió suponer un alivio para mí; pero significó todo lo contrario. Sigo trabajando, pero ellos ya tienen sus propias formas de generar ingresos, así que no dependen tanto de mí. De pronto comencé a sentirme como una carga para los demás. Antes tenía un propósito: tuve que cuidar sola a dos hijos maravillosos. Ellos siempre fueron mi “cable a tierra”, mi mayor alegría. Fabián, el mayor, que ahora tiene veinticuatro años; y Luisa, quien hace poco cumplió veinte. A mí ya me cayó encima la enorme pila de cuarenta y siete años. Seguramente muchas divorciadas dirán «Mi ex marido se llevó los mejores años de mi vida». Es un cliché bien conocido, y muchos piensan que son exageraciones; pero en mi caso esta frase es totalmente cierta. Perdí la mayor parte de mi juventud al lado de un hombre que nunca me apreció, sólo porque cometí el estúpido error de casarme con él y nunca me animé a pedirle el divorcio. Me criaron con el viejo concepto de que el matrimonio es para toda la vida; pero a esta altura de la vida ya perdí la fe en muchos de esos viejos conceptos. Transcurrieron siete años desde mi divorcio, pasé de ser una esposa insatisfecha a ser una vieja divorciada y depresiva. Además de mis mejores años, mi ex marido también se llevó mi confianza en los hombres; ya no los veo como una futura pareja, sino como algo pasajero. Alguien que puede estar bien para disfrutar un momento, y que luego se descarta. No volví a tener pareja desde que mi marido se fue... bueno, en realidad yo lo eché; solamente me arrepiento de no haberlo hecho antes. Después de él mis relaciones con los hombres fueron sumamente fugaces y efímeras, y siempre me dejaban con un cargo de conciencia tan grande, que al final opté por evitarlas por completo. Estaba despierta, pero no sabía qué hacer con mi tiempo. Luego de pasar unos veinte minutos mirando televisión, me envolví en una bata y salí de mi cuarto, ofuscada. Vi a mi hija salir del baño, envuelta en una toalla, ella heredó de mí un cabello oscuro y ondulado, pero ahora parecía lacio, porque lo tenía mojado. Seguramente había pasado varios minutos desenredándolo, luego lo secaría y lo plancharía. Ella siempre odió sus rulos; en cambio yo aprendí a querer los míos. Aunque a veces me peleaba con ellos. Nos saludamos con un gesto de la mano, y sonrió tímidamente; seguramente ella prefirió evitarme al notar mi evidente mal humor. Fui a la cocina-comedor y allí encontré a Fabián, mirando televisión, recostado en un sillón. Parecía estar aburrido y supuse que sólo estaba haciendo tiempo para irse a dormir. Él no era un chico amante de las salidas nocturnas. A veces me incomodaba un poco verlo de espaldas ya que su cabello negro ondulado me recordaba demasiado al de su padre; hasta tenía el mismo corte. La gran diferencia entre ambos era que Fabián tenía los hombros más anchos y era un poco más alto. Abrí la heladera, en busca de algo para comer. Realmente no tenía apetito, solamente deseaba encontrar algo con lo que entretener la boca. Vi un gran racimo de uvas, supuse que las había comprado Luisa, a ella le agrada mucho la comida sana; las frutas y verduras en especial. Tomé una parte del racimo y la coloqué sobre un plato. Volví a mi cuarto con paso lento y pesado, lamentándome de no tener ni siquiera una buena amiga con la que salir a pasear un rato. Con los años me fui alejando de mis amistades. Se me hizo muy duro ver la felicidad de mis amigas y sus andanzas románticas y sexuales, mientras yo no tenía a nadie con quien tener un momento íntimo. Nunca tenía nada para contarles, ya hasta me daba pena. Lo peor fue que, con el tiempo, hasta dejaron de preguntar: «Hey, Carmen… ¿tuviste suerte con algún tipo lindo?». Si bien me ahorraron la vergüenza de decir que no, al mismo tiempo me sentí desplazada. Disfruté durante un tiempo de sus anécdotas sexuales, me ayudaban a mantener la imaginación activa… especialmente cuando me las relataban de forma muy explícita. Pero al mismo tiempo me avergonzaba saber que mi vida sexual dependía tanto de la vida sexual de mis amigas. Si ellas me contaban alguna buena anécdota, entonces esa misma noche yo me masturbaba, imaginándome a mí misma en esa situación. La culpa llegaba siempre, porque me sentía patética. Ellas vivían grandes