Relatos Eróticos de No Consentido


Mis últimas experiencias con desconocidos

2020-11-06


Desde hace un par de semanas que tengo el auto en el taller, y me veo obligada a desplazarme en taxis, o en transporte público. En este poco tiempo me sucedieron unas cuantas cosas que me gustaría compartir. Ya en mi relato anterior, el cual publiqué hace bastante tiempo (perdón por la demora a quienes prometí seguir compartiendo mis anécdotas), había explicado lo mucho que me atrae el riesgo y las situaciones límites. Esta actitud mía, de coquetear con el peligro, provocaron, hace varios años, que el portero del edificio donde vivía me viole. Esa era una de las fantasías más oscuras que tenía. Que alguien me tomé por la fuerza, y aquella vez logré concretarla. Luego, al pasar el tiempo, repetí varias veces esa perversa situación, volviendo locos a los hombres con mis idas y vueltas, hasta que se decidían a poseerme contra mi voluntad. Pero esta vez me voy a referir a lo que sucedió desde principio del mes pasado, hasta el día en que escribo estas líneas. Trasladarme hasta el centro para llegar al estudio jurídico donde trabajo siempre fue un caos. Y si cuando lo hago a bordo de la comodidad de mi vehículo con aire acondicionado, ya de por sí es tedioso, ni les cuento ahora que tengo que tomarme el bondi y el subte para ir de acá para allá. Para colmo, ahora que la feria judicial terminó, hay mucho trabajo, y como el cadete no da abasto, muchas de las diligencias debo hacerlas yo, ya que, a pesar de ser la secretaria del estudio, hace pocos meses que empecé, y parece que todavía no terminé de pagar el derecho de piso. El lunes de la semana pasada debí quedarme hasta tarde, haciendo llamadas y dando turno a los clientes. Ya eran las siete de la tarde cuando quedé libre. Estaba sola en la oficina, así que decidí asearme en el baño, tomándome mi tiempo. Me gusta salir bonita a donde quiera que voy, así que me maquillé, y me peiné prolijamente. Llevaba una pollera negra, elegante, no muy corta, pero sí bastante ceñida a mi cuerpo. Marcaba mi cola como a mí me gusta, y dejaba a la vista mis piernas, las cuales con los tacos altos parecían kilométricas. Decidí quitarme las medias, ya que hacía mucho calor. Una vez lista, salí a la calle en dirección a la parada de colectivos. A pesar de que la mayoría de las personas andan muy ajetreadas a esas horas, varios hombres se daban vuelta a mirarme, a medida que yo avanzaba por la vereda atestada de personas, y más de un conductor me tocó bocina, y me gritó cosas a las que no les di importancia. El colectivo que me llevaba hasta la estación de trenes iba bastante cargado. Hace rato que no viajaba en uno, y me incomodó un poco sentir los olores a perfume, traspiración y gracitud, condensados en un espacio tan pequeño. Un caballero me cedió el asiento, lo cual me alagó. Era un hombre que no pasaría de los treinta, con una frondosa barba negra, pelo largo, prolijamente despeinado, y tatuajes en los brazos. Parecía un rock star. Estaba buenísimo. Cuando se dio cuenta que lo miraba me sonrío. — Qué calor. — dijo. No fue muy original para comenzar una conversación, pero aun así le seguí la corriente. — Sí, está terrible. — comenté. — ¿sos músico? — le pregunté. — Sí ¿se nota mucho? — preguntó riendo. —¿Vos venís de laburar? — Sí, me gustaría ser una bohemia como vos, pero soy una esclava del capitalismo. El tipo rio, mostrando una perfecta dentadura blanca, que resaltaba con hermosura en medio de la oscura barba. — No te creas. — Dijo. — de la música no se vive. También tengo que trabajar. Soy barman. Ya me estaba haciendo una idea de la personalidad del tipo. Era fachero, y en su trabajo de barman y de músico conseguiría minitas a dos manos, por eso se había animado a hablarme con tanta naturalidad, cosa que la mayoría de los hombres no hacen porque les resulto intimidante. Pero la seguridad a veces va acompañada de una personalidad arrogante, y desdeñosa. Seguramente ese era el caso del rockerito que tenía frente a mí. Pero igual me gustaba, era simpático y estaba muy fuerte. — El viernes tocamos en un bar de Palermo. ¿Por qué no vas? Va a estar bueno, van a tocar varias bandas. — Creo que voy a estar ocupada… —dije. — Te dejo mi número, y si te arrepentís, me llamás. — Bueno, dale, decímelo. El tipo me dictó su número. — Javier. — agregó, para que lo agende. — Ana. — me presenté. — Ojalá que puedas ir. — me dijo, con una mirada que no reflejaba su interés porque conozca su música, sino que develaba sus verdaderas intenciones. De repente me di cuanta de que ya tenía que bajar del colectivo. Me puse de pie, lo saludé y bajé por la puerta trasera, sintiendo cómo me clavaba la mirada. No tenía pensado ir a ese bar a escucharlo tocar, pero no estaba de más tener el número de un bomboncito, para cuando lo necesite. Fui hasta la estación de trenes. No había hecho ni la mitad del recorrido diario, pero ya estaba agotada. Y pensar que luego debería tomarme otro colectivo más porque mi casa está a quince cuadras de la estación. Me subí a un furgón repleto de gente. Se sentía un leve olor a porro, que se alzaba y se mezclaba con los olores a desodorante barato, a cebolla, y a humanidad. En la siguiente estación subió más gente y quedé arrinconada entre varios cuerpos, sintiendo un roce constante en todo mi cuerpo. No veía la hora de que arreglen mi auto. A bordo de él solo tenía que tolerar el caos del tránsito. El contacto de mis caderas y mis nalgas con las de otras personas me parecía de lo más normal. Pero de repente creí sentir que una mano se posaba delicadamente sobre mi nalga. Supuse era una persona que, estando en una posición extremadamente incomoda no tenía más remedio que tocarme. Seguramente ni siquiera podría sacar su mano de ahí con libertad. Así que no le di importancia. Pero aquella mano que estaba en contacto con mi cola comenzó a moverse sobre mi pollera, dibujando la curva de mi trasero. Me acariciaba suavemente, con la yema de los dedos, recorriendo una pequeña parte de mi glúteo, probablemente creyendo que yo aún ignoraba lo que estaba haciendo. No me molestó del todo. De hecho, había quedado calentita con el músico que acababa de conocer, y fantaseaba con que era él el que me manoseaba en medio de una multitud de desconocidos. La persona que estaba a mi espalda se sintió con mayor libertad al ver que yo no reaccionaba a sus manoseos, y comenzó a tantearme con menos disimulo. Cuando la puerta del tren se abrió al llegar a la siguiente estación, bajaron dos o tres personas, cosa que hizo que el furgón se descomprimiera levemente. Yo aproveché el pequeño espacio que ahora sobraba para pararme más cómodamente. Me apoyé del pasamanos, y flexioné una pierna, para descansarla, logrando en el acto que mi culo sobresalga. Esto fue tomado como una invitación por aquél tipo desubicado, y acto seguido, me pellizcó el culo con fruición, dejando de lado cualquier tipo de disimulo. Aun así, todavía estábamos todos apretujados y el resto de la gente no parecía notar lo que me estaba haciendo el sujeto. Me contraje, y me moví a la derecha, encontrándome atrapada, sin poder desplazarme más que unos centímetros. Pero en realidad no quería escapar, sólo quería que el tipo crea que no tenía mi consentimiento. Me intrigaba saber hasta dónde llegaba su descaro. Por suerte no se amedrentó. Se arrimó más, y apoyó su sexo sobre mí, haciéndome sentir la terrible erección que tenía. Parecía que adentro del pantalón tenía un fierro caliente. Continuó con sus caricias impetuosas, mientras me hacía sentir su falo duro. A esas alturas yo misma estaba ya mojada. Me daban ganas de agarrarle la pija para sentirla entre mis manos. Pero no quería arruinar la fantasía. Ni siquiera me di vuelta a mirarle la cara, porque temía decepcionarme. Prefería seguir imaginando que se trataba de Javier, el rockerito que me había invitado al bar. La mano se deslizaba ya con descaro, y sentí el aliento a tabaco del tipo que jadeaba en mi nuca. En un momento levantó unos centímetros mi pollera, y sentí la mano sudada meterse por debajo y acariciar la piel desnuda de mis muslos. Y luego sentí otra cosa que me sorprendió: Mientras una mano me pellizcaba las nalgas y la otra se deslizaba por debajo de mi pollera, una tercera vino a la zaga y también intentaba meterse por debajo. Estaba calentita, pero la situación se estaba desbordando. Me removí en mi reducido espacio y me acomodé la pollera, deshaciéndome de las manos intrusas con energía. Por fin llegué a mi estación. Me fui hasta la puerta, no sin antes sentir otra vez, cómo varias manos me sobaban el culo, esta vez con mayor desesperación. Me mezclé con una marea humana, y a lo lejos escuché que alguien me gritaba. — ¡Eh rubia! ¿Cómo te llamás? — lo repitió varias veces. Yo fingí no escuchar. — Estás re buena rubia. — me gritó otra vos. Nunca supe quiénes eran. Había quedado más que excitada con los hechos que me habían ocurrido, y me dieron muchas ganas de tener sexo. Normalmente tengo cuidado, y cuando tengo relaciones con desconocidos trato de que sean personas que no me vuelvo a cruzar porque en esta sociedad de mierda, las mujeres que amamos el sexo somos consideradas putas. Pero cuando me pongo tan alzada soy incontrolable. Esa noche necesitaba una pija sí o sí. Pensé en llamar a Javier, o algún otro de los tantos tipos que tengo agendado, y que sé que me tienen ganas. En lugar de tomarme otro colectivo fui a la agencia de remis y pedí uno hasta mi casa. Quería llegar lo antes posible. Me masturbaría, y si todavía estaba calentita llamaría a uno de mis chongos. Por suerte había un auto disponible en ese mismo momento. — El Ford negro que está ahí afuera. — me indicó la recepcionista, y yo me dirigí a él. — Hola. — lo saludé al remisero. — Hola. — saludó él. Parecía haber quedado desconcertado por un momento. Seguramente le gustaba mucho lo que veía. — ¿querés sentarte adelante? — Me propuso. Se trataba de un cuarentón con algunas canas que le quedaban bastante bien. Los pequeños ojos eran verdes, y parecían sonreír. De físico era bastante imponente: una mole cuadrada que emanaba rudeza. En el trayecto no paraba de mirarme las piernas, y las tetas. Me sacó conversación, y yo le contestaba con cortesía. El hombre no tenía ni idea, pero si no decía alguna estupidez enorme, sería su noche de suerte. — Está insoportable hoy el día. — dijo. Le perdoné su falta de originalidad, porque casi todos eran iguales al principio de una conversación. — Sí. — le dije. — debe ser difícil para vos trabajar todo el día en la calle. — Uno se acostumbra. Tiene su lado bueno. ¿Venís de trabajar? — Sí, se me rompió el auto, tengo que tomarme como tres transportes diferentes para llegar. No doy más. — ¿Y para cuándo tenés con el auto? —Mínimo una semana me dijo el mecánico. — contesté. — Pobrecita. — dijo. — ahora te voy a dar mi número para que me llames directamente a mi cuando necesites un auto. Qué rápido entregan sus números telefónicos los hombres, pensé yo. — ¿Me vas a hacer descuento? — dije, riendo. Descrucé mis piernas y el perdió su mirada en ellas, hasta que las volví a cruzar. — Puede ser. Si me llamás todos los días quizá te haga una promoción. — ¿y esa promoción se la hacés a todos tus clientes o sólo a las que les mirás las piernas? — Se las hago a las de lindas piernas, y bellas sonrisas, como vos. — dijo el remisero galantemente. — Entonces yo quiero doble descuento. Por mis piernas y mi sonrisa. — dije riendo. — Si fuese por mí, a una diosa como vos la llevaría a todos lados gratis. Pero tengo que darle un porcentaje a la agencia viste. — y además me imagino que le tenés que llevar la plata a tu señora esposa. — dije, señalado con la mirada a su anillo matrimonial, con cierta malicia. Él se puso levemente colorado. — Que esté casado no quiere decir que me haya convertido en cura. Estábamos llegando a mi casa. Me preguntaba si se iba a animar a hacerme algo. Si lo hacía, no me iba a quedar otra que cogérmelo. Estaba ardiendo. — Bueno. Esa es mi casa. — dije. — Mañana me aseguro de quedar libre a la misma hora para traerte. — Mañana no creo que salga a la misma hora. Además, ¿qué te pensás, que me vas a levantar en un par de viajes? — La esperanza es lo último que se pierde. — dijo. — Tomá mi número. — Creo que mañana voy a viajar en bondi. Hoy tomé remis porque estoy muerta de cansancio nomás. — Qué lástima. ¿No te voy a ver más entonces? — No creo, además, hoy pedí remis en tu agencia de pura casualidad. Siempre uso otra. — ¿Cuál usás? Así voy a pedir trabajo ahí. — Bueno, me tengo que ir. — dije, ignorando su último comentario, esperando que me abra la puerta. — ¿Te puedo saludar con un beso? Me pareció una pregunta tonta. No contesté ni que no ni que sí. Él acercó sus labios, y yo puse la mejilla. Pero me agarró la cara con sus dedos fuertes como tenaza y me hizo girar. Entonces besó mis labios y me dio un chupón. Su lengua se frotó con insistencia en mis labios, hasta que cedí y abrí levemente la boca. Entonces metió la lengua y comenzó a masajear la mía, al mismo tiempo que sus dedos se perdían por debajo de mi pollera. — No. Pará. Si ni te conozco. — dije yo, cuando logré apartarme, con dificultad. — Ahora no me dejes con la calentura mamita. — dijo. Ya no insistió con besarme, pero su mano avanzaba por mi pierna hasta llegar a mi sexo. — estás toda mojada, chanchita. — dijo, cuando notó mi ropa interior empapada. — No, no quiero. — le dije, mirando la desolada calle. En mi cuadra no solía haber mucho movimiento después de las nueve, por suerte. — Ah no. A mí las calienta braguetas no me gustan. — me apretó el rostro con los dedos, causándome dolor en las encías y los dientes. — Soltame. — dije, como pude. — soltame, no quiero. — repetí, mientras él hacía a un lado mi bombacha e intentaba meter el dedo. Pero yo en el fondo no quería que por nada del mundo me suelte. Las situaciones violentas me ponen como gata en celo. Él pareció darse cuenta. — Por algo me estuviste provocando, putita. — dijo, apretándome más fuerte. — esto querías ¿no? — dijo, apoyando su mano en mi nuca, para hacer presión hacia abajo. — esto querías ¿no? — repitió, mientras se bajaba el cierre del pantalón al tiempo que yo me inclinaba a causa de la fuerza que ejercía sobre mi nuca. — Acá tenés lo que querías. — sacó su falo semi flácido, viscoso, y grueso. Me encontré con su miembro cara a cara. Despedía un olor fuerte que hizo que mi boca se hiciera agua. Estaba un poco torcido a la izquierda, y yo vi cómo crecía en cámara lenta. Lo agarré, envolviéndolo con mi mano, percibiendo cómo se endurecía. El remisero empujó más hacía abajo, y entonces me comí la verga. Rogaba que ningún vecino notara lo que estaba pasando, aunque era improbable. De todas formas, ya era tarde. Yo estaba engolosinada con la pija del remisero. El sabor a verga me puede. Se la chupé, devorándole el glande, y lamiendo el tronco de punta a punta, a través de su piel gruesa, sintiendo cómo me acariciaba el culo y la cabeza mientras lo hacía. Acaricié sus bolas peludas y olorosas, y también le di unos besitos con lengua, sintiendo su textura con mi lengua. — Que bien la chupás mi amor. — susurró, y me dio una nalgada. Me tragué de nuevo su pija. Me la metí hasta que el glande rozó mi garganta, y de repente sentí un chorro a presión golpear contra mi garganta. Era la eyaculación del remisero. Me hizo atragantar. Me liberé de la pija y comencé a toser y a escupir semen y saliva sobre el piso del auto. — Que cerdita linda sos. — dijo el tipo, riendo a carcajadas. — No me digas cerda. — le dije, una vez que me recompuse. — decime puta si querés, pero cerda no me gusta. Él explotó en otra carcajada y acarició mi cabeza como quien acaricia un cachorro. — Que divina que sos. — Dijo. — tomá. — agregó, entregándome un pañuelo descartable. — límpiate la boca que te quedó un poco de leche. — parecía encontrar el hecho jocoso. Luego agarró una pequeña agenda, escribió algo en ella y arrancó la hoja. — Tomá mi número. Me encantó estar con vos. Veámonos otro día. — ¿Qué, ya te vas? — le dije. Era un imbécil, pensaba dejarme caliente después de que yo se la chupé hasta hacerlo acabar. — Tengo que volver a la agencia. — Bueno, andá. Volvé. Pero ni sueñes que te voy a llamar. — Estás media loca vos ¿no? — me dijo. Esta vez hablando seriamente. — ¡loca tu hermana! — le grité. — Además vos me obligaste ¡hijo de puta! Sos un abusador. El remisero, desconcertado, no pudo controlar otra carcajada. De repente me agarró de la cintura y me atrajo hacia él. — ¿Qué querés de mi, loca de mierda? — me preguntó con rabia. — Que me cojas. — le dije sin vueltas. — ¿Qué te pensás, que las mujeres no necesitamos acabar? Se quedó con la boca abierta. Miró la hora en su celular, y pareció sopesar la situación. Agarró el nextel y mandó un aviso. — Sí, Mario. — contestó una voz distorsionada del otro lado. — Tengo que llevar a la clienta que traje recién a otra parte. — Okey. — dijo la voz. — Vamos putita. — dijo. Salió del auto. Me abrió la puerta, y me agarró de la muñeca con violencia. — Vamos putita. — repitió. Me llevó casi a rastras hasta la puerta de mi casa. Pude ver algunas miradas curiosas observándonos. No me importaba mucho, y menos en ese momento de euforia, pero esperaba que ninguno de los que nos miraban conozca a la esposa del remisero. Entramos a casa. Mario me agarró de la cintura y me levantó como si yo no fuera más que una muñeca. Envolví su cuerpo con mis piernas, e hice movimientos pélvicos frotándome con él. — Pará que prendo las luces. — dije, y acto seguido oprimí las llaves y la casa se iluminó. — llévame a la mesa del comedor. Cogeme ahí. — le pedí. Mario me llevó cargando hasta el comedor. Yo lo abracé y le di besos en el cuello, y un chupón en la oreja. — Que caliente estás mi amor. — dijo. Me puso sobre la mesa. Mis nalgas quedaron apoyadas en la orilla. Mi torso recostado sobre la madera dura. Me quitó la bombacha, y la frotó sobre su mejilla, para luego olerla. — Que rico olor a concha. — dijo, y luego tiró la bombacha a un costado. Flexioné mis piernas y puse mis rodillas pegadas a mi pecho. Mi sexo era un volcán a punto de estallar. Había largado mucho flujo vaginal y estaba hinchado. Mario me miró con deseo. Se desabrochó el cinturón sin apartar la mirada de mí, y me mostró su verga, que ya estaba erecta de nuevo. Apuntó su lanza a mi cueva húmeda. — Ponete un forro. — le dije. — yo tengo en mi cartera. Él hizo caso omiso a mis palabras, y me ensartó la verga desnuda. Me agarró del pelo, estirándomelo, causándome dolor y miedo. — Despacio. — le pedí, pero a él no le importó. Me cogió encima de la mesa con violencia. Como yo ya estaba caliente desde hace rato, no tardé en alcanzar mi primer orgasmo en unos minutos. Pero él seguía duro y no dejaba de penetrarme. — No acabes adentro, por favor. — le pedí, y como respuesta me arrancó los pelos con más violencia. — Te estoy dando lo que querías, puta. — dijo, jadeando, mientras con movimientos pélvicos me introducía su sexo una y otra vez. Luego me agarró de las tetas y las estrujó con fuerza, mientras me embestía. Tenía una linda pija: gruesa y resistente. Me hizo acabar de nuevo antes de que él mismo eyaculara encima de mi pollera. Me dejó tirada sobre la mesa, exhausta, con mi respiración entre cortada, y se fue en su auto a seguir trabajando. Los días siguientes fueron igual de tediosos, aunque menos interesantes. No volví a cruzarme con Javier, el músico, y en el viaje en tren nadie se animó a meterme mano. Mi auto ya estaba listo, pero el mecánico pretendía cobrarme mucho más de lo que imaginé, por lo que tuve que esperar unos días a ver de dónde sacaba plata para pagarle. No volví a tomar el remis en donde trabajaba Mario, pero siempre, cuando me dirigía a la parada de colectivos para ir hasta mi casa, pasaba por la agencia, y en varias ocasiones lo vi, sentado en un banco de madera en la vereda del local. Me veía con ansia, y parecía querer seguirme, pero sin animarse a hacerlo. Estaba con varios compañeros, que me miraban embobados, pero por su actitud supuse que Mario se había guardado el secreto de lo que sucedió esa noche, ya que, de habérselos dicho, los tipos seguramente actuarían con cierto desdén, y más descaradamente, ya que me considerarían una chica fácil. Cuando llegó el fin de semana me encontré sin ningún plan. Y como la cogida que me pegó Mario ya había pasado hace varios días, andaba necesitada. Busqué en el celular a Javier, ese músico barbudo que tanto me había gustado. Lo salude, aclarándole que era la chica que había conocido en el bondi. “no viniste ayer” me escribió. “no pude (carita triste)” le puse. “qué lástima. Pero el viernes que viene tocamos en Almagro (carita sonriente) acercate y después del show tomamos algo” ni loca esperaría una semana para verlo. “¿Por qué no te venís a mi casa y me haces un show privado?” Le puse. No me contestó por varios segundos que parecieron eternos. La pantalla del celular mostraba que estaba escribiendo, pero luego no indicaba nada. Así, una y otra vez, hasta que apareció el mensaje. “A la noche no puedo, pero si querés paso en un par de horas” mejor, pensé, mientras antes mejor. Necesitaba desahogarme, el estrés de la semana laboral me tenía de mal humor, y nada mejor que un buen polvo para remediarlo. Me puse un corpiño y una diminuta tanga blanca. Y encima un vestido suelto de color azul. Simple pero elegante, y me calcé unas cómodas sandalias. Me miré al espejo. Mi rostro se veía bien. Mi pelo estaba recogido, pero decidí soltarlo. El par de horas se convirtieron en tres horas, y no aparecía. Me saca de las casillas la gente impuntual. Pensé en cancelar la cita, y llamar a otro. Quizá a Mario. Pero justo sonó el timbre. Salí a abrirle, y me encontré con que no había venido solo. Junto a él estaba un chico delgado y alto, con el pelo rubio largo, suelto. — Hola. — los saludé. Abrí el portón y les di un beso en la mejilla a cada uno. — Él es Rama. — Me dijo Javier. — Un gusto. — dije yo. Ambos traían estuches con guitarras. Me preguntaba si Javier había comprendido que, si lo llamé, en realidad no fue para oírlo tocar. Más bien era yo la que le quería tocar la flauta (jeje). Los invité a pasar y tomamos Fernet con coca. — ¿De dónde son? — les pregunté. — De Villa Devoto. — dijo el rubio, mirándome con hambre. — ¿Tocan en la misma banda? — Sí, pero también nos conocemos desde hace años, del barrio. Continuamos con una charla amena, hasta que comenzaron a tocar y cantar. Javier se veía muy sexy, tocando su guitarra, y su rostro era muy expresivo cuando cantaba. Rama no estaba nada mal tampoco. La canción que cantaban era de su propia creación y no estaba muy buena que digamos, pero tenían lindas voces, y al fin de cuentas, estaban haciendo un pequeño show privado para mí, lo que hacía crecer mi ego. — ¿Te gustó? — preguntó Javier cuando terminaron. — Si, mucho. — les contesté. — Tocamos otra. — dijo rama, tocando los primeros acordes de una canción. — ¿No quieren hacer otra cosa mejor? — Les sugerí. — Lo que quieras. — Dijo Javier. — Primero te hago una pregunta Javier. —Decime. —dijo, sonriendo. Se lo veía ansioso. — ¿Por qué trajiste a tu amigo? —Dije, mirando a Rama. — ¿Pensaste que soy tan fácil que me voy a acostar con los dos? Ellos se miraron desconcertados. — Quedate tranquila. Sabemos cómo tratar a una mujer. — Dijo Javier. Me gustó que no se anduviera con vueltas. — ¿Y ya pensaron en cómo me iban a coger? — No lo hablamos en detalle. Preferimos que sea más espontáneo. — Dijo Rama. — Bueno, vengan a cogerme espontáneamente. — dije, poniéndome de pie. Se acercaron los dos. Javier se puso detrás de mí y apoyó sus manos en mis caderas. Rama me abrazó y me dio un beso muy tierno en los labios. Me di vuelta y busqué los labios de Javier, sintiendo la textura áspera de su barba en mi rostro. Mientras Rama comenzaba a chuparme el cuello. Me da un poco de cosquillas cuando me besan ahí, pero me gusta mucho. Javier me acariciaba las caderas con las yemas de los dedos, y mientras lo hacía, levantaba de a poco el vestido. Una mano sudada se metió por debajo y acarició mi muslo. Era Rama, quien mientras lo hacía, iba dando besos cada vez más abajo, dejando una huella de humedad sobre mi piel. Javier levantó mi vestido hasta dejar a la vista la tanga, y me lo quitó. Se agachó y me dio un mordisco en el culo, para luego sacarme la tanga con los dientes. Rama me quitó el corpiño en un movimiento rápido e imperceptible. Me había quedado en tetas sin que me diera cuenta, y él ya estaba presionando el pezón con sus labios, cosa que me causó un placer delicioso. Escuché algo liviano caer en el piso. Era la remera de Javier, quien se la había sacado. Giré para mirarlo mientras el otro me seguía saboreando. A pesar de que no era muy corpulento, Javier tenía un lindo físico de músculos marcados. Rama lo imitó y dejó ver su torso desnudo. No tenía pelos en el pecho, y era bastante delgado, casi frágil. Sin embargo, el calor del momento no me permitió decepcionarme. Mientras volvía a comerme las tetas, yo lo ayudé a desabrocharse el cinturón, y le desabotoné el pantalón, y bajé el cierre. Mientras escuchaba cómo Javier se deshacía de sus prendas en un movimiento brusco. Le bajé los calzoncillos a Rama, y apareció la verga delgada y pálida hinchada, pero no del todo erecta. Giré y vi Javier desnudo. De una maraña de abundante vello púbico sobresalía la verga imponente. Era gruesa y de venas marcadas, y la cabeza estaba colorada. Agarré ambas pijas con delicadeza y comencé a masajearlas. La de Javier parecía una roca, y la de Rama ya comenzaba a endurecerse más y más. Ambos se acercaron y me rodearon con sus cuerpos mientras yo seguía pajeándolos. Sus manos iban de un lado a otro, recorriéndome con deleite. Sentí una lengua experta besando mi cuello, como vampiro sediento de sangre, mientras una mano se internaba en mi sexo y acariciaba mi clítoris al mismo tiempo que masajeaban mis nalgas con ternura. No sabía quién hacía qué, los tres estábamos enredados en una sucesión de besos y caricias, y nuestros cuerpos se confundían uno con otro. Embargada por el éxtasis, no tenía noción exacta de dónde estaba, pero de alguna manera, nuestros cuerpos se acomodaron de una forma conveniente sobre el sofá de la sala de estar. Javier había quedado abajo. Me encontré dándole besos a su tórax, chupé su pezón y se lo mordí, a lo que él respondió mordiéndose los labios para no gritar, aunque igual le gustó, porque me pidió que le repita. Mientras recorría su cuerpo con mi lengua, él apuntó su verga y la enterró en mi sexo despacio. Entonces apoyé mis manos en su pecho e hice movimientos pélvicos en perfecta sintonía con los que hacía él mientras me la metía y sacaba. Mientras tanto Rama me chupaba la espalda, mientras enterraba un dedo empapado con su propia saliva en mi culo. Ya me imaginaba lo que vendría: una vez que mi ano estuviese lo suficientemente dilatado, me enterraría su verga delgada. Mientras rama jugueteaba pacientemente con mi trasero, yo seguía disfrutando de la verga de Javier, quien se mojaba los labios con su lengua mientras me estrujaba las tetas y daba cortas embestidas contra mi sexo. Le di un beso apasionado y me abracé a él, tenía un rico olor a perfume y transpiración. Olor a macho. Luego me erguí, y me puse en una posición tal que la pija entera se introdujo en mí. Fue en ese momento cuando comencé a sentir al falo de Rama hacerse lugar en mi culo. Me puse en una pose más conveniente para que pudiese meter un pedazo de pija más grande. Lo metió milímetro a milímetro con paciencia y pericia. El sexo anal no es lo que más me gusta, pero aun así lo disfruté. Nos quedamos un buen rato uno encima del otro. Los dos adentro mío. La sala de estar se llenó de olor a transpiración y sexo. Acabé con ambos falos adentro de mí, y luego de eso, ellos siguieron erectos un buen rato, metiendo y sacando sus pijas insaciables, hasta que acabaron, ensuciándome la cara y las nalgas con semen. Nos quedamos un rato más jugando con nuestros cuerpos, hasta que tuvieron que irse a tocar a ese bar del que me habían hablado. Me insistieron para que vaya, pero no había manera de que me convenzan, ya me habían dado lo que quería, y prefería terminar el día viendo alguna película en soledad.

Autor: Ana Del Veliz Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX

El asalto a la finca

2020-10-28


Una venganza en contra del capataz de la finca ‘San José, ubicada en la vereda Los Calabazos del corregimiento Valencia De Jesús, en el sur de Valledupar, Colombia, sería la razón por la que cuatro hombres armados ingresaron al predio, lo despojaron de todos los objetos de valor y además abusaron sexualmente de su pareja. Los hechos ocurrieron a las 12:40 de la madrugada del lunes 30 de julio, cuando Ernis Enrique Ortiz Torres como todos los días, se levantó para despertar a los mañaneros (trabajadores de la finca) para ordeñar el ganado, ya que estaban durmiendo en otra habitación. El capataz despertaba a los trabajadores de la finca para iniciar las labores de ordeño. De repente se escucharon unos gritos y luego entraron varios sujetos al cuarto de la pareja, con pistolas, machetes y un chopo, indicándoles que entregaran la plata y empezaron a golpearlo mientras le decían que todo le pasaba por ‘sapo’, que venían por orden de la guerrilla a matarlos. Luego de recibir el dinero, obligaron a su mujer a quitarse la ropa frente a todos, la ataron las manos detrás del cuerpo, empezaron a manosearla, le introdujeron los dedos en la vagina y el ano, y pretendían violarla frente a su esposo; pero la sacaron afuera para golpearla a patadas, y después los indiciados la llevaron a un baño ubicado fuera de la habitación para accederla carnalmente. Uno de ellos le echó el semen en la boca cuando terminó y el otro la accedió por detrás, y finalmente la agarraron del cabello con fuerza y se lo cortaron con una navaja. Los delincuentes se llevaron tres millones de pesos entre dinero en efectivo y objetos. Al parecer, todo fue en venganza contra el capataz ya que días antes había reportado a su patrón que un jornalero de la finca, que es hermano de uno de los hoy acusados, había matado a un burro ahorcándolo y por ello, este había sido despedido.

Autor: Anónimo Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX

Así fue mi violación

2020-10-28


Hola, soy mujer y aquí les dejo como fue que me violaron. Para ese entonces tenía 22 años ahora tengo 25, no soy ni alta ni baja, tengo buenos pechos, unas nalgas bastante paraditas. Ese día iba caminando por la calle de noche con un vestido rojo muy corto y ajustado iba a un centro nocturno para encontrarme con unas amigas. De momento siento que me ponen una navaja en el cuello y una voz que me dice que mejor no gritara o iba ha ser peor, me pone contra la pared y me empieza a tocar con la otra mano, yo le digo entre lágrimas que no me hiciera nada, a lo que él me respondió que me iba hacer lo que le diera la gana y que me callara mejor si no quería que me rajara el cuello. Luego comenzó a pasarme la lengua por la lengua y por la cara y a levantarme el vestido y bajarme la tanga y empezó a penetrarme, uffff que polla tenía el desgraciado, no podía creer que me gustara creo que hasta solté un orgasmo, luego de unos cuantos minutos penetrándome se vino adentro de mi, lo que hizo que yo también me viniera. Saco su polla y se fue corriendo, yo en cambio me quede masturbándome.

Autor: Anónimo Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX

Mi zorrita morena 1

2020-02-26


Hola, mi nombre es Christian vivo en ciudad de Mexico, tengo 22 años, soy un chico bastante normal, piel clara, cabello negro, ojos cafés y mido 1.83. Desde hace ya varios años me he sentido atraído por la idea de abusar de alguna chica. Podrán decir que estoy mal, pero vamos, todos sabemos que es algo con lo que las mujeres sueñan, una profunda fantasía que todas tienen. Mi fetiche comenzó al ver porno de ese genero, ver a las mujeres indefensas e incapaces de escapar de su situación. Ver como eran sometidas y usadas al gusto de su o sus abusadores. Mi historia comienza las pasadas vacaciones, cuando yo y mis padres decidimos en ir a un pequeño pueblo de Veracruz cerca del estado de Chiapas. Ahi vive familia por parte de mi padre, la mayoría de ellos realmente. No habría problema ya que nos quedaríamos en una casa desocupada que es de unos tios, ellos realmente no la usan y solo es ocupada, como en nuestro caso por quienes van de visita. No me gusta mucho ir a allá, no soporto el clima, es cálido, húmedo, bastante tropical por decir algo, y eso no me gusta en lo mas mínimo. Pero pues había que ir, salir de la ciudad era necesario Para a mi, asi que al final termine por ir. Llegamos durante las primeras horas del dia, nos saludamos con la familia y entramos a la casa donde nos quedariamos, entre a una habitación, claro dónde me tocaría dormir a mi y claro mis padres fueron a la suya, asi es que dormí unas horas. No había pasado mucho quiza 3 horas cuando desperté ya que escuche voces y claro sali a ver, era mi pequeña prima, se llama Karla y tiene 12 años, es bastante hermosa, aunque no es de ella de quien trata la historia sino de quien la acompañaba. Su amiga de la escuela, cuando la vi, no podia creerlo, ante mis ojos ella era una diosa, una jovencita y nubil diosa digna de los mas profundos deseos y anhelos, mi prima me vio y corrió a saludarme. Hola primo como estas, ya tenía ganas de verte. Me dijo mientras saltaba a mi y me abrazaba. Hola Karla, como estas primita, es bueno verte. Le dije mientras la abrazaba. Ella es Mara mi amiga, acabamos de salir de clases y la traje para que te conociera, que bueno que no estas dormido todavía. Mi prima al parecer le había contado mucho sobre mi, ya que siempre que iba, jugábamos mucho al basquetbol, ya que ella ama ese deporte, y dado el hecho de que soy un poco alto, le enseñaba a jugar, aunque a mi no me gustara mucho ese deporte. Yo le dije. Muy bien, quien es tu amiga entonces. Se llama Mara, tambien juega básquet, y tiene 12 años como yo. Hola Mara. La saludé y me respondió igual, algo apenada y con un simple hola también. Para ponerlos en contexto esta dulce zorrita, Mara es una chica de alrededor de 1.2 m, delgada, pero ya bien formadita para su edad, piel morena algo oscura cabello largo y rizado un poco decolorado y descuidado, una hermosa cara con ojos grandes y negros, y unos hermosos labios. En resumen esta putita parecía ser de ascendencia afromexicana, cosa común en algunos lugares al sur del país. Despues de que estas chicas, mi prima y mi futura zorrita Mara nos saludáramos, ellas se fueron, se despidieron de mi y mis padres y salieron, no supe a donde, quiza a la casa de alguna de ellas. Lo que quedaba del dia, no dejaba de pensar en Mara, mi mente creaba historias y estas cada vez eran mas sucias. Yo debía hacer de Mara mi zorrita personal antes de volver a casa. Nunca había pensado tal cosa de una forma tan constante, pero esta vez solo sabia que tenia que hacerlo. Al dia siguiente desperté mas temprano, tome un baño, y espere a que estas chicas pasaran de vuelta, ya que al volver de la escuela tendrían que pasar de nuevo por ahí, y conociendo lo mucho que nos queremos yo y mi primita, sabia que ella volveria para saludarme ese dia. Cerca de las 2 pm tocaban a la puerta, fui a ver y abri, sorpresa que solo estaba mi prima afuera. Hola primo, como estas me dijo mientras volvia a saltar para que la abrazara. Bien pequeña. Le respondí. Ella entro a la casa y en eso yo pregunte por su amiga. Donde esta tu amiga Mara ? Hoy no viene contigo, le dije. Se fue fue a su casa. Me respondió mi primita. Platicamos un rato y ella se fue a su casa. Todo parecia tranquilo, pero mi mente no dejaba de hacer de las suyas y todos mis pensamientos eran sobre esa zorrita de Mara.