aventuras sexuales, y yo me pajeaba, como una adolescente virgen. Entré a mi cuarto y cerré dando un portazo. Estaba ofuscada. No sabía qué hacer con mi enojo, porque no estaba dirigido a ninguna persona en particular, sino a la vida misma. Una vez que estuve en mi cama, me desprendí la bata. Me agradaba estar desnuda dentro de mi propio dormitorio, ésta era una de las pocas libertades que me daba en la vida. Mis hijos ya lo sabían, por lo que tenían estrictamente prohibido entrar en mi cuarto sin golpear la puerta. Prendí el televisor y empecé a hacer zapping a través de toda la programación, mientras me llevaba uvas a la boca, una por una; estaban muy buenas. Eran dulces y jugosas, pero no estaban demasiado maduras; justo como a mí me gustaban. Estaba sentada en la cama, con las rodillas flexionadas, tenía un pie en el colchón y la otra pierna estaba flexionada hacia un lado, lo que dejaba mi entrepierna bastante expuesta. No solía sentarme de esa forma, pero mi mal humor era tal que no me importaba nada. Llegué a la conclusión de que no encontraría nada divertido para ver por televisión ya que en realidad no buscaba divertirme. Estaba apática, tenía la sensación de haber desperdiciado todo mi sábado sin haber hecho nada productivo o entretenido. «Bueno, basta de depresion» —me dije a mí misma. Tenía que hacer al menos un intento para cambiar mi estado de ánimo. Apagué la televisión, porque allí no encontraría la respuesta. En ese momento recordé mis épocas de juventud, en las que me bastaba con masturbarme. La excitación no siempre era lo que me llevaba a tocarme, a veces lo hacía por mero aburrimiento; para sentirme bien al menos por un rato. Hacía mucho tiempo que no me tocaba y supuse que no podría conseguirlo estando tan malhumorada; sin embargo no perdía nada con intentarlo. Tal vez mi cuerpo captaría las señales y reaccionaría. Comí otra uva y abrí más mi bata, con la mano izquierda comencé a tocar directamente mi vagina, en círculos; para ver cuáles eran sus primeras reacciones. No sentí nada interesante al principio, la tenía seca y muy suave. Con mi otra mano seguí comiendo alguna que otra uva ocasionalmente, repitiéndome mentalmente que yo podía hacerlo; no quería que mi fin de semana fuera un fracaso tan rotundo. Para ayudarme un poco, me lamí los dedos, volví a tocarme y esta vez la sensación fue un poco más agradable; una leve sonrisa apareció en mi rostro. Tal vez sea cierto eso de que las uvas son buenas como afrodisíacos; porque poco a poco fui acalorándome. La siguiente uva que tomé, la dejé apretada entre mis labios, mientras le pasaba la lengua por alrededor; esto me ayudó a erotizarme. Cuando la mordí dejé su jugo cayera hasta el fondo de mi garganta y lo fui tragando mientras estimulaba mi vagina con los dedos. Tomé un nuevo fruto e instintivamente lo froté contra mi clítoris, el frío me hizo estremecer; pero, en general, fue muy placentero. Me comí esa uva y pude sentir el sabor de mis propios jugos, esto me gustó tanto que quise repetirlo; con la diferencia de que esta vez deslicé esa pequeña y fría esfera entre mis carnosos labios vaginales, suspirando de gusto. Antes de comerla ya había tomado otra del plato y allí fue cuando la verdadera diversión comenzó. Mientras acariciaba mi vagina con la uva, tuve la loca idea de meterla por mi agujerito. No lo pensé dos veces, mi cuerpo ya estaba lo suficientemente caliente como para aceptar locuras. Al meterla pude sentir cómo mi orificio se dilataba, dándole lugar. La uva se calentó poco a poco. Gemí, masajeé mi clítoris y cerré los ojos. No recordaba exactamente cuándo había sido la última vez que había disfrutado tanto metiendo algún objeto en mi vagina; pero calculaba que debían haber pasado unos dos o tres años. “La gran noche de los pepinos”, recordé. En realidad, esa gran noche tuvo una precuela. Las sensaciones y emociones son mucho más difíciles de olvidar que las fechas. Aún recuerdo perfectamente la primera vez en la que me escondí en mi cuarto para masturbarme usando un grueso pepino. Fue unos meses después de la separación con mi marido. Aquella vez me puse de rodillas y lo monté sobre mi cama, como si se tratase de un viril amante. Culpo a la soledad por haberme llevado a semejante situación; sin