Autor: ChristianF Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX

Sexo con mujer dormida

2019-12-22


Esta historia paso hace tiempo, cuando vivía con una chica con la que al paso de los años el sexo no era ni rico ni frecuente. Mi ex mide 1.70m, de piel blanca, pechos copa c, trasero mediano; algo respingón, cara bonita y coqueta, piernas torneadas; pues en su trabajo caminaba mucho. A unas casas de donde vivíamos, había una vecina que parecía tenia farmacia en casa; ya que por sus diversas enfermedades y dolencias tenía el botiquín repleto. Se me ocurrió pedirle en una plática que tuvimos unas pastillas para tratar de conciliar el sueño; pues a veces no podía cerrar el ojo le comenté. Ella me dio unas advirtiendo que eran muy fuertes y que podría tardar en despertar. Un día de total calma, a la hora de la comida, molí una pastilla para diluirla en su bebida. Le pedí que se arreglara porque la quería invitar al cine. Al término de la comida, ella se preparó para irse a dar un baño. Al salir me comento que de pronto le empezó a dar mucho sueño; por mi parte le pedí que no hiciera caso. Al estar arreglada, no pude evitar la excitación. Vestía una minifalda negra con medias negras que transparentaban sus piernas, acompañadas de unos botines de tacón, un top negro y una chamarra igual. Volvió a comentar que esta vez tenia muchísimo sueño; le pedí que se sentara un momento en la mesa y que se relajara un poco. Con los nervios de punta salí a fumarme un cigarrillo. Tarde un poco en entrar y cuando lo hice, ahí estaba ella, recostada en la mesa. Me cerciore que estuviera dormida, le hable, la moví, le jale una mano dejándola caer en la mesa y nada. Estaba totalmente inconsciente. Jale un poco la silla, comenzando a acariciarle sus lindas piernas, pasando por debajo de su minifalda, rozando con un dedo su rica vulva, subiendo hasta llegar a esos senos que me volvían loco, acariciando sus labios pintados de rojo. La acomode en aquella silla con las piernas abiertas para disfrutar de su olor a limpio y a perfume, metí la cara para aspirar el aroma de su vagina, bese sus pechos por encima de aquel top, bese sus labios, sus pómulos, metiendo la lengua en su oído. La lleve a la recamara, dejándola acostada con las piernas bien abiertas y ahí comenzó la parte final de mi plan. Le bese los labios, pasando por sus senos, quitándole la chamarra, el top y el sostén. Le quite la mini para disfrutar un poco la vista de verle una tanga negra, bese su vulva, sus piernas, lamiéndolas hasta llegar a los muslos, quite la tanga para darme lujo de probar el sabor de su vagina a medio depilar. Metiendo un dedo, luego dos, jugando con la lengua en su clítoris. Ella no daba signos de reaccionar; pero eso ya no me importaba. Me acomode encima de ella y de una estocada zaz. Su vagina era clavada por mi verga babeante y a punto de reventar el pantalón. La saqué un instante para llevarla a su boca, follaba su boca hasta lo más profundo, cuidando de no ahogarla. Ahora la acomode en cuatro patas; pues a ella no le gustaba el sexo anal. Le chupe y lamí el culo como si estuviera demente, haciendo lo mismo que en su vagina, un dedo, dos dedos y su respectiva clavada. Me sentí en la gloria, poseyendo ese culito virgen y apretado. Así estuve largo rato, dándole de nalgadas, tirando de sus cabellos, estrujando por detrás sus pechos con todo y pezón. Después de un tiempo, sentí que me llegaría un orgasmo, acelerando los movimientos le llené aquel culo respingón de mi leche. No quedando conforme, me limpie el glande para otra vez dárselo por la boca. Acomodándome para hacer el 69. ¡Que rico sentía aquella acción! Su vagina recibió por segunda vez mi caliente palo, mi boca estaba como loca entre mordiendo, chupando y lamiendo sus senos. Con una mano le abrí la boca, sacándole la lengua, para jalarla con mis labios, aprisionándola y lamiéndola. Puse sus piernas en mis hombros para darle más duro. Seguía lamiendo sus piernas, dejándole húmedas las medias, mi ritmo era cada vez más duro. De pronto. Otro orgasmo. Lo curioso es que tanto ella como yo lo tuvimos al mismo tiempo. Sentía como esa corriente eléctrica recorría mi cuerpo, al grado de hacerme gemir. Caí encima de ella, besando sus labios, mejillas y su frente, pensando en lo que había hecho. Al sentir que sus jugos escurrían de mi cabeza, le frote el glande en sus labios carnosos. Así estuve un rato, meditando en aquel acto de violación que tanto me excito. A los pocos minutos recobre la erección, dándome otro festín con ella totalmente inconsciente. Esta vez con sus piernas en mis hombros, la penetre por el ano, para aprovechar aquel momento de recobro. Sigo insistiendo que era tan grato sentir su estrecho hoyo, apretando mi verga. Pasaron cinco minutos, para llenarle otra vez su culito con mis líquidos; que ya no salió tanto como al principio, pero de igual modo lo disfrute. Ya cansado la limpie, la vestí y la acomode como siempre se duerme; eso sí, dejándola sin botines. Al día siguiente se disculpó por quedarse dormida y por no haber ido al cine. Vladimir escritor

Autor: Vladimir chavarria Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX

Educando como sumisas a las hijas de mi jefe 2

2019-11-24


Las dos muchachas intentan asesinarme, y mi venganza no tiene límites. Aviso a navegantes, más que violento este relato es perverso. Hay escenas filiales, anales, pero sobre todo mucha manipulación. También les dejo la: Primera Parte Esa noche estaba contento, la primera parte de mi venganza había ido sobre ruedas, no solo me había apoderado de sus vidas, sino que había ya forzado a la más joven de ellas. Natalia, no siendo la más dura de mis oponentes, era en cambio la que mejor cuerpo tenía. Un metro setenta de hembra de infarto al que acababa de ver retorcerse entre mis brazos cuando de una manera cruel desvirgué su parte trasera. ​«La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno», murmuré para mí recordando sus gritos mientras recitaba la frase de Walter Scott. Eva era diferente, sus curvas menos perfectas, pero más atractivas me subían la libido solo con pensar en cómo me apoderaría de ellas. Pechos grandes, duros. Caderas poderosas donde agarrarse. Y una mala leche que tenía que domesticar. Pobre destino el de las dos hermanas, su padre me había confiado una misión, educarlas y por dios que iba a conseguir que esas dos pijas bebieran de mis zapatos antes que terminara la semana. ¡Nada ni nadie me lo impediría! La habitación del viejo donde estaba durmiendo era enorme. Su cama de dos por dos era del tipo oriental con un dosel de madera, sustentado por cuatro columnas y del que cuelga una especie de mosquitero que supe al verlo que me podría servir en el futuro. Tras dejar tirada a Natalia, me entretuve en revisar el cuarto que iba a ser mío al menos seis meses. El armario constaba de tres cuerpos, el principal estaba repleto de ropa de Don Julián, sus trajes perfectamente planchados, sus corbatas de Armani y sus zapatos de Gucci lo llenaban por completo. La criada había acomodado mi ropa en el que estaba a la izquierda, pero mi sorpresa fue, al abrir el de la derecha, descubrir un enorme surtido de instrumentos de sado. Puto anciano, me había conseguido engañar durante tres años. Nunca hubiese supuesto que entre sus gustos estuviera el sexo duro, pero sonreí al pensar el uso que le iba a dar yo a ese arsenal. «Eso será a partir de mañana», sentencié mientras me iba a la cama. El colchón era excesivamente duro, de esos que recomiendan los médicos, pero en lo que resulta imposible dormir hasta que te acostumbras. Gracias a lo cual, dos horas después seguía dando vueltas en la cama sin poder dormir. Y digo gracias porque me permitió oír como las hermanas salían del cuarto y tomaban el pasillo en dirección al de su padre.Sabiendo que eran unas arpías y que la visita que tenían planeada a donde supuestamente yo estaba descansando, no era de cortesía, sino que sus intenciones no podían ser otras que castigarme y humillarme, me levanté en silencio a esperarlas. Pero antes de esconderme en el baño, coloqué las almohadas de forma que parecía que seguía frito bajo las sabanas y aguardé.No tuve que permanecer mucho tiempo refugiado tras la puerta. Apenas había pasado un minuto cuando escuché que entraban a la habitación. A través del resquicio, oí como entraban de puntillas y poniéndose enfrente de la cama, susurraban entre ellas cuando de repente sonó un tiro. No me podía creer lo sucedido. Eva sostenía una pistola humeante, con la que había disparado al bulto que ellas pensaban que era yo. «Han intentado matarme», todavía impactado razoné mientras Natalia gritaba asustada, diciéndole que, si estaba loca, que eso no era lo planeado. Su hermana soltando el arma se encaró a ella, contestándo: ―Te acababa de violar y yo al escuchar tus gritos llegué a defenderte. ¡Fue en defensa propia! «Será zorra», pensé desde mi escondite. Aunque había supuesto que no iba a aceptar mi autoridad a la primera, su violenta reacción desbordó todas mis previsiones. Todavía en el baño, vi como después de discutir unos momentos las dos hermanas se dirigían a comprobar el resultado. Si esperaban encontrar mis sesos desparramados, se llevaron una desilusión, al descubrir que le habían atinado a la almohada y que en vez de sangre lo que estaba esparcido por el colchón no era sangre sino plumas. ― ¡No es él! ― dijo Natalia al recobrarse de su estupor. Una cruel carcajada resonó entre las cuatro paredes, momento que aproveché para salir y apoderarme del arma que Eva había dejado sobre la cama. Las dos hermanas al oírla, se dieron la vuelta para descubrir que en medio de la habitación y con ese pedazo de metal en la mano el pedazo de metal las apuntaba. La más pequeña se arrodilló en el suelo diciendo que no había sido idea suya, que su hermana le había obligado. En cambio, Eva se mantenía erguida demostrándome su valor. ―Creo que voy a llamar a la policía… veamos quince años por intento de asesinato, más otros cinco por nocturnidad, alevosía y ventaja… en total veinte. Sus rostros empalidecieron con la perspectiva, incluso la más altiva de las dos se desmoronó llorando, pidiéndome perdón. Cuanto más lloraban, más estaba disfrutando la situación. Y recreándome en su desgracia las expliqué: ―Fijaros, vuestro padre en un viaje de seis meses no podrá hacer nada por vosotras y para cuando se entere y os pueda buscar un abogado ya habréis sido sentenciadas y seréis las cachorritas de alguna celadora o de alguna presa en la cárcel. Os prometo iros a visitar para oír de vuestros labios a través de un enorme cristal como os tocan y violan noche tras noche. Su orgullo había desaparecido. Las dos niñas bien que no habían tenido reparos en reírse del segundón de su padre, hincadas sobre la alfombra, me imploraban, me prometían que no volvería a suceder y que, si las perdonaba, me obedecerían y harían todo lo que yo quisiera. ― ¡Con eso no basta! ― grité. A Eva que era la inteligente de la pareja, se le iluminó su cara al oírme, "está negociando" debió de pensar y por eso levantándose del suelo, me preguntó: ― ¿Qué quieres? ―Vuestra completa sumisión, durante los seis próximos meses seréis mis esclavas. Ni siquiera preguntó en qué consistía, ni tampoco discutió ningún término del acuerdo, ayudando a su hermana pequeña a incorporarse, contestó: ―Hecho, durante seis meses seremos tus esclavas. ―Zorrita, ¡para ti!, ¡soy amo! Se le saltaron dos lágrimas cuando rectificando dijo: ―Hecho, durante seis meses seremos tus esclavas, Amo. Con otra carcajada, cerré el pacto antes de decirlas: ―Desnudaros, quiero revisar la mercancía. Después de unos instantes de perplejidad, sus dos camisones cayeron al suelo dejándome disfrutar de sus cuerpos. Dos preciosas mujeres me mostraban tímidamente sus encantos. Acercándome a ellas, sin soltar en arma, retiré los brazos de Natalia que me impedían contemplar con libertad sus pechos y obligando a Eva a abrir las piernas, introduje el cañón entre sus muslos. Ambas mujeres se mantuvieron en silencio todo el tiempo que duró mi exploración, ni siquiera se quejaron cuando les abrí las nalgas para contemplar sus ojetes. Esas dos sabían lo que se jugaban, pero no hasta donde podía llegar mi perversión. ―Tumbaos en la cama― les ordené. Mientras lo hacían acerqué una silla desde donde tener una perfecta visión de los que les iba a obligar a hacer. Sentándome en ella, me acomodé antes de darles otra orden. Cuatro ojos me contemplaban asustados sin saber a ciencia cierta que les iba a pedir, pero conscientes que no le iba a gustar. ― ¿Os queréis? ― mi pregunta absurda, les destanteó: ―Quiero verlo. ― ¡Somos hermanas! ― intentó protestar Natalia al coger al vuelo de inmediato el verdadero significado de mis palabras. ― ¡No somos lesbianas! ― secundó la otra. Cabreado, me levanté dándole un tortazo a la que tenía máscerca. ―Mejor el chocho de una persona amada que el de una carcelera. Me entendieron a la primera, era eso o pasarse los próximos veinte años entre rejas. Eva, la mayor, fue la primera en rehacersey tratando de tranquilizar a su hermana, le susurró al oído algo que no pude oír, pero si contemplar el resultado. La muchacha se tumbó en la cama, con las piernas abiertas, dejando que la tocase. Venciendo la reluctancia que le provocaba el incesto, posó suavemente sus labios en los de Natalia antes seguir bajando por su cuello. La lengua de Eva recorrió lentamente la piel que separaba el hombro de los pechos, lo que provocó que se le erizara la piel y en consecuencia el negro pezón se endureciera. No era por deseo, tampoco por asco, quizás lo que le ocurría es que era una novedad. ―Juega con él― ordené. Supo al instante a que me refería. Y dejando un húmedo rastro, fue acariciando las rugosidades de la areola antes de que,abriendo la boca, succionara su pecho en su interior. Natalia no pudo reprimir que un primer gemido surgiera de su garganta al sentir la lengua de su hermana jugando con su botón. ―Muérdelo― dije desde mi sillón. Los dientes de Eva se cerraron sobre el seno de su hermana mientras que su mano recorría su estómago acariciándola. No dije nada, pero me encantó ver como su sexo empezaba a brillar por la excitación. Había dicho que no era lesbiana pero esa forma tan experta de mamar un pecho, la delataba. ―Cómete su coño. Dirigiéndome una mirada asesina, nuevamente su lengua reinició su camino y centímetro a centímetro se fue acercando a su destino, el depilado sexo que le esperaba. Con una tranquilidad pasmosa, fue separando los labios con la punta antes de que su aliento ni siquiera lo tocara. La reacción de la niña fue la que me esperaba, los dedos de sus pies de tensaron al notar su cercanía,pero no hizo ningún intento de cerrar la piernas. Viendo su tranquilidad, Eva se apoderó de su clítoris recorriendo todos sus pliegues mientras lo humedecía con su saliva. Esta vez el gemido fue más profundo, surgiendo desde su interior salió despedido como un ciclón de su garganta. Con su cueva inundada y mordiéndose el labio, dejó que su hermana continuara. Eva, envalentonada, mordisqueó la pepita de placer con sus dientes para sorprendida recibir en su boca la primera oleada de flujo. Solo viendo como disfrutaba bebiendo el elixir que manaba de la almeja, se acabaron mis dudas: ¡esa mujer era al menos era bisexual! ―Usa tus dedos. La larga cabellera rubia se incorporó para rogarme. Pero no obteniendo clemencia, se volvió a agachar entre las piernas de su querida hermanita. Con el dedo índice en el interior y como si de un pene se tratara fue introduciéndolo y sacándolo al compás de los chillidos de su víctima. ―He dicho ¡dedos! El segundo se incrustó al escucharme. Y tras acomodarse en su interior, recorrió su vagina acariciándola. La excitación de Natalia ya era palpable. Con los brazos extendidos sobre las sábanas, sus manos se cerraban y abrían de placer al sentir como el tercer dedo se introducía dolorosamente en el interior de su vaina. Esta vez, ya con la vagina llena se retorcía con cada envite de su hermana, gimiendo lloraba la degradación que sentía al derramarse hirviendo en su interior, producto de tan fraternal atención. ― ¡Más! ― grité a Eva. La cara de sorpresa de ambas muchachas se transformó en indignación al escucharme decir: ― ¡Toda la mano! El placer se convirtió en tortura cuando intentó delicadamente introducir otro. El estrecho coño de Natalia no admitía nada más. Por mucho que intentó dilatarlo con caricias había llegado a su máximo. Su lengua, su saliva fracasaron en el intento. Gruesas lágrimas, recorrían las mejillas de ambas mujeres. Pero sobre todo las de Eva. En la suerte le había tocado el papel de verdugo y al igual que su víctima sufría con sus maniobras. ― ¿Quieres que lo haga yo? ― comenté riéndome en su cara. La mueca de espanto que vi en su rostro fue suficiente respuesta. ―Lo siento― escuché que le decía a Natalia y cerrando los ojos, forzó su vulva con sus cinco dedos. Los gritos estallaron en la habitación. Chillidos de dolor sufrido y de espanto provocado por la culpa de suministrarlo. Aria majestuosa a mis oídos, música alegre que me hablaba de mi venganza. Incapaz de soportar el castigo, la morenita trataba de zafarse reptando por el colchón. Pero la rubia sabedora de que, si lo conseguía, un correctivo aún más cruel y brutal recaería sobre las dos, se lo impidió. Olor a sumisión y a sexo. Paulatinamente, los gritos se fueron transformando en sollozos. Gemidos ahogados que dejaron de resultarme divertidos. ―Ven aquí― dije suavemente a la rubia, pero en cuanto vi que se levantaba, la grité: ―A cuatro patas. No tardó nada en llegar a mi lado, gateando sobre la alfombra. Con el rímel corrido, dejando tras de sí oscuros riachuelos que bajando desde sus ojos recorrían su cara, se puso a mi vera. ―Bien hecho, zorrita― susurré acariciándole la melena: ―Has sido una buena esclava y te mereces una recompensa. Poniéndome de pie, le acaricié el lomo y recorriendo sus caderas llegué a sus poderosas nalgas, a las cuales regalé un doloroso azote. No escuché ningún quejido. Separándole las nalgas, verifiqué el estado de su oscuro agujero, llevándome el presente de descubrir que al igual que el de su hermana era virgen. Introduciéndole un dedo, le cuchicheé que me gustaba pero que lo iba a reservar para más tarde. Tenía un objetivo claro y un instrumento que usar. Dándole otro cachete en su trasero, la exigí que se abriera más y que levantara el culo. Vi como esa mujer, antes altiva y orgullosa, sumisamente se ponía en posición de castigo. «Me está gustando esta nueva zorrita», pensé mientras le recorría con el frío cañón su piel. Eva al darse cuenta cual era el instrumento que la tocaba, empezó a temblar de miedo. ―Tranquila, a priori mi intención no es disparar― dije mientras separa los labios inferiores y de un solo golpe le introducía hasta el mango el arma. Gritó de dolor, pero no hubo ni un pestañeo por su parte. Dejé que se fuera relajando antes de cómo si fuera un mortífero consolador empezar a sacar y a meter la pistola. ―Tengo miedo― me rogó. No me digné a contestarla, la muchacha no sabía que la había descargado para evitar accidentes. La tenía donde quería. A mis pies, llorando por su vida. Otro azote tuve que darle para que se moviera. ―Piensa que es mi pene― susurré en su oído, mordiéndole una oreja. Cerró los ojos, tratando de imaginarse que el duro tubo que la penetraba era en realidad de carne endurecida por acción de la sangre bombeada. Poco a poco, percibí que sus movimientos al principio circulares se iban convirtiendo a ritmo de su excitación en lineales, de adelante hacia atrás y como sus caderas sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, terminaron presionando sobre mi mano para que profundizara su empalamiento. «La muy puta, ha conseguido ponerme bruto», tuve que reconocer cuando visualicé que la calentura había empapado su sexo y que le estaba sobreviniendo un orgasmo brutal. Como preví sus muslos vibraron al recibir las descargas de su clímax y berreando como una cerda, la antes altiva se corrió sobre la alfombra. Sacando el arma de su interior, le agarré del pelo y llevándola donde su hermana, le obligué a arrodillarse. Echando a Natalia de la cama, me senté a su lado. ―Ya sabéis que hacer― dije quitándome los pantalones. Mi extensión estaba en todo su esplendor. Las muchachas a mi lado esperando que les obligara a apoderarse de ella. Silencio en el cuarto. Todo era tensión. Un brillo en sus ojos me hizo pensar que quizás creían que podían jugármela por eso apuntando a la más joven en la sien, las informé: ―Sin tonterías, no quiero decorar tu cara con un agujero. Mensaje recibido. ―No quiero que se desperdicie ni una gota. El paraíso. Dos bocas y dos lenguas afanándose en ser la mejor. Eva, reclamando su primogenitura, fue la encargada de jugar con mi glande mientras su hermana se dedicaba a masajear con su boca mis testículos. No hubo pliegue ni milímetro de todo mi pene que no fuera humedecido por ellas. Me resultó curioso, la manera tan exquisita y dulce que lo hicieron. Temiendo mi reacción se esforzaban en hacerlo bien y de esa forma, consiguieron que en breves minutos empezara a sentir los primeros síntomas de mi propio orgasmo. Las mujeres al notarlo se entregaron sin pausa a su tarea, incrementando el ritmo y la profundidad de sus caricias hasta que las primeras gotas de líquido pre seminal aparecieron en mi glande. Eso desató su locura, cada una de ellas quería congraciarse conmigo debido al terror que las atenazaba y por eso pugnaban por ser ellas quien recibiera en su boca mi semilla. Cuando exploté lo hice repartiendo mi semen entre las dos. Ambas tuvieron su parte y se lo tragaron golosas mientras sus manos terminaban de ordeñar mi miembro. Fue brutal, ¡la mejor mamada de mi vida! Tal era su pavor que se mantuvieron chupando y succionado mis partes bastante tiempo después de haberme dejado seco. Lo que aproveché para reponerme. ―Natalia, abre ese armario y saca dos esposas. La joven se levantó de la alfombra y abrió las puertas del mueble. Alucinada descubrió una faceta desconocida de su progenitor al ver que estaba lleno de aparatos de sado. Sin hacer ningún comentario, buscó y recogió lo que le había pedido. ―Ahora, ataos zorras mías a las columnas de la cama. Con lágrimas en los ojos, puso uno de los extremos de una esposa en la muñeca de Eva y el otro a uno de los soportes del pie de la cama. Cuando iba a hacer lo propio con su muñeca, me oyó decir: ―No perrita, tu átate aquí arriba. No vaya a ser que esta noche me apetezca usarte. Esa noche, dormí acompañado por dos mujeres humilladas, dolidas y usadas. En mi fuero interno sabía que no era suficiente, debía de someterlas, dominarlas y adiestrarlas para que pasados los seis meses y su padre volviera, ya estuvieran condicionadas y fueran mis esclavas por voluntad propia. Pensando en ello, me acosté al lado de la cachorrita de pelo negro que muerta de miedo me esperaba en el colchón desnuda,pero sobre todo dispuesta… —————————————— CONTINUARÁ ————————————————————— (golfoenmadrid@outlook.es)

Autor: GOLFOENMADRID Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX

Violada por el profesor de mi novio

2019-11-18


Fui engañada y obligada a dejarme usar por un profesor de mi novio. Después de mucho tiempo y esfuerzo, lo había conseguido. Mi novio había terminado la carrera de Ciencias Ambientales y yo le estaba acompañando en la ceremonia de graduación. Los últimos meses habían sido duros, enfrentandose a trabajos y exámenes nos habíamos visto poco y yo tenía la esperanza de poder pasar más tiempo con él una vez terminadas las épocas de estudio. Nos encontrábamos en su universidad. Él iba realmente elegante, con una camisa blanca bajo una americana negra, con corbata y pantalones a juego. Todo el mundo estaba muy contento y sonreía mientras se hacían fotos, saludandose profesores y alumnos a la par. Yo me encontraba acompañándole y hablando con su amigos y compañeros. Siendo el principio del verano me había puesto un vestido con falda abierta, no ajustada, típico de los vestidos de verano. Era de un color azul intenso que contrastaba bien con mi piel blanca y mi melena rubia hasta la mitad de la espalda. Hubo un instante en el que me quedé sola y estuve esperando a ver a alguien para hablar, cuando un señor de uno 40 años se puso frente a mí. Sonriendo educadamente. - Hola! Tu debes de Marina verdad? La novia de Alberto - dijo - Sí, soy yo - respondí - ¿me conoce? - - Si y no jaja te he visto alguna vez por el campus cuando has venido a verle. ¡No pasas desapercibida! - consetó sonriendo El comentario no me hizo la mínima gracia pero no quería joderle el día a mi novio con problemas así que me tragué mi orgullo y contesté: - jajaja bueno, muchas gracias - - No me he presentado, me llamo Juan. Soy uno de los profesores de Alberto. La asignatura de Mecánica. ¿Te suena? - Claro que me sonaba. Ese era el hijo de puta que suspendía año tras año al a inmensa mayoría de la clase. Buena parte de la culpa de que no pudiera pasar tiempo con mi novio erá por él. Por suerte todo eso había acabado. - Sí, algo me suena - dije perdiendo la paciencia - En fin, un placer hablar con usted - contesté esperando poner fin a la conversación. - Un segundo. Realmente quería hablar contigo. Verás ha habido un problema con su examen y tengo que hablar con él. Le he citado en mi despacho ahora mismo, ya debe estar esperándome, supuse que querrías estar con el. ¿Me acompañas? Yo no me lo podía creer. ¿Un problema con su examen? ¿le iba a suspender el día de su graduación? Menudo cabronazo. Le dije que fueramos, seguro que Alberto estaba destrozado. Una vez en el despacho, cerró la puerta. Alberto no estaba y no me gustaba la situación. Le pregunté que de que coño iba todo esto y me respondió: - Verás, el examen de Alberto está suspenso, pero lo está porque yo quiero. Desde que te vimos con él un dia en la universidad todos los profesores hemos perdido la baba por follarte y esta es mi oportunidad de hacerlo. Si sales por esa puerta antes de que yo lo diga, tu novio se va a pasar un año más wn la universidad solo con mi asignatura. Y ya vermeos si la aprueba le año que viene. ¿Qué te parece? Yo no me lo podía creer. ¡El cabrón me estaba chantajeando! Empecé a temblar mientras la información se agolpaba en mi cabeza. No podía dejar que ese tio me follara. ¡Un profesor de mi novio! Sería una gran humillación para él. Seguramente más que suspender ahora la asignatura... ¿o no? Yo sabía que se hundiría si suspende ahora. Al fin y al cabo sólo sería una follada. Nadie tendría por qué enterarse. Unos minutos más y todo el mundo estaría feliz. - ¿Y bien? ¿aprueba o suspende? - ¿Sólo...sólo un polvo? ¿Nada mas? ni besos ni caricias, lo más rápido posible - dije - Claro preciosa - respondió sonriendo - Descálzate y quitate lo que lleves bajo el vestido. te voy a follar con él - me dijo mientras se desabrochaba el pantalón. - ¿Entonces va a ser aprobado? - Si... - ¿Cómo? - A..aprobado - dije con un hilo de voz - Perfecto. Pues arrodillate delante de mi. Yo lo hice con la mente en blanco. Intentando que aquello pasara como un mal sueño. Me hizo sacarle su miembro. Estaba bien duro, de tamaño normal y muy limpio. Lo cogí con la mano intentando que no se me notara mucho el asco que me daba. Me di cuenta de su dureza. Estaba muy excitado el cabrón. Supuse lo que quería y me lo metí en la boca. No sabía mal, pero la situación era excesivamente humillante. Empecé a mamarla con esmero, a ver si terminaba rápido, pero él tenía otros plantes. Me cogió del pelo y me levantó para tumbarme boca abajo contra la mesa. Los pies apenas me llegaban al suelo de puntillas. Mi cadera quedaba al altura de su polla dura. Se colocó detrás de mi y sobó mi culo. Cada mano sulla ocupaba una de mis naglas. Las abrió bien y restregó su polla húmeda contra mi coño. Yo cerraba los ojos fuerte esperando a recibir una estocada seca hasta el fondo. Sentía su polla subir y bajar por mi raja, separando los labios y mojándome con mi propia saliva. En uno de sus movimientos la cabeza de la pollá se colocó en mi agujero y empezó a empujar muy muy despacio. Notaba como mi vagina, sólo lubricada por mi abundante saliva, era dilatada a la fuerza. Sentía como entraba en lo más profundo mientras todos mis músculos se tensaban y yo me moría de vergüenza y humillación. Llegó al fondo. Apretó bien, y sujetó mi cabeza y empezó a sacarla casi toda y a meterla entera una vez tras otra. Siempre despacio, disfrutando de mi reacción de rechazo. Poco a poco empezó a aumentar el ritmo mientras me recordaba lo mucho que lo había deseado. Yo intentaba no mostrar emoción alguna pero sentir esa polla dentro de mi y estar permitiendo que sucediera me estaba destrozando mentalmente. Oía cómo chocaba su cadera contra mis nalgas y cómo si muerpo entero se movía alante y atrás al ritmo de sus embestidas. Me daba nalgadas y me decía: - Ojalá pudieras ver cómo está entrando mi polla dentro de ti - Esa imagen venía a mi cabeza junto con la sensación de tenerla realmente dentro de mí. Hacía que se me saltaran las lágrimas de la humillación. Al cabo de un rato sus embestidas fueron mucho más profundas. No rápidas pero cada una tenía una fuerza y una profundidad que me hacían gruñir para no gritar...y entonces sentí como paraba, dentro de mi, y cómo su polla vibraba junto con la invasión de su semen. Llevaba el depósito lleno el cabrón. Yo ya no podía más. Le sentí salir de mi y como su semen resbalaba por mis piernas. El reía para sí mismo mientras me miraba. Yo estaba con la mirada perdida intentando encontrar fuerza de voluntar para salir de ahí. Me empecé a incorporar lentamente cuando Se abrió la puerta, y apareció otro hombre, un poco más mayor que mi violador. Al verme sonrió abiertamente. Cerró la puerta y vino hacia mí. - ¿Qué coño pasa? ¿Qué es esto? - dije asustada mirando a Juan - Ya te dije que todos los profesores perdíamos la baba por tí. Yo que tu me recostaría otra vez. Te has portado muy bien conmigo, ahora te toca repetir. - No! No joder esto no era lo acordado! - Grité desesperada mientras el otro profesor se bajaba los pantalones y dejaba ver una polla más gránde que la que me llenaba hace un momento. El hombre me sujetó sin decir una palabra. - ¡NOOOO! ¡PARAD! ¡PARAAAAAD! Me tumbó de nuevo en la mesa y sin mediar palabra, violentamente, me la clavó hasta el fondo. Ahí solté un grito de sorpresa. Lloraba mientras el hijo de puta me violaba y me sujetaba fuerte. Al cabo de un minuto, sacó su polla, escupió en mi ojete y me la empezó a meter por le culo sin parar, como una embestida sola embestida, pero no de un golpe. Nunca lo había hecho por ahí y de repente sentí como una polla de buen tamaño se habría paso sin pausa. Ahí intenté luchar. Mis piernas ya no tocaban el suelo, estaban encogidas intentando apartar el hijo de puta ese. Cada vez estaba más profundo. Yo gritaba y lloraba intentando empujarme con la mesa pero me tenía bien sujeta. Al fin llegó al fondo. Notaba mi culo bien lleno. Palpitaba por le dolor, y notaba su polla extremadamente dura. Con las primeras embestidas, vi cómo se abría la puerta y aparecían otros dos profesores. Yo grité - ¡Noo! ¡Noooooo! - Mientras una polla me taladraba y la de uno de los profesores recién llegados ocupaba mi boca hasta la garganta... Continuará...? (david.relatos@hotmail.com)