embargo mientras lo hice, lo disfruté mucho. La mayor evidencia de que me gustó fue forma en la que me moví, mientras sostenía el pepino con una mano y me apoyaba con las rodillas sobre el colchón. Para rematar me puse en cuatro y me lo introduje por el culo. No fue algo premeditado, surgió por la excitación del momento, simplemente lubriqué mi ano con saliva y me esforcé para que el pepino entrara. Nunca me había metido algo tan grande por allí. El sexo anal era algo que reservaba exclusivamente para mi intimidad. Jamás le había confesado a un hombre que me agradaba practicarlo ya que me avergonzaba mucho; ni siquiera mi ex marido lo supo. Era uno de mis placeres culposos y secretos. Al sexo anal lo practicaba solamente con objetos, cuando estaba sola. Esa manía comenzó cuando yo tenía unos veinte años. Lo hice a conciencia, por curiosidad. No tenía mucha experiencia en el sexo, hacía poco que había perdido mi virginidad. Pero algunas de mis amigas de aquella época me comentaron que ya se las habían metido por el culo. Una de mis amigas en particular me contó que ella al principio no quería saber nada con el sexo anal; pero desde que lo había probado, prácticamente le suplicaba a cada uno de sus amantes que se la metieran por el culo. Y ella tuvo muchos amantes. Me dio descripciones tan gráficas y precisas de lo que era el sexo anal, que me llené de curiosidad y quise probarlo. Por supuesto que ésto no se lo dije a ella, ni a nadie. Quería experimentar el sexo anal, pero nadie podía enterarse. Por eso mi primera opción fue con una delgada zanahoria. Aquella vez me encerré en mi dormitorio y me puse en cuatro sobre la cama. Me costó mucho trabajo hacerla entrar, y me ardió bastante; pero yo estaba decidida a probar. Lo conseguí y me gustó tanto que esa misma noche me metí tres veces la zanahoria por el culo. Con esa experiencia aprendí que llego a tener intensos orgasmos cada vez que incluyo sexo anal en mis masturbaciones. Luego vinieron experimentos con diversos objetos, los cuales me metía en mis momentos de calentura solitaria. No ocurría con mucha frecuencia, pero cuando tenía la oportunidad, no la desaprovechaba. Tenía un pequeño desodorante que, de vez en cuando, terminaba dentro de mi culo. Lo amaba, pero tuve que tirarlo cuando mi madre comenzó a sospechar; porque a pesar de que ya estaba vacío, seguía formando parte de mi repisa. Nunca me voy a poder olvidar de la vergüenza que pasé aquella tarde en la que mi madre me preguntó, directamente, si yo me estaba metiendo cosas por la cola. Me quedé helada. No entendía por qué sus sospechas eran tan certeras. Podría haber pensado que usaba el desodorante por la concha, pero fue precisa y habló del culo. Ella me dijo que unos días antes, cuando entró al baño mientras yo me daba una ducha, notó algo extraño. A mí no me m*****aba que ella me viera desnuda, por lo que actué con naturalidad; pero cometí un error al agacharme para juntar el jabón del suelo. Ella pudo ver mis nalgas bien abiertas. Me dijo que era evidente que yo tenía el culo dilatado. ¡Y era cierto! Apenas minutos antes había estado metiéndome un pequeño envase de shampoo por el culo. Me había masturbado con él durante bastante tiempo, por lo que mi culo debía mostrar claras señales de haber sido penetrado recientemente. No tenía forma de esquivar ese momento incómodo, tuve que reconocer que, efectivamente, me había masturbado por el culo. Ella me hizo prometer que no hiciera más eso, porque no era propio de una “chica de bien”. Desde ese entonces tuve que tolerar más momentos vergonzosos, en los que mi madre revisaba cualquier objeto que pudiera servir como consolador, y se deshacía inmediatamente de él. Sin embargo no perdí el gusto por las penetraciones anales, siempre que quería hacerlo, me las ingeniaba de alguna manera. Aunque tuviera que usar mis propios dedos. El uso de un pepino, esa noche de soledad posterior a mi separación, me llevó a un nivel superior de placer anal. Mientras me metía otra uva en la concha fui recordando la forma en la que mi culo intentaba expulsar ese pepino a medida que yo lo introducía. Me llevó un buen rato pero logré meterlo completo, recuerdo que lo apreté allí con la punta de mis dedos y luego lo dejé salir de forma