Autor: david25 Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX

Jovencitas en el botellón

2019-11-15


Aún tengo desagradables recuerdos fugaces y borrosos de la noche en la que mi amiga y yo caímos en las garras de un par de policías corruptos con muy malas intenciones... Ya eran altas horas de la madrugada cuando decidimos irnos del botellón. Hacía un frío que te cagas y encima el capullo de Mario se había pirado por ahí con la puta de mierda de Laura... ¿qué coño le veía a la friki esa? Si era una gorda asquerosa que se juntaba con los panolis... Seguro que esa ve su polla y se asusta, la muy imbécil. De cualquier forma, Yoli y yo ya teníamos quien nos llevara de vuelta a casa. Nosotras aun no teníamos el carnet de conducir, pero si Mario no nos iba a acercar en su moto, entonces tendríamos que buscar a otro que lo hiciese. Y quizá le diésemos hasta un premio... Mario se lo perdía, por andar confraternizando con los pringados. Ya mismo estaría jugando a Dragones y Mazmorras o alguna cosa de esas. —Bueno chicas, ¿subís o qué? —preguntó Roberto, subiéndose en su coche. Era gracioso porque no era otro que el hermano de Laurita la Friki-Foca. Sin embargo, no era en nada como ella. Bueno, es cierto que le gustaba la misma música de frikis, pero el cabrón sabía montárselo, y era uno de los principales camellos del pueblo. El coche en el que íbamos a lo mejor no era ni suyo. —Ya vamos —dije yo, subiéndome en el asiento del copiloto. Con el frío que hacía y lo que había bebido no iba a poder recorrer ni de coña el camino a casa sin doblarme un tobillo o morir de hipotermia. —¿Has visto a tu hermana, Rober? —preguntó Yoli, subiéndose en el asiento de atrás. Qué perra tan mala era. —No —contestó Roberto con indiferencia, mientras se encendía un porro—. Estará por ahí con sus colegas, ya se apañará para ir a casa. —Oh, seguro que se las apaña... —insinué yo con malicia. Aunque más le valía mantenerse alejada de Mario. En serio, qué coño le vería a esa mosquita muerta. De todas formas, Roberto pareció ignorar mi comentario. Tras encenderse el porro, puso en marcha el motor y nos fuimos del lugar. Tuvimos que salir a carretera para bordear el pueblo y entrar por el otro extremo, que era donde vivíamos. Estábamos nosotras a lo nuestro, zorreando un poco con Roberto, cuando de pronto casi nos da un infarto: un puto control de alcoholemia. —¡No me jodas...! —murmuró Roberto, visiblemente molesto y tirando disimuladamente el porro por la ventana. Nosotras también estábamos acojonadas, pero en el fondo el que conducía era él. Siguiendo las instrucciones de uno de los agentes, Roberto detuvo el coche en un lado de la carretera, aunque recorrió unos pocos metros de más, seguramente para que el agente tuviera que andar un poco. ¿Por qué cojones había allí un control? Por allí, y menos a esas horas, no pasaba casi nadie, era una carretera secundaria. Putos maderos, joder, siempre jodiendo al ciudadano honrado. Cuando el coche se detuvo totalmente, a unos escasos diez metros de la policía, Roberto abrió el coche y salió corriendo como una puta liebre. Míster Delincuente huyendo como un cagado. Vivir para ver. —¡A dónde vas! —grité yo. El agente que le había dado el alto salió corriendo como alma que lleva el diablo detrás. —¿Pero qué coño hace el imbécil este? —apostilló Yoli, medio divertida. Aun estaba borracha perdida. Roberto y el agente se habían perdido ya en la oscuridad; ni rastro de ellos. —Buenas noches, señoritas. Parece que vuestro amigo tiene ganas de hacer un poco de deporte, ¿eh? —dijo una voz grave y masculina. Tardamos unos segundos en identificar al policía que las había pronunciado: el puto madero más enorme y temible que había visto en mi vida. Pese al frío iba en una camiseta de manga corta, dejando ver unos antebrazos gruesos y poderosos llenos de tatuajes. Camiseta que, por cierto, parecía de una talla más pequeña, porque iban a saltar las costuras por los músculos que se intuían debajo. Su cara tenía cicatrices por todos lados, y las orejas deformes parecían coliflores. Parecía un asesino a sueldo, el hijo de puta. Y debía pesar más que nosotras dos juntas. —S-sí, eso parece... —respondí yo, tímidamente. Vaya mareo tenía... —¿Me enseñáis la documentación, guapas? —"guapas" dijo. ¿Pero qué se creía el madero éste? Tanto yo como la Yoli le tendimos los DNI. —Vaya, ¿y tan jovencitas y fumando porros en coches robados? Bajaos, anda. —ordenó, autoritario. Puto Roberto de mierda, que resulta que sí que lo había robado. Yoli y yo obedecimos, y el agente nos devolvió los carnés. —Yolanda Vázquez y Jessica Bravo, vuestros DNI. Quedaos ahí mientras yo realizo un registro. Yoli y yo nos quedamos en el arcén, muriéndonos de frío, mientras el poli monstruoso se metía en el coche y empezaba a registrar en la guantera y por todos sitios. El coche se inclinó un poco cuando entró aquel animal, haciendo chirriar la suspensión. —¡Eh, tú! —exclamé al ver lo que hacía. Quizá si hubiese bebido un poco menos no habría sido tan idiota e irrespetuosa— ¡Que ese es mi bolso! —Estás implicada en un posible delito de robo de vehículos, señorita. Estoy habilitado para registrarte el bolso y para cachearte si me da la gana, así que calladita —me espetó. En ese momento algo pareció captar su atención en mi bolso... El cabrón debía haberlo encontrado... —. Señorita... ¿me puede explicar qué es esto? —No sé lo que es, eso no es mío —mentí. Pero claro que lo sabía, era una bolsita de cocaína. Precisamente me la había vendido Roberto. —Jessica Bravo... ¿no serás hija de Fernando Bravo, el director del instituto, no? —S-sí... —dije. Al principio no había entendido muy bien, medio mareada como estaba por el frío, la borrachera y la propia situación. Pero sí, aquel era mi padre. Puto madero cotilla. —Me ha dicho un pajarito que tu padre está un poco harto ya de tus gilipolleces, ¿no es así? He oído que quiere meterte en un internado de monjas... —Qué va, no sé qué dices. ¿Qué más te da a ti? —respondí, confusa y asustada. ¿Cómo coño sabía eso el anormal este? Como mi padre se enterase estaba muerta... El internado sería la menor de mis preocupaciones. —Realmente a mí me importa poco, tienes razón —dijo indiferente, mientras registraba ahora el bolso de Yoli—; yo esto lo tengo que tramitar igual y voy a llamar a tu padre de todas formas. ¿Me das su número o lo busco yo? —Búscalo tú entonces —le dije, poniéndome chula, aunque de farol. Quizá si le hacía ver que me daba igual... —¡Vaya, otro premio! —exclamó el policía sin hacerme caso, sacando del bolso de Yolanda otro saquito de cocaína. —Esso no ess mío, tío... —dijo Yoli, un poco asustada. Con el susto que tenía se le notaba mucho más al hablar que estaba como una puta cuba. Y claro que era suyo, lo pilló conmigo. —Claro que no, cariño. Estas cosas nunca son de nadie, ¿a que no? Oye, se me ocurre que al menos os tendréis la una a la otra en el reformatorio. ¡Y así no vas a tener que ir al internado, Jessica! No es tan mal resultado, considerando lo que habéis hecho... Cómplices en robo de vehículo, tenencia ilícita de drogas... —No... por favor... —suplicó Yoli. El monstruoso policía salió del coche y se nos acercó, aun con la droga en la mano. —¿Por favor? ¿Acaso me estás pidiendo que pase esto por alto? Intentar sobornar a un policía es algo gordo, monina. Parece que vuestra lista va en aumento. A este paso Papá Noel no os va a traer regalos al reformatorio. Yoli intentó reprimir un sollozo y se tapó la cara con las manos. Yo estaba callada, sin decir nada. Aunque lo llevaba con más entereza, también tenía ganas de llorar. —P-por favor... —siguió Yoli, llorando— Haré lo que s-sea... —Bueno mira, si quieres podemos hacer una cosa —dijo el poli, guardándose la droga en el bolsillo—. ¿Qué tal si me la chupáis y nos olvidamos de este asunto? Ambas nos quedamos calladas, con los ojos como platos. ¿Había dicho lo que creía que había dicho? Mi corazón se puso a mil. Tenía que habernos tocado el policía corrupto y salido... Al ver que no hablábamos, el policía siguió hablando. —Está bien, chicas. Pero sólo por el tráfico de drogas ya se os puede caer el pelo... —¿C-cómo que tráfico? ¡La droga es para nosotras, no pensábamos venderla! —dijo Yoli, desesperada. —Vaya, así que eso es una confesión. Muy bien, Yolanda, muchas gracias por tu colaboración. Voy a redactar el atestado. Dicho esto se fue a su coche. —Joder Yoli, ya te vale, vaya bocazas eres... —intenté aparentar seguridad reprendiendo a mi amigo, como que aquello no iba conmigo. Pero ya nos veía a las dos de rodillas frente a ese mastodonte. Sin embargo, mi amiga no me escuchaba, tenía la mirada perdida. Ella era la primera vez que tenía un encontronazo con la ley, y estaba claro que estaba mucho más acojonada que yo. —Esstá bien —dijo ella, en voz alta. El policía se paró en seco —¿El qué está bien? —Que... —Yoli parecía dudar—. Que te la chupo... El policía se acercó por detrás de nosotras. No nos atrevimos a volvernos, pero sentí cómo le olía el pelo a Yoli. —¿Chupar? Pero tendréis que chupar las dos. Las dos la habéis cagado, señoritas, estáis juntas en esto... Yoli se volvió hacia mí, suplicante. Yo no supe qué decir, pero no veía otra salida. Mi padre no podía enterarse de aquello de ninguna manera. Mi corazón latía con fuerza y sentía un nudo en el estómago. —¿Y bien, cariño? —dijo el policía, ahora oliéndome el pelo a mí—. ¿Vas a ser buena conmigo? —una de sus manos se acercó a mi boca y empezó a acariciarme los labios—. Tienes una boquita muy bonita... —M-mi padre no... no se puede enterar de esto... —dije al fin. Ya no podía fingir más... En ese momento sentí el paquete del policía contra mi espalda. Aquello que sentí era tan monstruoso como aquel hombre. —¿Eso es un sí? —dijo, mientras echaba mano de mis tetas. —S-sí... —dije al fin. —Está bien —replicó, agarrándome con fuerza del pelo. Vi que a Yoli también la agarró de la misma manera—. Venid conmigo, putillas. Con fuerza y decisión prácticamente nos arrastró hasta el coche patrulla. —Meteos ahí —dijo, lanzándonos al asiento trasero. —P-pero... —dijo Yoli mareada cuando aterrizó en el asiento. —¿Pero, qué? —le espetó el policía, cerrándonos la puerta. De pronto parecía mucho más agresivo. —¿No lo hacemos... aquí...? —terminó Yoli. —¿Y que pase algún capullo con el coche y la tengamos liada? No... nos vamos a un sitio más íntimo, que yo no suelo ser rápido para estas cosas. ¡Espero que no tengáis sueño, hoy veremos juntos el amanecer! —dijo con socarronería mientras se masajeaba el bulto que ya era más que evidente en su pantalón. Aquello no parecía pequeño, precisamente. Arrancó el coche y salió pitando del lugar sin hacer ni puto caso de las señales de límite de velocidad. Estuvo conduciendo como un loco durante unos diez minutos. Yo me estaba mareando y pensé que potaría allí mismo cuando el coche se detuvo en seco. —Vamos guapas, abajo. Entrad en la casa —dijo el policía ásperamente, abriendo la puerta del coche. Estábamos en medio de la nada, junto a una casa vieja y aparentemente abandonada. Con dificultad y trazando eses, nos dirigimos a la chabola. El policía iba detrás y sacó una llave oxidada que usó para abrir la puerta. —Adentro —ordenó, empujándonos. No se veía nada. Cuando el poli encendió la luz, encontramos en el interior de la rústica choza una mesa que parecía tener la superficie pegajosa, unas cuantas sillas desvencijadas, un sofá viejo y sucio junto a una mesilla de cristal y un colchón amarillento y raído. También había una pequeña cocinita, con una nevera medio oxidada. Aquello parecía sacado de una película de terror. El poli cerró tras de sí y se dirigió a la nevera. —¿Vosotras vais a tomar algo? —preguntó. —N-no... —dije yo. Ya estábamos bastante perjudicadas. —¿Ya habéis bebido bastante por hoy, no? Pues para nada, para una cervezita bien fresquita siempre hay sitio, venga. Nos tendió una cerveza a cada una. Yo había bebido muchos cubatas, pero la cerveza no me gustaba, estaba muy amarga. No parecía que pudiéramos negarnos. Mientras mirábamos las botellas sin saber muy bien qué hacer, el policía sacó una estufa de resistencias y la encendió orientada al sofá. Luego, se dejó caer en el mismo, que casi se troncha bajo su peso, y se quitó los zapatos con los pies, dejando a la vista unos calcetines con tomates. Estaba espatarrado y ahí echado parecía más enorme todavía. —Venga guapas, sentaos aquí conmigo, que tendréis frío. ¡Vamos a darnos un poco de calorcillo! Yoli y yo nos acercamos con miedo. El único sitio libre en el sofá era a los lados del policía. En cuanto nos sentamos, nos rodeó con el brazo y nos metió las frías manos por dentro del top. —¡Qué frías tengo las manos! —exclamó, mientras se habría camino por debajo de mi sujetador y empezaba a estrujarme las tetas. Su mano era enorme y el frío me quemaba. —Bueno guapas, bebed, anda —ordenó. Yo le di un tímido sorbo a la cerveza, apenas mojándome los labios. Me dio un escalofrío por el sabor. No me gustaba nada. —No —dijo el policía, frío como una lápida. Me miraba como enfadado y podía sentir su respiración alterada—. De un trago, que no tenemos toda la noche. Yo intenté obedecer. Sin embargo, tras tres o cuatro profundos sorbos me dieron unas ganas de vomitar que apenas pude contener. Tuve que parar. Estaba mareadísima. —Otra vez, vamos —dijo, sacándome la mano de la teta y empujándome la cerveza hacia la cara. Tuve que beber para evitar que se me derramara encima. El cabrón seguía empujando el fondo de la botella hacia arriba y yo tuve que meter los tragos más profundos todavía para evitar que se derramara. No lo conseguí, parte se derramó de todas formas. —Ahora tú —dijo volviéndose hacia Yoli. En esta ocasión cogió él directamente la botella, y con la otra mano, la agarró a ella de la cara, abriéndole la boca—. Abre la boquita, preciosa. Yoli se agarraba al sofá mientras el cabrón escanciaba el contenido en el fondo de su garganta. Yo