natural. Cuando salió hasta la mitad, lo empujé una vez más hacia adentro, pero sin dejar de pujar. Gemí de placer. Repetí esto muchas veces. En mi mente aún queda el vago recuerdo de haber estado mucho tiempo metiendo y sacando el cilíndrico vegetal. Aquel día fue cuando evalué la posibilidad de comprar un consolador. Sin embargo me aterra que éste pudiera ser descubierto por mis hijos, por lo que seguí recurriendo a los pepinos; los cuales se volvieron mis grandes aliados sexuales durante unas cuantas semanas. La que bauticé como “La gran noche de los pepinos” fue aquella en la que me dije a mí misma: «Carmen, ¿por qué no probás penetrarte los dos agujeros a la vez, qué te lo impide?». Nada me lo impedía. Así fue que terminé una vez más, de rodillas en mi cama con un grueso pepino metido en mi vagina y el otro en mi culo. Fue increíble, maravilloso e inolvidable. Con una mano por delante y la otra por detrás, fui empujándolos una y otra vez hacia adentro mientras gemía. Me imaginaba que estaba a merced de dos fornidos hombres que me cogían sin piedad. Lo más difícil era meterlos y sacarlos al mismo tiempo, pero yo me concentré más en el pepino que tenía clavado en el culo, el cual era el que me daba más placer y el que me hacía sentir más puta. Sí, porque ese es otro de mis placeres culposos. En la intimidad, cuando me masturbo, me encanta jugar a que soy muy puta. Me excita tanto que termino con potentes espasmos orgásmicos. Sin embargo me da mucha vergüenza comportarme de esa manera mientras tengo sexo con otra persona. Ni siquiera con mi ex marido conseguí hacerlo. Durante “La noche del pepino” me pajeé como nunca lo había hecho, y sé que lo disfruté más que la mayoría de mis experiencias sexuales con un hombre. Tuve varios húmedos e intensos orgasmos. Estaba tan eufórica que varias veces saqué el pepino casi por completo de mi culo para luego caer sentada contra el colchón y que éste se enterrara con fuerza, y por completo, dentro de mi ano. Me vi obligada a taparme la boca para no gritar de placer. Durante casi todo el tiempo estuve susurrando palabras, como si hablara con un amante invisible, diciéndole cosas como: «Me encanta sentarme en tu pija», ó «Está tan dura que me vas a partir al medio». Sé que en varias ocasiones dije: «Me encanta que me metan pijas grandes por el orto… metemela toda». Sentirme tan puta me hacía gozar de verdad. Como todas las cosas buenas de la vida, mi afición a los pepinos no duró para siempre. Una tarde me encontraba en la sección “Verdulería”, del supermercado, se me acercó una chica joven, de aproximadamente veinticinco años; yo me debatía entre dos pepinos, analizando sus diámetros y formas. Miré a la chica que se paró junto a mí y me di cuenta que ella intentaba contener una sonrisa, la cual esbozó cuando ya no pudo reprimirla. Esa simple sonrisa me trastornó, pude comprender que ella sabía perfectamente qué intenciones tenía yo para esos pepinos. Sin darme tiempo a buscar una excusa, me dijo: «Llevá este, yo sé por qué te lo digo». Con un dedo señaló un pepino largo que tenía una pequeña curvatura en uno de los extremos; luego se alejó. Me sentí tan avergonzada por eso que huí del supermercado sin comprar nada. Ese mismo día me dije a mí misma: «Carmen, ya estás grande para hacerte la paja con pepinos. Tenés que dejarlos y buscarte un hombre de verdad». Cumplí a medias con mi promesa, dejé de masturbarme utilizando pepinos; pero nunca busqué a un hombre de verdad. El contraste entre las uvas y el pepino era inmenso, sin embargo estaba gratamente sorprendida de cómo algo tan pequeño era capaz de brindarme una sensación tan placentera. Cuando tuve tres metidas dentro de la concha, comencé a masturbarme intensamente, abriendo y cerrando mis piernas; preocupándome frotar mi clítoris. Podía sentir las pequeñas bolitas moviéndose y empujándose unas a otras dentro de mi sexo. Metí una más, luego otra. Lo más rico era sentir cuando penetraban. Me sacudí en la cama, intenté contener mis gemidos, fruncí los dedos de mis pies y mi respiración agitada amenazaba con ahogarme si no exhalaba el aire; pero cada vez que hacía esto, un quejido de placer nacía en el fondo de mi garganta. Mis dedos estaban sumamente húmedos, los chupé una y otra vez; deleitándome con el sabor de mis propios jugos. Me metí un dedo mojado en el culo y comencé a estimularlo. No quería meter uvas allí, pero sí podía gozar con mis propios dedos; sabía cómo hacerlo, ya que era el método que utilizaba con mayor frecuencia. Por lo general podía controlar muy bien mi excitación cuando me masturbaba, pero en ciertas ocasiones, como ésta en particular, mi cuerpo tomaba el control absoluto. Mi culo se dilató gentilmente cuando introduje el segundo dedo. Los recuerdos evocados sumados con la excitación que me producía el juego con las uvas, me transportaban a un mundo de placer que llevaba mucho tiempo sin visitar. Éstos eran los únicos breves lapsos en los que olvidaba todas las penas de mi vida; sólo existía mi placer sexual. Me revolqué entre las sábanas, me puse boca abajo, luego giré y quedé mirando nuevamente el techo, arqueé mi espalda y me apoyé en mis pies, elevando todo mi cuerpo, sin dejar de estimularme ambos orificios simultáneamente. ¡Necesitaba más! Los dedos y las uvas no eran suficiente. Di un salto y me dirigí al ropero, abrí su puerta de un tirón y agarré un pequeño recipiente de desodorante femenino. Curiosamente, tenía una forma que emulaba muy bien a un pene; inclusive el glande. Aquí no estaba mi madre para inspeccionar mis adquisiciones fálicas. Agarré una suave crema de manos y unté con ella el desodorante y repetí la acción en mi cola. Regresé a la cama y me fui sentando en el borde de la misma, como si se tratara de una silla, sosteniendo con mi mano derecha el recipiente del desodorante. Éste se fue enterrando lentamente en mi culo. Al principio me produjo un dolor agudo, por lo que me detuve. Retrocedí y le di un poco de tiempo a mi ano para acostumbrarse mientras lo amenazaba hincando la punta. La lubricación que proporcionaba la crema era excelente y el desodorante era relativamente pequeño, comparado a otras cosas que me había metido por el culo. No tardé mucho en conseguir tenerlo bien adentro del orto. Me encantaba esa sensación de “puta barata” que me daban las penetraciones anales. Siempre me consideré una mujer bien educada, que se hace respetar y que no va por la vida encamándose con cualquiera; pero en el momento en que me metía algo por el culo, un interruptor se activaba en mi cerebro. Cuando esto ocurría, poco me importaba ser una mujer “respetable”. Ahí era cuando la puta dentro de mí tomaba el control. Esa puta que le hubiera entregado el culo a cualquier hombre con una verga de buen tamaño. Esto sólo pasaba cuando me masturbaba estando sola, pero en momentos como éste he llegado a pensar que si un extraño, con una buena verga, me dijera algo como: “Vení, puta, que te voy a romper el orto”; no lo dudaría ni un segundo. Me pondría en cuatro sobre la cama, y me dejaría hacer el culo toda la noche. Dejaría que me montaran como a una yegua en celo. Más de una vez, frente a un hombre, intenté dejar salir de adentro a esa puta que habita en mí; pero es algo que me cuesta mucho. Porque me atemoriza lo que pensarán de mí, o qué pasaría si alguien se enterase. Pero las preocupaciones quedarán para más tarde; ahora lo importante es el placer que me estoy dando a mí misma, nada más. En poco tiempo el desodorante se perdió completamente dentro de mi culo. Quedé sentada sobre él y resoplando de gusto, tomé otra uva, la llevé a mi vagina y la pasé entre mis labios. Acaricié mi clítoris con ella y luego la llevé hasta mi boca; pero no la mordí, sólo la lamí para probar una vez más mis propios jugos. Al mismo tiempo saltaba contra la cama, provocando que el desodorante en mi culo saliera un poco y luego se volviera a clavar con fuerza. Esto podría haberme hecho daño, pero mi culo ya estaba acostumbrado a recibir esos castigos. La lujuria se había apoderado de mi cuerpo. Bajé una vez más la uva hasta mi concha y esta vez la metí directamente por mi agujerito, disfrutando mucho la dilatación y posterior contracción de los labios internos. Dejándome llevar por la calentura, me puse en cuatro arriba de la cama, con el culo apuntando hacia la puerta de entrada; como si el hombre de mis sueños fuera a entrar por ella a metérmela hasta el fondo por cualquiera de mis orificios. Con una mano mantuve dentro el desodorante, dándole