apenas me enteraba de nada, el efecto de la cerveza empezó a notarse de golpe. —Muy bien —dijo el policía vaciando su cerveza de un par de tragos. Tras eso, eructó sonoramente y se volvió hacia mí. Con lascivia, me agarró de la barbilla y me fue a dar un beso en la boca. Yo me aparté sin mirarlo, asqueada. Él entonces sacó toda la lengua y, muy despacio, disfrutándolo, me dio un enorme lametazo en la mejilla, que pareció durar una eternidad. Yo casi me muero del asco. En ese momento, con más fuerza y decisión, me dio un beso metiéndome toda su lengua hasta el fondo. Yo no sabía que hacer, tenía los ojos fuertemente cerrados y contenía la respiración. Se tomó su tiempo explorando toda mi boca con su lengua, y cuando se dio por satisfecho, me dio otro lametazo mayor que el anterior, que ahora también cubrió un ojo y parte de la frente. Cuando terminó conmigo hizo lo mismo con Yolanda. Yo la veía retorcerse e intentando zafarse, pero era imposible, aquel animal debía pesar cien o más kilos y la tenía totalmente rodeada con sus enormes brazos, como una boa constrictora. —Ya hemos entrado en calor —declaró finalmente, triunfal, mientras se agarraba el paquete del pantalón—. Ahora quedaos en ropa interior, anda, que va a empezar el show. Yolanda y yo nos quedamos quietas, sin saber muy bien qué hacer. El policía se levantó, agarrándonos de los pelos, y nos puso en pie. —¡Que os quitéis la ropa, joder...! Obedecimos. Yo me quité el abrigo, el top y la falda, y me quedé en ropa interior, dejando a la vista mi sujetador y mi tanga. Yoli llevaba bragas. El poli nos cogió de los brazos y nos dio la vuelta para mirarnos el culo. —¡Buenos panderos! —declaró, dándonos una potente palmada a cada una. Su manaza impactó con gran fuerza y violencia en nuestra piel, y casi nos hace perder el equilibrio. Tardé unos segundos en sentir el intenso picor de la cachetada, y el contorno rojo de una gran mano se dibujó poco a poco en mi nalga—. Y tú vas en tanguita... ¿vas buscando guerra, o qué? Yo no respondí y dejé que me manosease el culo. Su mano era enorme y lo cubría y estrujaba entero. —Vamos, ahora de rodillas —ordenó. Tímidamente, mi amiga y yo nos pusimos de rodillas. No nos atrevíamos a protestar, no tenía sentido. Estábamos en una casa abandonada, en medio de la nada, con un gorilla que podía partirnos en dos con sus terribles manos y que quería aprovecharse de nosotras. No había nada que pudiésemos hacer para impedirlo. Yo miré a Yoli buscando apoyo, pero ella solo miraba al suelo. El policía nos agarró de las cabezas y nos las pegó con su entrepierna. Se notaba un bulto duro de un tamaño descomunal. Yo pensaba que era alucinación por el alcohol. Aquello no podía ser... No, era demasiado grande... Ni de coña... —¿A qué esperáis? Quitadme los pantalones, venga. Estorbándonos la una a la otra y torpemente, le desabrochamos el cinturón, el botón del pantalón y la cremallera. Los pantalones cayeron al suelo, dejando al descubierto unos boxers negros deformados por un tremendo falo semierecto. Aquello parecía un bate de béisbol. Ambas nos quedamos en shock y nos detuvimos. —Venga joder, que estoy cachondo, putas. ¡Dejad de remolonear y a chupar! Fui yo quien hizo los honores y le bajó los calzoncillos al gorila. Una enorme polla pareció saltar de dentro, dándole en la cara a Yoli, que borracha como estaba, apenas tuvo los reflejos de apartarse. El poli se la agarró y me dio con la enorme barra de carne en la cara, justo donde antes me había lamido, y pude sentir el calor y el considerable peso de aquella herramienta. —Vamos guarrilla, tú primero, que estás más buena —me dijo, señalándome con su polla y acercándomela a la cara. Yo abrí tímidamente la boca y me metí la punta. Solo se la había chupado a un chico hasta ese momento, y no era ni una tercera parte de aquello... No me iba a caber, estaba claro. —No, así no. Mira —dijo con voz impaciente, agarrándome de la cabeza. De pronto empujó sus caderas contra mi cara y el tremendo trabuco de carne se instaló en mi boca. Yo intenté empujarle para liberarme, pero era absolutamente inútil; aquel monstruo era mucho más grande y fuerte que yo. Sin piedad, siguió follándome la cara, metiendo buena parte de su falo en mi garganta y martilleándome el paladar con su glande. Pensé que me ahogaría, que vomitaría... cuando me la sacó de golpe. Babas y fluidos de su polla se desprendieron y cayeron al suelo. Aun trataba de recobrar el aliento cuando escuché un horroroso sonido... Estaba haciéndoselo a Yoli, que luchaba por respirar y se retorcía como seguramente yo me había retorcido un momento antes. Escuchaba sus arcadas y veía hilos de babas caer por la comisura de los labios, proyectados por bocanadas de aire que luchaban por escapar. Estaba roja y los lagrimones se resbalaban por sus mejillas. Cuando casi parecía que iba a desmayarse, se la sacó y volvió a apuntarla contra mí. Y repitió el proceso. El policía siguió usando nuestras bocas para aliviarse durante no sé cuánto tiempo de manera alternativa. Una vez una, otra vez la otra, dejándonos descansar solo mientras se encargaba de la otra. —¿Quién de las dos se llevará el premio? —dijo, riéndose. Estaba claro a qué se refería. Siguió invadiendo nuestras bocas durante mucho tiempo, cada vez más violentamente. Nuestras babas mezcladas con el líquido que salía de la punta de su polla se derramaba por todo el suelo. Yo estaba recuperándome cuando lo oí aullar como un lobo. Miré y vi que unos espasmos se apoderaban de su cuerpo. De la comisura de los labios de Yolanda empezó a deslizarse un líquido viscoso y blanco... El cabrón ya se había corrido. Tras unas últimas estocadas, y con Yoli a punto de desmayarse, aquel gigante extrajo su polla de la garganta de mi amiga, que se inclinó sobre el suelo y empezó a escupir copiosas cantidades de corrida densa y caliente. —Lame, que aun quedan restos —me dijo, apuntándome con su polla. Yo obedecí asqueada. Jamás había probado el sabor del semen. Saqué mi lengua y di unas lametadas tímidas al glande de aquel cabrón. —No mujer, así se quedan restos... Bueno, si no me limpias tú, ya me limpio yo —declaró, y procedió a restregarme su polla babeada y lefada por toda mi cara hasta que estuvo satisfecho con el nivel de limpieza que alcanzó. —Las chavalas de hoy os echáis demasiado maquillaje y luego pasa esto... ¡Pareces una payasa! —se carcajeó en mi cara. Seguramente tenía todo el maquillaje corrido. —Ya has acabado, ¿no...? ¿Nos podemos... ir...?—pregunté asustada. Por la mirada que me dedicó me di cuenta de cual era la respuesta. —¡Para nada, cariño! ¡Llevo unos días sin descargar, así que tengo reservas de sobra todavía! Dicho esto, volvió a meterme la polla en la boca sin compasión. Yoli aun estaba escupiendo semen. El policía se percató de ello. —¿Mal sabor de boca, cielo? Mira, esto quizá te lo quite un poco —dijo, abriendose las nalgas—. Mete tu lengüita ahí cariño, verás qué rico sabe. Yoli puso cara de asco, pero antes de que pudiera decir nada, el cabrón le agarró la cabeza y se la hundió en su culo. —¡Lame joder, saca la lengua! —ordenó con agresividad. De pronto, cerró los ojos con cara de placer— ¡Oooh...! Qué bien, guarra, ¡pero pon más entusiasmo! ¿Y tú qué haces que no mamas? ¿Es que prefieres comer culo mejor, o qué? Tras decir esto, me agarró de la cabeza con la mano que tenía libre y me metió la polla hasta la garganta, como antes. Las dos estábamos ocupadas, cada una por un lado. Lo que quería decir que... nada de descansos. Yo apenas podía respirar, aquello estaba durando demasiado. Justo cuando estaba perdiendo el sentido, un chorro grueso y a presión de lefa caliente explotó en el fondo de mi garganta, acompañado de otro aullido de aquel animal. Y, finalmente, acabé por desmayarme. Cuando me desperté, me sentí mareada. Aun era de noche y yo estaba tumbada en el sofá, desnuda y pegajosa. Me habían quitado el sujetador y el tanga y no sabía ni cuándo. El cuarto apestaba a humanidad y mi boca sabía a semen. De pronto me fijé en que el mastodonte estaba en el colchón encima de Yolanda, que estaba bocabajo, atrapada por aquel gigante. Él le tapaba la boca para ahogar sus gritos y la estaba follando como un auténtico animal, ambos desnudos y sudorosos. Y observé que no estábamos solos los tres. El compañero del policía y Roberto también estaban allí, charlando y riéndose, con los móviles en la mano y apuntando a los otros dos. Yo me tapé instintivamente los pechos. —¿R-Roberto...? —musité. Los dos se volvieron. Roberto no dijo nada, pero el compañero del policía se dirigió hacia mí. —¡Vaya! —saludó, jovial—. Ya veo que estás despierta. Qué bien, porque justo ahora me apetecía usarte otra vez, y prefiero que te retuerzas un poquito. —¿Usarme...? —repetí, asustada. En ese momento sentí mi coño palpitando y algo dolido. —Claro —dijo el policía, que ya se había bajado los pantalones—. Mira, estas son las fotos. Roberto me enseñó la pantalla del móvil y ahí estaba yo, con el culo en pompa y el mastodonte que ahora follaba a Yolanda detrás mío, clavándome su enorme pollón. Pasó a la siguiente y ahora aparecía el otro policía encima mío, follándome también y saludando a cámara, sonriente. Ninguno usaba condón. Yo estaba en shock viendo las fotos que me iba enseñando Roberto, una detrás de otra, cuando el policía me agarró de los pelos y me tiró bocabajo en el sofá. —Era solo chupar... solo chu... —dije yo, pero fui interrumpida por la polla del policía, que me la enterró hasta los huevos en mi coño ya usado. No era la primera vez que me follaban... me acababa de enterar que mi primera vez había sido hacía unos instantes, estando inconsciente. Ya no era virgen... Uno de los momentos más importantes de mi vida fue en una chabola e inconsciente, usada por un par de cabrones corruptos. El policía me agarró de las muñecas y las colocó detrás de la espalda, interrumpiendo mis pensamientos. Las sujetaba con firmeza mientras seguía bombeando su polla contra mí. Podía notar sus huevos chocando frenéticamente contra la entrada de mi vagina. Tras unos minutos de tortura, el policía me la sacó, dejando algo caliente chorreando del interior de mi coño. Se había corrido dentro... El mastodonte gruñó como un animal mientras se retorcía encima de Yoli. Debía de haberse corrido también. Sacó la polla y le pegó una fuerte cachetada a las nalgas enrojecidas de mi amiga, que quedó inerte sobre el colchón, con la mirada perdida. —Bueno Rober —dijo el mastodonte sonriendo y levantándose, empapado de sudor. Se había empleado a fondo con Yoli, como imagino que unos instantes antes, conmigo—. Un placer hacer negocios contigo, colega. —¿Pero entonces me vais a dejar en paz? ¿Borraréis mi historial? —dijo. —Claro tío, simplemente no te metas en líos nunca más —respondió el otro—. O la próxima vez, quizá no sean dos niñatas de mierda cualquiera... Quizá nos tengas que entregar a tu madre o a tu hermana... —¡O quizá nos lo hagamos contigo! —apostilló el mastodonte, carcajeándose. Roberto miró al suelo, enfadado y asustado. —¡Ah! Y no te olvides de devolver el coche, ¿eh? Que el del depósito abre en una hora y media. Sin mirarnos, Roberto salió de la habitación, dejando el móvil sobre la mesa. El cabrón nos había intercambiado como dos cachos de carne a cambio de salvar su pellejo... —Vaya reportaje más chulo —dijo el mastodonte, cogiendo el teléfono—. Es mejor que el que le sacamos a la zorra casada del otro día, ¿eh? —Claro, es que era una vieja pasada —dijo el compañero—. Estas dos están más buenas. Sobre todo tú, ¿eh, cariño? —dijo, guiñándome un ojo. —Bueno chicas, en el cuarto de atrás tenéis un cubo con agua —nos dijo el mastodonte mientras se vestía, indiferente—. Daos un poquito en el chochito y salid de aquí, anda. Ah, y no se os ocurra decirle nada a nadie porque... bueno, primero porque la policía somos nosotros y segundo, porque tenemos unas cuantas fotos vuestras siendo unas guarrillas y no querréis que las vean en todo el pueblo, ¿a que no? Ah, y deberíais ir a la farmacia a por la píldora, que a mi compañero y a mí se nos olvidó preguntaros si tomábais anticonceptivos o algo. Y claro, yo personalmente os he dejado un buen recuerdo caliente y grumoso en el fondo de cada uno de vuestros coños. —Sí —añadió el otro, con una sonrisa cómplice—. Yo también. Y que lo digan... En ese momento volví a ser consciente del denso líquido que se deslizaba fuera de mí, goteando en el suelo. —Bueno chicas, un verdadero placer. ¡Y no trafiquéis más con drogas, que ya veis que la ley siempre triunfa! A ver si vamos a tener que haceros una visitilla... Aunque bueno, si os ha gustado siempre podéis llamarnos. Se rieron y, tras vestirse, los dos policías salieron de la choza. Oímos el coche patrulla ponerse en marcha y abandonar el lugar. Yo y Yolanda nos quedamos en silencio e inmóviles un buen rato, cubiertas de sudor y semen, con la piel enrojecida y llena de marcas, y un dolor de cabeza tremendo que lo único bueno que tenía es que disimulaba un poco el dolor de nuestra entrepierna. Tras volver en nosotras mismas, fuimos a enjuagarnos un poco con el cubo y nos vestimos. Nos vimos en el espejo del baño: Teníamos restos de lefa en el pelo y en la cara y el maquillaje corrido. Nos habían usado a su antojo y se habían ido, y Roberto era el culpable, que nos había vendido... Habíamos sido solo un par de cachos de carne en el que habían vaciado los huevos dos policías corruptos. —Jessi... ¿Has... has visto mis bragas? —me preguntó Yoli, aun como apagada. —No... —en ese momento reparé en que yo no sabía qué había sido de mi tanga. Nos pusimos a buscar por toda la casa, que era bastante pequeña, y no vimos nada. Aquellos hijos de puta se las habrían llevado como trofeo. Con resignación, y tras terminar de enjuagarnos, nos vestimos en silencio con el resto de la ropa y, andando a duras penas, nos fuimos. Ya estaba amaneciendo y el pueblo estaba lejos. (bullybcxxx@gmail.com)