leves empujoncitos; con la otra mano me masturbé intensamente y gemí de placer con la cara pegada al colchón. Estuve haciendo esto durante un buen rato hasta que llegó el momento que tanto buscaba: el orgasmo. Me atrapó en el preciso momento en que intentaba tomar aire, por lo que mis gemidos de placer fueron sordos. Sacudí rápidamente mi clítoris y bombeé dentro de mi cola con el desodorante, sin detenerme. Logré tomar aire pero fue sólo para dejarlo escapar entre jadeos de placer. Pude notar los flujos que se acumularon en mi vagina, éstos hicieron que mis dedos se sintieran más suaves contra mi clítoris, por lo que el gozo aumentó. Finalmente caí rendida. Quedé tumbada hacia el costado, como un a****l que muere súbitamente. Intenté recuperar el aliento, mientras sonreía. Me sentía feliz, hacía mucho, pero mucho tiempo que no la pasaba tan bien. Miré el plato con las uvas y les agradecí mentalmente por haberme brindado tanto placer... por haberme regalado nuevas sensaciones. Extraje el desodorante de mi culo lentamente y lo dejé sobre la mesita de luz. Luego me senté contra el respaldar de la cama, abrí las piernas e introduje dos dedos en mi concha, en busca de las uvas. No pude sentir otra cosa que mis propios jugos y las paredes internas de mi cavidad. Separé un poco más las piernas y metí los dedos más adentro. Nada. Las uvas no estaban. Fui a sentarme en el lado opuesto de la cama, mirando para todos lados, con la esperanza de que las uvas estuvieran entre las sábanas. Tal vez las había expulsado con mi orgasmo, pero no pude verlas. Me clavé los dedos una vez más, casi haciéndome daño... pero de nuevo, la desesperante nada. Asustada me puse en cuclillas arriba de la cama, continué hurgando mi intimidad, utilizando ya tres dedos, ésta estaba dilatada y húmeda; pero las uvas no bajaban, no aparecían por ninguna parte. —¡Ay, no, no, no! No me hagan esto... —exclamé, con desesperación. Me puse de pie a un costado de la cama, levanté una pierna y busqué una vez más dentro de mi vagina. ¡NADA! No estaban, se habían esfumado. El miedo comenzó a invadirme. Me aterraba la idea de que no salieran. Me arrodillé en el piso con las piernas un tanto separadas, esperando a que la fuerza de gravedad me ayudara. Mientras me invadía el terror, las busqué. Si las uvas no salían naturalmente, entonces debería sacarlas de la forma que fuera. Dejarlas allí dentro sería sumamente peligroso ya que se pudrirían y podrían ocasionarme una grave infección... ni siquiera quería pensar en esa idea... las sacaría, como sea... en ese instante pensé en un ginecólogo y pude sentir mis mejillas ruborizándose. «¡Ni loca!» me dije a mí misma. No quería ir a un consultorio y explicarle al médico de turno que había estado masturbándome con uvas. No me sometería a semejante humillación. Estuve alrededor de veinte minutos, o más, intentando inútilmente sacar las putas uvas; pero nada funcionó. Mis palpitaciones aumentaban y disminuían vertiginosamente. Repentinamente se me bajó la presión y me mareé, allí fue cuando decidí que debía relajarme y pensar las cosas con mayor claridad. Si seguía cayendo en la paranoia, entonces estaba perdida. Me acosté boca arriba en la cama y me abaniqué con una revista vieja. Necesitaba refrescarme y cambiar el aire. «Tranquila, Carmen, ya vas a encontrar la forma de sacarlas», me dije a mí misma. Pensé en llamar a alguien de confianza... pero ya no me quedaban personas de confianza. Mi ex marido ya había quedado completamente borrado de mi vida y no tenía amigas en las que pudiera confiar en una emergencia semejante. No tenía más alternativa... debía salir de mi cuarto y pedirle ayuda a Luisa, si mi hija no me salvaba de esta... entonces estaba en un serio problema. Me avergonzaría mucho tener que explicarle la situación, pero ella ya tenía dieciocho años, comprendería muy bien la masturbación femenina. Al fin y al cabo no soy una loca, sólo intentaba pasarla bien un rato... seguramente ella también se masturbaba y habría hecho alguna locura semejante... Me envolví con la bata y miré la puerta de mi dormitorio. Tomé aire y salí en busca de mi hija. Ella era mi única esperanza. Nokomi

Autor: AkuSokuZan Categoría: Tabú

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