Autor: Bully Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX

Educando como sumisas a las hijas de mi jefe.

2019-11-15


La venganza, como el mejor sexo, se realiza lentamente y con los ojos abiertos. Después de haberme humillado, tengo la oportunidad de devolver a esas putas con creces la vergüenza que me han hecho pasar. Dos mujeres y un solo propósito, ¡usarlas! Capítulo 1 Todo lo que voy a narraros tiene su origen en una entrevista de trabajo, acaecida hace tres años. Como tantos otros provengo de los barrios bajos de una ciudad cualquiera y gracias a los esfuerzos de mis viejos, pude estudiar una carrera. Durante años tuve que fajarme duramente para ir escalando puestos, hasta que ya como ejecutivo de valía reconocida, una empresa del sector me llamó. La entrevista resultó un éxito, Don Julián, el máximo accionista, se quedó encantado no solo por mi currículum, sino por mis respuestas y mi visión de futuro. Y tras un corto proceso de selección, fui contratado como Director General de la compañía. Durante el primer año, trabajé doce horas diarias codo con codo con el anciano, logrando darle la vuelta a la sociedad. Donde solo había números rojos y perdidas con una situación cercana a la quiebra, conseguimos beneficios y lo que es más importante que los bancos volvieran a confiar en nosotros. El segundo año fue espectacular, como si fuera una locomotora la compañía se había comido a su competencia y éramos quienes poníamos los precios y las condiciones, no aceptando ya que los clientes dictaran nuestras políticas. Los otros accionistas no se podían creer que tras muchos años palmando dinero, de pronto no solo recuperaran su inversión, sino que el valor de esta se hubiese multiplicado. No fue solo labor mía, Don Julián era un zorro al que solo le faltaba tener un buen segundo que le comprendiera, que aplicara sus ideas, llevándole la contraria cuando no estaba de acuerdo con ellas. Éramos un tándem perfecto, experiencia y juventud, conservadurismo y audacia. Demasiado bueno para perdurar y el comienzo del fin fue la fiesta que organizó en su casa para celebrar los resultados cojonudos de la compañía. Nunca me había invitado al chalé que tenía en la zona más exclusiva de la ciudad, por lo que me preparé con esmero para mi particular fiesta de presentación en sociedad. Por primera vez en mi vida me hice un traje a medida, me corté el pelo e intenté parecer de esa alta sociedad a la que no pertenezco. Nervioso, por mi falta de experiencia, toqué el timbre de la casa. Fue la primera vez que vi a Natalia, la hija pequeña del jefe, una preciosidad de veintidós años, recién salida de una universidad americana. Ver a esa hermosura con su metro setenta y cuerpo de escándalo, ya valía lo que me había gastado en vestuario. Realmente me había impactado, por lo que apenas pude articular palabra y tuvo que ser ella quien hablara: ― ¿Qué desea? ― me preguntó educadamente. ―Vengo a la fiesta de Don Julián― contesté cortado, pensando que a lo mejor me había equivocado de hora. Lo que no me esperaba era su respuesta: ―Perdone, pero los camareros entran por la puerta de atrás. Menos mal que en ese momento mi jefe hizo su aparición y pegándome un abrazo me introdujo en la reunión porque, si no, no sé si me hubiese atrevido a entrar. Como dice el viejo refrán, “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda" y por mucho que había intentado aparentar, ¡seguía siendo un chico de barrio! La incomodidad que sentí en ese momento se fue diluyendo con el paso del tiempo, sobre todo porque gracias al trabajo conocía a la mayoría de los hombres de la fiesta y a un par de las mujeres. Poco a poco fue cogiendo confianza y al cabo de un rato me convertí en el centro de atracción del evento al saber todos los presentes que era el segundo de la organización y el más que probable sucesor del jefe en el cargo. Por ello a nadie le extrañó que me sentaran a su derecha, justo al lado de su hija mayor, Eva. Durante la cena tuve un montón de trabajo, teniendo que alternar entre darle conversación al viejo y entretener a su niña. Por un lado, Don Julián me pedía constantemente mi opinión sobre los más que variados temas y por el otro, la muchacha no hacía otra cosa que coquetear conmigo. Todo iba sobre ruedas hasta que al terminar empezó el baile y sin pedirme opinión Eva me sacó a bailar. En un principio, rechacé su ofrecimiento, pero su padre viendo mi incomodidad me pidió que bailara con ella. Si Natalia me había impresionado, Eva todavía más. Rubia, guapa, inteligente y simpática, con unas curvas de infarto convenientemente envueltas en un vestido escotado que más que esconder revelaba la rotundidad de sus pechos y caderas. Cuando bailaba, era una tortura el observar cómo sus senos seguían el ritmo de la música y más de una vez tuve que hacer un esfuerzo consciente para dejar de mirarlos. Ella estaba encantada, se sabía atractiva y para ella, yo era una presa por lo que como una depredadora tejió sus redes y como un imbécil caí en ellas. Era la mujer maravilla y yo su más ferviente admirador. El culmen de mi calentura esa noche fue cuando iniciando las canciones lentas, le pedí volver a la mesa con su padre, pero ella se negó y pegándose a mí, empezó a bailar. Al notar sus pechos clavándose en mi camisa y sus caderas restregándose contra mi sexo, sentí como una descarga eléctrica recorría mi cuerpo. Todo mi cuerpo reaccionó a sus maniobras y desbocado mi corazón empezó a bombear sangre a mi entrepierna. Ella al notarlo sonrió satisfecha pero lejos de detener su juego, como una hembra en celo, se las arregló para sin que nadie se diera cuenta y como quien no quiere la cosa, rozarlo con su mano palpando toda su extensión. Afortunadamente cuando casi estaba a punto de cometer la estupidez de besarla, la niñata me pidió una copa por lo que como un criado obediente fui a la barra a por su bebida y al volver había desaparecido. Molesto pero excitado, no pude más que esperarla. Después de diez minutos de espera y viendo que no volvía, decidí ir al baño. Nada más entrar y sin haberme bajado la bragueta todavía, unas voces de mujer que venían del jardín llamaron mi atención. Eran las dos hermanitas que riéndose comentaban la pinta de rufián que tenía el favorito de su padre, descojonadas, se cachondeaban de cómo ganando una apuesta Eva había conseguido excitarme. Mi mundo cayó hecho trizas al darme cuenta de que había sido objeto de una broma y cuál era la verdadera opinión de las muchachas. Cabreado, me fui de la cena sin despedirme de nadie. Durante la noche tomé la decisión de borrarme del mapa y desaparecer para no volver a ser objeto de una burla como aquella. Al día siguiente y con mi carta de dimisión en el bolsillo, fui a ver a Don Julián. Este al ver mi cara de pocos amigos, me pidió que antes de decirle nada le escuchara unos minutos. Como me caía bien el viejo, no me importó esperar antes de presentarle mi renuncia. ―Fernando, tengo que agradecerte lo que has hecho por mí durante estos dos años. «¡Coño! Me va a despedir», pensé al oírle y supuse que algo había pasado para que de pronto cambiara radicalmente su opinión de mí, por lo que sin interrumpirle esperé a que continuara: ―Sé que es más de lo que un jefe puede pedir, pero me gustaría que me hicieras un favor. ―Lo que usted quiera, Don Julián― contesté intrigado. ―Mira muchacho, has sabido ganarte mi confianza, eres quizás ese hijo varón que nunca tuve…― algo le preocupaba, y no le resultaba fácil el decirlo― …como padre soy un fracaso. He criado a dos hijas que son dos monstruos, bellos pero altaneros, egoístas y creídos que se han olvidado de que su padre viene de orígenes modestos y que se creen tocadas por la gracia divina. Niñas pijas que se han buscado como novios a dos inútiles que lo único que esperan es que me muera para así heredar. Supe al instante que algo debía de haber llegado a sus oídos de la broma que me habían preparado el día anterior. Totalmente descolocado porque no tenía de la menor idea de lo que se proponía, le pregunté qué quería que yo hiciera ya que no era más que su empleado: ―Es muy sencillo, quiero que las eduques― me espetó. ― ¿Y cómo ha pensado que lo haga? ― respondí ya totalmente intrigado. ―Ese es tu problema, no el mío. A partir de hoy a las tres, voy a desaparecer con Mariana durante seis meses y solo tú vas a saber dónde estoy y cómo comunicarte conmigo. He firmado esta mañana la renuncia a mi puesto en la empresa, te he nombrado presidente y aquí tienes el contrato de alquiler de mi casa. Solo te pido que al menos les des tres días para que se busquen un sitio donde vivir. No me podía creer que era lo que me estaba pidiendo, antes de responderle, me entretuve leyendo los documentos que me había dado. En una primera lectura era un traspaso de poderes, pero analizándolos con detenimiento eran unos poderes de esos llamados de quiebra y si quisiera le podía dejar de patitas en la calle. ―Jefe, ¿se da usted cuenta de lo que ha firmado? ― dije impresionado. ―Chaval, confío en ti― contestó y sin darme tiempo de protestar, me pidió que le dejara solo ya que tenía muchas cosas que resolver. «Joder, con el viejo «, pensé, «se va seis meses con su amante dejándome un marrón». Me sentía halagado por su confianza, jamás me hubiera imaginado el aprecio que me tenía y por ello comprendí que no podía fallar a una persona que me había dado tanto. Quise llevarle al aeropuerto, pero Don Julián se negó diciendo que tenía mucho que pensar y hacer para terminar afirmando que solo tenía seis meses para llevarlo a cabo. Por mucho que insistí, no dio su brazo a torcer por lo que me quedé en la oficina rumiando mis planes. Como me había explicado que sus hijas llegaban todos los días a las nueve de la noche, decidí adelantarme a ellas. Aparqué mi coche en la entrada del chalé de forma que obstaculizaba el paso al garaje. Lo primero que hice fue darle dos meses de vacaciones pagadas al servicio, con la condición de que quería que se fueran en ese mismo momento. Las criadas aceptaron encantadas, por lo que quedándome solo me tomé mi tiempo en trasladar mis pertenencias a la habitación de su padre. Me acababa de servir un güisqui cuando las oí entrar despotricando porque alguien había dejado una tartana de coche en el jardín. Venían con sus novios, se les veía muy felices, pronto iban a cambiar de humor al enterarse de mis planes. Al no responder las muchachas, empezaron a buscarlas por la casa. Pero no hallaron lo que esperaban, ya que al entrar en la biblioteca me vieron a mi sentado en el sillón de su padre. ― ¿Qué haces aquí? ¿No sabes que mi padre está de viaje? ― me soltó de una manera impertinente Natalia, la menor de las hermanas. ―Si lo sé― y mirando a los dos muchachos que los acompañaban, comenté: ― Me imagino que sois Fefé y Tony. Al no contestarme supe que había acertado. ―Bien entonces lo que les tengo que decir a ellas, os interesa. Por favor tomad asiento. No era una pregunta, era una orden. Nadie les había hablado nunca así, por lo que no supieron que contestar y obedeciendo tomaron asiento. ―Estáis desheredadas― les solté sin suavizar la dureza de mi afirmación y sin alzar la voz. Tras unos instantes en los que la incredulidad inicial dio paso a la perplejidad y ésta a la ira descontrolada, Eva la mayor de las dos me gritó que no me creía. Sin mediar palabra, les extendí mis poderes y una carta de su padre en la que les decía que se buscaran la vida que estaba harto de sus tonterías. ― ¡No puede hacernos esto! ― dijo Natalia con lágrimas en los ojos. ―Claro que puede y lo ha hecho― respondí, y dirigiéndome a los dos niños pijos: ― A partir de este momento, todo es mío por lo que, si esperabais usar para vuestros vicios el dinero de ellas, os aviso que éste no existe. Si a las muchachas se les había desmoronado todo, a Fefé y Tony (hasta sus nombres eran ridículos) de un plumazo se les había acabado el chollo. En sus caras se podía vislumbrar el desconcierto. Fefé, realmente enojado, le pidió a su novia que le dejara ver los papeles y tras estudiarlos, su semblante adquirió el tono blanquecino de quien ha visto un fantasma. ―Tiene razón― sentenció el muchacho ―es una donación inter vivos. No tenéis nada que hacer. Vamos Tony, dejemos que hablen solas con él, ya que ni tu ni yo tenemos nada que ver. Y saliendo de la habitación se cumplió el viejo dicho de que las ratas son la primeras en abandonar el barco. Las dos hermanas estaban juntas en su desgracia y si los que habían sido sus novios hasta entonces les abandonaban, no podían esperar que nadie las ayudara. ―Las cosas han cambiado en esta casa. Para empezar, os he anulado las tarjetas, me tenéis que dar las llaves de los coches y si queréis seguir viviendo aquí, vais a tener que ganároslo. Haciendo un descanso dramático, me quedé callado unos segundos. Se notaba a la legua que estaban acojonadas y sin saber qué hacer. Señalando a la mayor, le solté con una sonrisa de oreja a oreja: ―Eva haz la cena mientras tu hermana pone la mesa. ― ¡Maldito cerdo! ― contestó indignada por que la igualara a alguien del servicio e intentó pegarme, pero como me lo esperaba, le sujeté la mano y retorciéndole el brazo, la besé en los labios de forma posesiva antes de empujarla al sofá. ― ¡Hoy! No cenas― le espeté y mirando a su hermana le dije: ― Natalia haz comida solo para dos porque tu hermana quiere irse a dormir. Llorando me dejaron solo en la biblioteca, cada una se marchó a donde les había ordenado. Satisfecho, me terminé la copa degustando el amargo sabor de la venganza. Capítulo 2 Poco acostumbrada a cocinar y menos a trabajar, Natalia rompió un par de platos mientras preparaba la bazofia que sin lugar a duda esa noche íbamos a degustar. Pude haberle recriminado su torpeza, pero me abstuve recordando que la venganza era un plato que se tomaba frio. Cuando la cena estuvo lista, me senté en la mesa disfrutando de cómo la odiosa muchacha me servía. Era una delicia el observarla, con su top de niña bien y su minifalda parecía hasta humana, pero sabiendo que esa belleza de cuerpo encerraba a una arpía. Arpía cuyo padre me había pedido que la educase y eso era lo que iba a hacer. Me había preparado unos huevos con jamón mientras ella se iba a tomar un sándwich. Su actitud servil no me cuadraba por ello cuando con el tenedor cogí un poco de comida en su mirada descubrí la traición. ― ¿Qué has hecho? ― dije cabreadísimo. ―Nada― contestó ella nerviosa. Sin perder la compostura, extendiéndole el plato, le ordené que se lo comiera. Intentó negarse aludiendo una supuesta falta de apetito. ―Serás puta― repliqué y cogiéndola de la cintura la puse en mis piernas, para acto seguido de subirle la falda, empezar a azotarla. Esa niña bien que se creía inmune a todo, gritó y lloró como loca al sentir los golpes en su trasero, e más por la humillación que sentía que por el dolor mismo. Para su desgracia, no tuve piedad de ella y como llevaba un minúsculo tanga pude notar como su culo se enrojecía con cada azote. ―Por favor― me rogó al comprobar que le era imposible escapar del castigo. Obviando sus lloros, alargué el castigo y no paré hasta que todo su trasero tenía el color de un tomate. Entonces y solo entonces la liberé. ― ¿Qué has hecho? ― volví a preguntar. ―Te he echado un laxante― contestó llorando. ―Comételo― ordené nuevamente. Esta vez, sin dejar de sollozar se metió un trozo en la boca. ―Todo, ¡que no quede nada en el plato! Sabiendo que si no lo hacía le iba a ir como en feria, se lo acabó sin rechistar. Al terminar me pidió permiso para irse a su cuarto, pero no la dejé diciendo: ―No, bonita. Si te vas, iras al baño a vomitar y lo que quiero es que te haga efecto. Tardó tres minutos en hacerlo, los tres minutos más duros de su vida ya que como si fuera un condenado a muerte, tuvo que estar sentada mientras su estómago digería el laxante. Al sentir que se venía por la pata abajo, me rogó que la dejara ir al baño, ni siquiera tuve que negarme porque como si fuera una explosión, por su esfínter se vació totalmente, manchando de mierda sus piernas, la silla y la alfombra. ―Quítate la ropa y limpia lo que has manchado. ― ¿Aquí? ― preguntó asustada ante la perspectiva de tener que hacerlo en mi presencia. ―No, en el baño― y actuando con una caballerosidad que no se esperaba, comenté: ―Vete que ya te llevo yo lo que debes ponerte. Mientras la zorra se quitaba el estropicio, fui al cuarto donde dormía el servicio y buscando un uniforme de criada, abrí el armario. Había varios modelos, algunos más formales que otros, pero como no encontré nada de mi gusto, cogí uno al azar y con unas tijeras corté lo que le sobraba. «Así está bien», me dije al ver mi obra y tocando la puerta del baño donde se había refugiado, se lo entregué. La morena palideció al comprobar lo que le había hecho entrega por la puerta entreabierta: ― ¡Cabrón! ― alcancé a oír antes de que la cerrara. Muerto de risa, me senté a comerme el sándwich mientras ella se cambiaba. Fue una espera corta pero el resultado resultó mejor de lo que me esperaba. Le quedaba estupendamente el uniforme, la poca tela que dejé en la falda no podía más que esconder una parte de sus nalgas, dejando al aire todas sus piernas y el pronunciado escote hacía resaltar la rotundidad de sus formas. Pero fue al agacharse a limpiar la alfombra cuando caí en la cuenta de que al tenerlo embarrado de mierda se había quitado el tanga. Fijando mi mirada en ella, descubrí que lucía un sexo lampiño, sin rastro de vello púbico y que, gracias a esos cuidados, se mostraba glorioso junto con un rosado agujero entre sus nalgas. No me pude aguantar y acariciando su maltratada piel, le pregunté si le dolía. Ella reaccionó a mis caricias poniéndose tensa, pero sin retirarse siguió con su labor. Su actitud sumisa me envalentonó y con la yema de mis dedos, empecé a jugar cerca de sus labios. Ella se dejaba hacer y yo totalmente excitado lo hacía. Sus piernas se entreabrieron para facilitar mis maniobras y bruscamente le introduje dos dedos en su sexo. La que hasta hace unos minutos creía una mojigata estaba disfrutando. Su cueva manaba flujo mientras su dueña se retorcía buscando su placer. Mi pene, ya me pedía acción, cuando ella se dio la vuelta diciendo: ―Si me acuesto contigo, ¿me devuelves mis tarjetas? ―No, pero te liberaría de las labores en la casa. ―Con eso basta― respondió y abriéndome la bragueta, liberó mi extensión de su encierro. Mofándome de ella, me senté nuevamente en la silla y abriendo las piernas facilité su labor. Se acercó a mí y cuando ya se había puesto de rodillas, en su mirada descubrí a la puta que tenía dentro aún antes de sentir como su boca engullía todo mi pene. Era una verdadera experta. Su lengua se entretuvo un instante divirtiéndose con el orificio de mi glande antes de lanzarse como una posesa a chupar y morder mi capullo mientras sus manos me acariciaban los testículos. Mi reacción no se hizo esperar y alzándola de los brazos, la senté en mis piernas dejando que fuera ella quien se empalara gustosa. Su cueva me recibió fácilmente. La guarra estaba totalmente lubricada por la excitación que sentía en su interior. Pero fue cuando llamándola puta la ordené que se moviera el momento en que se volvió loca, pidiéndome que la insultar mientras sus caderas se movían rítmicamente. En sintonía, sus músculos interiores se contrajeron de forma que parecía que me estaba ordeñando. Ya sobrecalentado desgarré su vestido descubriendo unos magníficos pechos, cuyos pezones me miraban inhiestos deseando ser besados. Cruelmente tomé posesión de ellos, mordiéndolos hasta hacerle daño mientras que con un azote la obligaba a acelerar sus movimientos. ― ¿Te gusta, putita? ― dije en su oído. Su rebeldía había desaparecido, todo en ella me pertenecía ahora. Su sexo era todo líquido y su respiración entrecortada presagiaba su placer. ―No me has contestado si te gusta― insistí mientras mis dedos pellizcaban cruelmente uno de sus pezones. ―Me encanta― contestó. Satisfecho por su respuesta, la premié con una tanda de azotes en el trasero mientras ella no dejaba de gritar de dolor y excitación. Pero fue cuando le susurré al oído que esa noche le iba a romper el culo, el momento en que sin poder evitar que brutalmente y reptando por mi cuerpo, esa pija se corriera a manos de su ahora peor enemigo. Todavía con mi pene erecto, la levanté de mis rodillas y tirando los platos de la mesa, la puse dándome la espalda. Tenía unas nalgas poderosas, duras por su juventud y enrojecidas por el maltrato sufrido. Solo podía pensar en la forma que me había tratado, en cómo me habían humillado su hermana y ella con esa broma cruel. Tenía que hacerla ver quién era el jefe y cogiendo la aceitera, vertí una buena cantidad sobre el canalillo que formaba la unión de sus dos cachetes. ― ¡No! ¡Por favor! ¡Nunca lo he hecho! ― sollozó al sentir como un dedo se introducía en su intacto agujero. ― ¡Dios! ― gimió desesperada al notar como un segundo se unía en la tortura. Y finalmente cuando de un solo embiste, la penetré brutalmente, me gritó que la sacara que la estaba partiendo por la mitad. Vano intento, toda mi extensión ya estaba en su interior y no pensaba parar. Con lágrimas en los ojos, tuvo que soportar que me empezara a mover. Siguió berreando cuando tomando sus pechos como asa comencé a cabalgarla. Lejos de compadecerme, su actitud me estimulaba. Me excitaba la idea de estar follándome a la hija pequeña de mi jefe, pero más el saber que tenía seis meses para usarla a mi antojo. Al sentir como mi propio orgasmo se aproximaba, incrementé la velocidad de mis penetraciones e inundando todo su intestino, eyaculé dentro de ella. Mis gemidos de placer y sus gritos de dolor se unieron en una sinfonía perfecta que anticipaba el trato que iba a recibir. Al sacar mi miembro, mi semen y su sangre recorrieron sus pantorrillas. ―Dile a tu hermana que quiero que me lleve el desayuno a la cama, me levanto a las ocho de la mañana― ordené mientras salía del comedor, dejándola a ella llorando desplomada sobre la mesa. -----------------------CONTINUARÁ------------------------------------------------ (golfoenmadrid@outlook.es)

Autor: GOLFOENMADRID Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX

Extorsionando a la profesora

2019-11-15


Nunca he sido precisamente un semental, así que tengo que encontrar la forma de que me coman la polla con métodos menos... convencionales. Y mi profesora cañón cometió un error que no podía desaprovechar. Hasta la fecha, lo único que podía hacer con la profesora de matemáticas, la señorita Dafne, era matarme a pajas. La tía era joven, alta, guapa, con estilo... Tenía todo lo que hay que tener para volver loco a un chaval hormonado y más salido que el pico de una plancha como yo. Pero el otro día pasó algo que me dio la esperanza de que aquello podía cambiar, y que la refinada y sensual profesora iba a acabar de rodillas comiéndome toda la polla. Era un viernes a la hora del recreo, y yo tenía que entregar un trabajo atrasado al profe de Lengua. Me dirigí a Dirección para darle mi cuaderno (el tío era además el director), no sin antes asomarme a la ventana para ver si estaba allí. No era la primera vez que un profesor te decía de ir a su despacho en el recreo y luego estaban por ahí fumando o a saber. El director estaba allí, desde luego, y no estaba solo: también estaba la señorita Dafne, que se encontraba de rodillas atragantándose con su polla. Mi primera reacción fue irme para que no me pillaran, pero eso duró un segundo y medio. Me segunda idea fue hacerme una paja allí mismo; semejante espectáculo no lo iba a poder presenciar en mi puta vida. Y mi tercer pensamiento, mucho más inteligente, fue sacar unos cuantos vídeos y fotos, para que aquello quedase inmortalizado de por vida. Me iba a servir para estar haciéndome pajas hasta que me jubilase. Ya estaba sacando unos planos increíbles de la señorita Dafne dando arcadas sobre la polla del director, cuando recordé que ella tenía un novio con el que iba a casarse, supuestamente. Y entonces se me ocurrió una cuarta idea... ¿y si en lugar de cascarme yo la paja, en la soledad de mi habitación (como siempre), iba a la señorita y... bueno, le proponía una oferta para ver si a mí también me caía una mamada? Ahora tenía unos cuantos argumentos en formato de vídeo que podían conseguirme un buen acuerdo. La mera idea hizo que la polla se me pusiera con la consistencia del diamante y estuve apunto de correrme allí mismo. Así que saqué todas las fotos y vídeos que pude y me fui. Nada más llegar a mi casa, después de clase, estuve toda la tarde encerrado en mi cuarto. Yo no sé cuántas pajas pudieron caer, pero acabé con la polla irritada y todo. Y lo mismo pasó durante los siguientes días. La verdad es que como fantasía, la idea de chantajear sexualmente a mi sexy profesora daba un morbo que lo flipas, pero una cosa era pensarlo y otra, hacerlo. Joder, es que me podía meter en un lío de cojones, y seguro que la tía ni de puta coña me la iba a chupar. Eso solo pasa en las películas porno. Desde ese momento, todas mis interacciones con la señorita en clase fueron incómodas. Ella nunca me hacía mucho caso, ni para bien ni para mal, así que tampoco se daba cuenta de la tienda de campaña que me provocaba cada vez que entraba en clase. Intenté cotillear un poco a ver si había cortado con el novio o algo así, pero la gente parecía bastante segura de que seguían juntos y de que se casarían en la primavera. ¡Y yo aquí con pruebas de que le puso los cuernos! Parecía que mi material iba subiendo de valor por momentos. Cada vez que lo pensaba, tenía que irme al baño o a donde fuese a hacerme una paja. Finalmente, me decidí. Como dije, la señorita Dafne nunca me había prestado mucha atención, así que en clase nunca interactuábamos mucho; jamás me había citado en su despacho para nada. Bueno, ahora sí que iba a ganarme su atención. —Señorita —le pregunté al acabar la clase, discretamente. Estaba esperando a que todo el mundo terminase de recoger e irse. —¿Sí? —me preguntó, indiferente. Ella también estaba recogiendo sus cosas. Hoy iba muy recatada pero igualmente sexy. Vestía con jersey de cuello alto gris que, por ser bastante estrecho, no disimulaba precisamente sus grandes tetas, y una falda ajustada, con medias y tacones a juego, que le hacían unas piernas de escándalo y un culo hipnótico. Elegante y sensual. Estuve a punto de salir corriendo en ese instante a hacerme otra paja. —¿Podemos... podemos hablar en privado más tarde, después de las clases? —Dafne pareció molesta. —¿Por qué no ahora? ¡Que todos queremos irnos a casa, José Luis! —Ya... pero es que es importante, preferiría que... que fuese luego, más en... en privado... Me escudriñó de arriba a abajo, intentando adivinar qué coño quería. Se estaría pensando que se metían conmigo o algo de eso. En parte era cierto, pero claro, no era por eso. Yo estaba muy nervioso y asustado, no podía creerme que al final lo fuese a hacer. Dudó un segundo y, finalmente, accedió. —Está bien, luego después de clase pásate por mi despacho, ¿de acuerdo? Pero a ver si puede ser breve, ¿estamos, José Luis? —¡Muy bien! ¡hasta ahora después, señorita! —dije, contento. Quizá se me escapó un poco de lascivia en mi voz, porque ella puso una cara mezcla de clara sospecha y temor. Yo de pronto no estaba nervioso, algo me decía que estaba todo controlado. —Pero bueno Jose Luis, ¿de qué se trata? ¿No me lo dices ahora? Sonreí de una forma un tanto... siniestra, no pude evitarlo. Ya tenía su interés, y noté que definitivamente estaba un poco asustada. Algo me decía que iba a acabar cediendo exactamente como yo quería que cediera. —Es... una sorpresa —dije, mirándola de arriba a abajo, desnudándola con la mirada. Ya mismo sería mía. Durante un instante detecté un poco de pánico en los ojos de Dafne al escuchar mi respuesta, pero se recompuso rápidamente. Antes de que me contestase y pudiese contraatacar, salí de la clase, dejándola confusa y acojonada. Las clases siguientes esperando a que terminase la jornada fueron... duras, y lo digo con doble sentido, por supuesto. Estuve pensando en cómo sería y tuve la polla dura durante todo el tiempo. Imaginaba que mi profesora estaría ahora dándole vueltas a lo que yo podría querer. Quizá sospechaba que yo sabía algo de los suyo con el director, quizá planeaba algo para recuperar el control de la situación y ponerme en mi sitio. Tendría que andarme con cuidado y estar muy fino. Si me lo montaba bien, la señorita Dafne iba a ser mi esclava sexual durante una buena temporada. Además, le estaba bien empleado, por ser una puta infiel. ¡Karma! Finalmente, llegó la hora. Sonó el timbre y todo el mundo salió pitando del instituto, como de costumbre. Remoloneé un poco al recoger antes de dirigirme al despacho de la señorita, para asegurarme de que no quedaba nadie en las instalaciones. Cuando consideré que ya había pasado el tiempo suficiente, fui para el despacho de mi futura putita. No me encontré a nadie, aquello estaba desierto. Me acerqué a la puerta del despacho y pegué la oreja. Dentro no se oía nada. Toqué a la puerta. Silencio... —Adelante, pasa —escuché finalmente. Había tardado un par de segundos en responder, y detecté un poco de nerviosismo en su voz. Estaba acojonada, seguro. Quizá había pensado en no decir nada en el último momento y por eso tardó en responder. Madre mía, estaba claro que era una presa acorralada. Entré y cerré tras de mí. Dafne estaba sentada detrás de su mesa, con las manos entrelazadas e inclinada hacia delante. Su inquietud era más que obvia. No es por dármelas de nada, pero soy bastante bueno leyendo el lenguaje corporal. —¿Y bien, Jose Luis? ¿Qué es lo que querías contarme? ¿Va todo bien con los chicos? —dijo ella, al ver que yo no hablaba. —Pues verá... —dudé un momento. Estaba nervioso que te cagas, pero a la vez cachondo perdido—. Es que tengo algo que contarle... —Ya, para eso estamos aquí. ¿Qué tienes que contarme? Venga, date prisa que tenemos que irnos a casa —me apremió. Se moría de ansia por saberlo. Lentamente, saqué el teléfono móvil. Mientras lo hacía, Dafne desentrelazó las manos y agarró el escritorio. A saber lo que se le pasó por la cabeza. Por supuesto, había copia de todo en el disco duro de mi ordenador. Busqué una de las fotos, en las que sale ella más reconocible mamando polla, y se la enseñé. —Es que tengo esto, señorita... Dafne achinó un poco los ojos para verlo bien. Cuando vio lo que era, su cara cambió totalmente. Estaba aterrorizada. —¡¿P-pero qué cojones...?! —exclamó, presa del miedo. —Parecen los del director, ¿no? Los lamió usted bien, ¿eh? Mire, en esta foto sale lamiéndolos, mire, mire —dije, enseñándole otra foto. Dafne estaba blanca y no decía nada, solo miraba el teléfono y a mí, alternativamente. —Y tengo vídeos también, señorita. ¿Quiere que se los enseñe? —N-no sé cómo... no sé qué... qué te crees que estás haciendo... Voy a... a informar a dirección y... y a la policía y... —¿Y a su novio? —dije yo, sin ponerme nervioso con las amenazas. Ya sabía que intentaría exactamente eso y, como supuse, mencionar a su novio la amedrentó. —Pero no se preocupe, señorita —añadí, al ver que se había quedado callada—. No se lo he enseñado a nadie. Solo yo tengo estas fotos. Dafne entendió, finalmente. Podía casi oler sus neuronas funcionando a toda velocidad, estimuladas por la adrenalina. —¿Y qué es lo que quieres por borrarlas? ¿Un sobresaliente? Me carcajeé a pleno pulmón. Realmente me hizo gracia. ¡La señorita creía que iba a salir de aquella simplemente poniéndome una nota de mierda! —No... es decir, sí. No rechazo el sobresaliente, claro. Pero yo lo que quiero principalmente es que me la chupes. Dafne no dijo nada, pero tampoco pareció sorprenderle mucho, aunque su expresión seguía siendo de shock. —¿C-cómo...? —¡Una mamada! Como quieras llamarlo. Es decir, llevo haciéndome pajas pensando en usted desde siempre, y yo no aguanto más, señorita. Quiero que me hagas una mamada como la que le estabas haciendo al director, ¿estamos? —Ni de coña, chaval. Vete de aquí antes de que llame a la policía, anda —dijo, intentando aparentar seguridad en sí misma. —Muy bien, como quieras... —dije, guardándome el móvil en el bolsillo y dirigiéndome hacia la puerta. Estaba claro que era un farol. Ya tenía la mano en el picaporte cuando Dafne volvió a hablar. —¡Espera! —¿Sí? —dije, sonriendo macabramente. —Tiene que haber alguna forma de llegar a un acuerdo... ¿y si te toco un rato? —Señorita... Ya estoy hasta los cojones de pajas. Yo quiero que me la chupes. Adiós. —respondí, agarrando el picaporte de nuevo. —¡Espera joder! —exclamó Dafne, desesperada y a la vez enfurecida—. Está bien, niñato de mierda. Siéntate ahí y bájate los pantalones. Pero cuando acabe lo borras todo, ¿entendido? O te mato, ¿me oyes? —Madre mía, qué carácter. Está bien, está bien. ¿Dónde me siento? ¿Aquí está bien? —dije mientras me desabrochaba los pantalones y me sentaba en una de las sillas. Dafne no dijo nada y se levantó. Se recogió su melena rubia en una coleta y se me acercó. Más que acojonada estaba hecha una furia, pero se contenía. —Pero quiero tener algo a lo que mirar, cariño —dije. No le sentó bien lo de cariño, por la mueca que hizo. Estaba apunto de explotar de ira y mandarme a la mierda, lo sentía. Aun así, no me importó—. Las tetas por fuera y súbete la falda, anda. En lugar de protestar mi nueva bravata, accedió, aunque con cara de muy pocos amigos. Curiosamente, estaba mucho más atractiva así, enfurruñada. ¿Hasta dónde podría llevarla hasta que reventase? Estaba dispuesto a averiguarlo. Se levantó el jersey y se abrió la camisa de debajo, dejando el escote al aire libre. Tenía un par de tetas enormes, apretadas la una contra la otra por el sujetador, formando un canalillo muy sensual. Acto seguido, se subió la falda, revelando unas bragas de encaje con transparencias. ¡Vaya con la profesora, qué ropa interior más sexy para venir a trabajar! —Venga, de rodillas, guapa —le ordené, subiendo una vez más el tono. ¡Y la muy puta obedeció! Menudas vistas: la profesora medio desnuda de rodillas frente a mí, con la polla por fuera. Esto es mucho más de lo que había soñado en mis pajas más salvajes. —Vamos, ¿a qué esperas? Ponte a chupar, monina. Aun dudando y claramente odiándose a sí misma por verse en esa situación, Dafne agarró con sus frías manos mi falo ardiente; el contraste de temperatura era increíble. Todavía dudaba de si chupármela o no. Finalmente, aunque con cara de odio profundo, abrió la boca y se la metió dentro. —Oooh... ¡Madre mía! —tenía la boca bien húmeda y caliente, y la chupaba con mucha gentileza y cuidado. Seré sincero: era la primera vez que nadie me la chupaba, nunca fui muy afortunado con las chicas. Sin embargo, la mamada era un poco suave, y yo quería que me diese caña, como en las películas. Sin miramientos, agarré su coleta y tiré hacia arriba, haciendo que me mirase directamente a los ojos. —Más fuerte, ¿entendido, perra? —dije. Y le di un guantazo en la cara. La hostia la dejó en shock durante un segundo: estaba claro que no se la esperaba y le había pillado con la guardia baja, pero asintió haciendo conteniendo un pucherito y volvió al pilón, esta vez chupando con más intensidad, llegando más hondo. Notaba la punta de mi glande contra el fondo de su garganta. La muy perra tenía práctica, y no sufrió ni una sola arcada. ¡Vaya mamada, joder! Las putas de mi clase seguro que no las dan así ni de coña. Dejándome llevar por el momento, la agarré de la cabeza y empecé a follarle la cara yo. Ella al principio opuso un poco de resistencia, pero pronto dejó de hacerlo, al ver que yo no paraba, y simplemente se conformó con la taladrada que le estaba dando. Los ruidos que hacía, como de atragantarse, me estaban poniendo cachondísimo. Glop-glop-glop. Igual que las estrellas porno de los vídeos. —A ver, guarra, dame tus bragas, que quiero olerlas —ordené, soltando mi agarre y dejándola libre. A duras penas cogió aire, estaba roja, con el pelo revuelto y el rímel corrido. Empezó a toser, recomponiéndose del abuso al que la había sometido mientras obedeció y se quitó las bragas. Debajo había un chocho precioso: tenía hechas las ingles brasileñas, con una pequeña franja de pelo en el medio. ¡Menuda mujer! Según los rumores, las putillas de mi clase no se depilaban el chocho, y las pocas que lo hacían lo tenían llenos de granos por la irritación, y se quedaba áspero. En cuanto me las dio, les di una esnifada profunda. Olía delicioso, y estaban un poco húmedas. Parecía que se había puesto un poco cachonda... Y mira que seguía poniéndome cara de siesa... Qué falsa. —Déjame ver una cosa —dije, yendo a echar mano de su coño para comprobar si estaba húmedo. —Eh, qué coño haces, chaval —me dijo, apartándome el brazo. Mi respuesta fue otro guantazo en su cara. —Cállate, como sigas poniendo pegas le envío todo el set a tu noviete, ¿estamos? Dafne volvió a hacer contener otro puchero, pero asintió con la cabeza y agachó la mirada, derrotada. Yo eché mano de su coño. La muy puta lo tenía empapado. Seré de nuevo honesto y reconoceré que es la primera vez que toco un coño, y la sensación al tacto fue increíble. Húmedo, irradiando calor... Estuve hurgando un poco, explorando sus pliegues y recovecos. Ella miraba hacia otro lado, claramente enfadada. —¡Pero sigue chupando mientras te toco, joder! —dije con impaciencia. Dafne retomó la mamada... qué puto gusto, joder. Mientras me la chupaba, yo seguí jugando con su coño. No sabía que aquello podía ponerse tan húmedo, parecía que iba a empezar a gotear. Cuando me aburrí de los tocamientos, le mostré mis dedos empapados y se los pasé por debajo de la nariz. —¿Y esto, guapa? ¿Te pone cachonda esto que te estoy haciendo o qué? Dafne puso una mueca de asco y se apartó lo que pudo cuando le restregué los dedos por debajo de la nariz, pero no contestó. —Ven, que me vas a comer el ojete —dije. Dafne puso más cara de asco todavía—. ¿Qué pasa? ¿A tu novio o al director no les comes el culo? —Qué asco... Vaya puto pajillero enfermo estás hecho... —Venga —dije, levantando las piernas y dejando al descubierto mi ojete e ignorando sus insultos—. A lamer, guapita. Como aun dudaba un poco y seguía con la mueca de disgusto, le agarré la cara y se la enterré entre mis nalgas. Al poco, sentí su lengua recorriendo los pliegues de mi ano tímidamente. —Con más ganas, cariño, que casi no me estoy enterando. ¡Mete ahí la lengua, no te hagas la digna! Poco a poco fue animándose más. Mientras ella me comía el ano, yo me pajeaba. Estaba a punto de correrme. Nunca me habían comido el culo tampoco, claro, pero era una puta gozada. Había mil cosas de los vídeos que quería probar. —Venga, quítate el resto de la ropa, que aun no te he visto el cuerpo del todo. Quédate completamente desnuda, anda. Paró de comerme el culo y obedeció lentamente. Ya ni protestaba: comerle el ojete a su alumno había terminado de demoler los últimos resquicios de su orgullo. Se quitó el jersey, la camisa y el sujetador, dejando a la vista unas tetas perfectas, con los pezones oscuros y preciosos. Luego se quitó la falda, quedando solo con las medias y los tacones. —Eso no te lo quites —dije, señalándole las piernas—, que me pone más así. Pareces como más puta, ¿no crees? Dafne no dijo nada. Le hice un gesto con el dedo para que se arrodillase delante de mí. —¿No crees? —repetí, dándole un guantazo más. —Sí... —dijo finalmente. —¿Sí qué? —Que sí que parezco una puta... —Buena chica... —respondí, guiándola de nuevo hacia mi polla. Estaba a punto de correrme. Siguió comiendo la polla, aunque de nuevo sin mucho entusiasmo. De todas formas, igualmente se sentía increíble. Yo me recosté hacia atrás en la silla y puse las manos detrás de mi cabeza, en plan triunfador. Podía acostumbrarme a aquello, desde luego que sí. —Toma, que esto necesita una buena lamida —dije al rato, agarrándome los huevos y arrimándoselos a la boca. Ella sacó la lengua y le dio un poco con la puntita. No me pareció suficiente: con la mano que tenía libre, la agarré de los pelos y le metí los huevos en la boca. Luego, llenos de babas, los saqué y se los restregué por su cara y su boca. Tras esa reafirmación de dominio, volví a enterrarle la polla en la boca y procedí a follársela sin piedad. Ya se acabó de tanta mamada de princesa. Ella intentaba retirarse, sorprendida por mi ímpetu, pero yo me levanté y la fui siguiendo dándole pollazos. Pronto ella se encontró sentada con la espalda en la pared, sin más sitio al que retroceder, y yo no detuve el frenesí. El ruido de mis huevos chocando violentamente contra su barbilla y su glo-glo-glo fue demasiado: finalmente y sin avisar, me corrí como un puto condenado. Noté como mi lefa caliente se vertió directamente en el fondo de la faringe de mi profesora de matemáticas, como una erupción volcánica. Un chorro, otro, otro más. Mi polla bombeaba leche como nunca antes lo había hecho. Ella intentó zafarse, atragantándose con la espontánea inundación de espeso y caliente semen que estaba recibiendo. Con un poco de esfuerzo acabó zafarse de mi agarre, y tosió y escupió gran parte de la corrida en el suelo Mientras, yo a lo mío: el resto de grumos que me faltaba por echar se los vertí directamente en el pelo y en la cara. Un par de chorros más, que terminaron de poner la guinda al pastel. —¡Uff...! —exclamé, triunfal. Me sentía el más macho alfa de la tierra— ¡Eso ha estado muy bien! ¿Menuda boquita tienes, eh? ¡Tu novio y el director tienen que estar contentos! Ella aun estaba limpiándose la lefa que tenía por la cara y que amenazaba con entrarle en un ojo, así que tardó en contestar. —Bueno niñato... Ahora te toca cumplir a ti. Borra esa mierda. Yo la miré un poco antes de responder, en silencio. Lo había dicho sin mucha convicción. Todo esto había sido demasiado fácil. —Me parece que no lo voy a hacer, señorita... Ella me miró, cabreadísima. —¡¿Cómo que no?! ¡Teníamos un acuerdo, hijo de puta! Ella misma se dio cuenta de que no estaba en una situación de gritar y llamar la atención, así que se calló. Estaría bueno que entrara el conserje o quien fuese y se la encontrase así, cubierta de mi corrida, completamente desnuda, y un frikazo como yo al lado suyo con los pantalones por los tobillos. —Ahora eres mi puta, señorita —respondí. No iba a negociar, estaba claro—. Mañana ven con ligueros y la lencería más sexy que tengas, que tengo planes para ti, ¿estamos? Y tranquila, que si te portas bien, las borraré. Promesa. —¡¿Pero qué coño te crees, niñato de mierda?! ¡¿Crees que voy a caer otra vez?! ¡Te voy a meter una denuncia que te voy a arruinar la vida! ¡Te vas a enterar! —¿Seguro? —dije. Parecía que había que recordarle otra vez quién tenía la sartén por el mango—. A mí no me va a pasar nada, pero tú serás la puta que le comió el culo a un alumno y la polla al director, todo eso mientras tenía un prometido. ¿Acaso crees que te van a creer? Y es que aunque te crean, todos sabrán lo que has hecho. Así que tú verás lo que haces, listilla. Pero yo que tú, me portaría bien. Venga, despídete de mí como es debido y dame un besito en el culo. Tras soltarle el discursito me di media vuelta y me abrí de par en par las nalgas, revelando el todavía babeado ano. Dafne se mostró reticente, pero sabía que tenía razón; no podía hacer nada más que sucumbir. Tras unos segundos en los que temí que siguiera poniéndose valiente, me besó el ojete. Era mía, mi puta. Me carcajeé en toda su cara. —¡Así me gusta, señorita! Y mañana más, ¿estamos? Antes de vestirme, froté mi polla con restos de semen por su pelo, terminando de limpiarme. Dafne no se apartó: seguía sentada en el suelo, desnuda y con el pelo y la cara llenos de mi corrida, seguramente preguntándose como uno de los más pringados de su clase acababa de usarla a ella, Doña Profesora Buenorra, como a un clínex. —¡Hasta mañana, cariño! —dije, subiéndome los pantalones y saliendo de la habitación. Mañana iba a ser un gran día... (bullybcxxx@gmail.com)

Autor: Bully Categoría: No Consentido

Leer relato »
NARCOSXXX